01 oct 2020
COLUMNISTAS |OPINION
sábado 12 septiembre, 2020

La vieja normalidad

Jefa y subordinado: Alberto Fernández jura como jefe de Gabinete de Cristina Kirchner en 2007. Foto: Cedoc Perfil

Continúa de ayer: Comenzó la pospandemia
 

Cristina Kirchner gana cuando se “albertiza”, como sucedió en 2019, al correrse al centro detrás de Alberto Fernández para triunfar en las elecciones sumando más que los propios. Cuando Alberto Fernández se cristiniza, pierden los dos. Lo muestran todas las encuestas donde cae la aprobación de Alberto Fernández promoviendo la reforma judicial, que parte de la sociedad adjudica a la necesidad de Cristina Kirchner, o previamente impulsando la expropiación de Vicentin, atribuida a La Cámpora. 

El amor incondicional de una parte de la sociedad permite crear un mito pero no generar el respeto de todos

Sea porque Alberto Fernández cede a presiones del componente mayoritario de la coalición gobernante, el kirchnerismo, o porque sin la existencia de presiones él mismo desee complacer a la madre creadora de la coalición que le permitió su presidencia, o, incluso, porque fueran sus propias ideas y considere oportuno llevarlas a la práctica, en todos los casos, es percibido como una cristinización de su gobierno y eso solo es suficiente para que pierda los votos que él mismo agregó mientras era visto distinto de Cristina Kirchner.

El dilema del creador que destruye su creación tiene millones de páginas escritas en la historia de la humanidad. La obra tiene que ser diferente al autor porque siendo solo una prolongación del autor corre su misma suerte. El exceso de cercanía entre creadora y creación tiene en la psicología el núcleo de su teoría fundante, sentenciándole a la madre: “No reintegrarás tu producto” para darle verdadera vida a lo que engendró separándose de él, o ahogándolo si su proximidad es excesiva.

Pero el problema de fondo excede a la cuestión de una “vieja normalidad” donde Cristina Kirchner es la número uno y Alberto Fernández su delegado, como fue en sentido estricto en 2007, cuando el hoy presidente juró como jefe de Gabinete de la hoy vicepresidenta, momento que refleja la foto que acompaña esta columna.

Hay un problema aun mayor  y reside en que no se está modificando la pésima imagen que de Cristina Kirchner tiene una parte importante de la sociedad. A pesar de haber ganado las elecciones y la valuación de su contrincante en la grieta, Mauricio Macri, ser también muy mala, ella no logra reducir la cantidad de rechazo que acumuló en el ejercicio del poder. 

En la disputa que se libra en el imaginario colectivo entre inteligencia y bondad, con el triunfo electoral la vicepresidenta logró que se valore su capacidad estratégica pero  sigue siendo percibida como alguien temible que no puede acceder al reconocimiento al que ella aspira. Y sin que la percepción pública tenga por qué coincidir con la realidad, Macri aparece más tonto que malo.

Dentro del kirchnerismo hay consenso en que la figura de su hijo Máximo, más equilibrado, contribuiría a desarmar los prejuicios que pesan sobre su madre y sobre su apellido, transformado en una marca política. El problema es que Máximo, al igual que su madre, tiene aversión al periodismo y el único remedio para reparar un prejuicio es mostrando lo injustificado que resulta, algo imposible de realizar sin exponerse.

Quizás Cristina Kirchner crea, como parte del macrismo en su momento, que con las redes sociales y sin la intermediación de los periodistas alcanza. El periodismo cumple un papel que todavía no encontró reemplazo en la técnica.

Y la forma en que Alberto Fernández tendría que ayudarla y ayudarse es remarcando su autonomía exhibiendo públicamente más todas aquellas ideas (no solo modos) diferentes de su mentora. Como tantas veces se ha dicho: “Mal favor le hace el discípulo al maestro continuando discípulo”.

Que frente al conflicto con la Policía Bonaerense trascienda que fue idea de Máximo Kirchner resolverlo apelando a quitarle el uno por ciento de coparticipación federal a la Ciudad de Buenos Aires tampoco contribuye a reparar la parte negativa de la imagen del kirchnerismo (su madre y él mismo como su otro delegado) y perjudica a Alberto Fernández. Un presidente con vuelo propio mejoraría también la percepción de su mentora como una figura magnánima y no castradora.

Si Cristina Kirchner no se reconcilia con la sociedad que le teme terminará arrastrando a Alberto Fernández

Cristina  Kirchner espera una reivindicación por parte de aquellos que no la valoran, una especie de pedido de disculpas por haberla herido reputacionalmente. Pero para lograrlo debería sorprender a todos siendo ella quien se disculpe por sus agresiones en su mandato sin importarle cuánto peores hayan sido las que ella recibió. 

Sin ese acto de grandeza, difícilmente logre ocupar en el recuerdo el lugar de Raúl Alfonsín. Ese reconocimiento no tiene que ver con los éxitos electorales, ni económicos, ni sociales sino con los personales, donde se pueden conjugar inteligencia y bondad. Eso es el prestigio.


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