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Las grietas irreparables

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Larreta. Su propuesta de cerrar la grieta parece una expresión de deseos que un programa de gobierno. | NA

Aunque encomiable, la propuesta del jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y precandidato presidencial de cerrar la grieta y gobernar con la compañía de tres cuartas partes del espectro político parece una expresión de deseos antes que un programa de gobierno. No queda claro cuál sería la grieta a cerrar. La sociedad está fragmentada como un jarrón destrozado. Los fragmentos hasta aquí imposibles de restaurar abarcan ámbitos públicos y privados y recorren todos los escenarios y temas, desde la política hasta la economía, desde el deporte hasta la cultura, desde la educación a las cuestiones de género. Cualquier materia es motivo de enfrentamiento y los desacuerdos no admiten debate, se abordan con intolerancia y hasta con violencia, tanto física como verbal. La descalificación, la cancelación, el escrache son herramientas cotidianas preponderantes en un cuerpo social que abolió el ejercicio del pensamiento crítico (que exige comparar, dudar, informarse, renunciar a creencias limitantes, salir de sesgos, admitir equivocaciones y corregirse) y lo reemplazó por el fanatismo, el dogmatismo y la pereza mental (que eximen de todo lo anterior).

Esto afecta a las relaciones en los escenarios institucional, organizacional, familiar, vecinal, e infecta vínculos de amistad, de pareja, comerciales, societarios. Quizás las grietas comenzaron en la punta de la pirámide, entre dirigentes y gobernantes y, desde ese ejemplo disparador, se extendieron a toda la comunidad. Pero si fue así, se debió a que en el conjunto de la sociedad habitaba el gen que convirtió al fenómeno en masivo. El virus de la intolerancia se introdujo sin obstáculo, salvo aislados y excepcionales mensajes, discursos y actitudes, en un organismo cuyo sistema inmunológico estaba deteriorado desde largo tiempo atrás, acaso desde el mismo nacimiento de la nación.

No solo hay grietas profundas entre las distintas fuerzas que asoman como postulantes en las elecciones, sino que cada día aparece una nueva rajadura en el interior de estas. Tanto dentro del oficialismo como del cambiemismo y del libertarismo parecen estar todos contra todos y hasta cada uno contra sí mismo (como reza el título de una novela del escritor argentino Bob Chow). La izquierda no le va en zaga. El socio de hoy es el enemigo de mañana y cada uno lleva un puñal escondido en la manga. La grieta ya no hace referencia a una cuestión en particular. Es la denominación genérica para un estado de cosas en la sociedad. El aire de los tiempos. El Zeitung.

Suena a poco y pobre, casi a pensamiento mágico infantil, la propuesta de acabar con esto por simple voluntarismo, soñando acaso con que un día, aquejada por una amnesia súbita y colectiva, la sociedad despierte restaurada y los corruptos y las víctimas de la corrupción coman en la misma mesa, los inmorales se abracen con quienes viven con valores, los que convirtieron al Estado, que es un bien común, en botín propio se besen con quienes fueron abandonados por ese Estado y perdieron sueños y patrimonios, que las víctimas del narcotráfico perdonen a quienes dejaron crecer ese mal haciendo la vista gorda o asociándose con él. No todo debiera ser marketing. Hay encuestas que muestran un creciente hartazgo con las grietas y eso puede ser visto por un candidato como argumento de venta electoral. Pero la grieta es un tema más profundo, que no se resuelve con un video y que requiere para su cierre de la participación y la responsabilidad de la sociedad. La grieta no se cierra con olvido y hay cosas que no tienen reparación.

En su libro The Golden Rule el filósofo israelí-alemán Amitai Etzioni propone un programa para abordar situaciones de extremo desacuerdo: 1) No demonizar al oponente, 2) No enfrentar sus principios morales más arraigados, 3) Hablar menos de derechos, tema no negociable, y más de necesidades e intereses reales y legítimos, 4) No salirse del tema central y 5) Elaborar un diálogo de convicciones:  no ser tan razonable y conciliador como para que eso nos aleje de la cuestión principal que nos convoca. Aunque sencillo, eso es un programa. Lo demás es discurso de ocasión.

*Escritor y periodista.