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COLUMNISTAS / entrevistas
sábado 3 noviembre, 2018

Literatura y política

Me entusiasma, desde que la supe, aquella idea de Domingo Faustino Sarmiento de que Rosas, en Palermo, se encerraba a leer Facundo.

por Martín Kohan

Perón en su último discurso. Foto: Cedoc

Me entusiasma, desde que la supe, aquella idea de Domingo Faustino Sarmiento de que Rosas, en Palermo, se encerraba a leer Facundo. Y no sólo lo leía, lo leía temeroso: temeroso de ese libro, temeroso de su autor. Se dirá que se trataba tan sólo de una fantasía de Sarmiento. Pero, ¿qué clase de refutación sería esa, si al fin y al cabo la Argentina misma, en cierto modo, no es otra cosa que una fantasía de Sarmiento, un asunto que se le ocurrió y escribió, y luego fue labrando y puliendo? La lectura temblorosa del tirano: una imagen del mismo orden, que Sarmiento cultivó.

Lo que me entusiasma, claro está, es el gesto con que el escritor interpela al poder político. Y si bien la portentosa confianza que Sarmiento en todo esto exhibía no era sino confianza en sí mismo, en sí mismo antes que nada, uno no deja de sentirlo también como confianza en la literatura, confianza en el poder literario.

Admito que a veces me pliego al gusto por los anacronismos y a ciertos paralelismos que se trazan por costumbre. Será por eso que me vino este tema a la mente leyendo una entrevista a Perón efectuada por Esteban Peicovich en 1965, en Madrid (reeditada en El ocaso de Perón, Marea Editorial, en 2007). En un momento dado de esa conversación, Peicovich le pregunta a Perón si ha leído a Borges. Perón primero se escurre: “Es un escritor, ¿qué escribe?”. Pero Peicovich avanza: “Es el escritor argentino más conocido en el exterior”. Y luego se pone punzante: “Fue nombrado inspector de aves comunal bajo su gobierno”. Perón ante eso explica: “En literatura, si no son amigos no los leo”. Se regocija con Scalabrini Ortiz, con Hernández Arregui, con Pepe Rosa. Se declara admirador de Manuel Gálvez. De Lugones dice que lo quería mucho.

Si Rosas leía a Sarmiento, de acuerdo con la presunción de Sarmiento, era ni más ni menos que por eso: porque era su enemigo. Y a los enemigos conviene tenerlos vigilados, saber qué hacen, saber qué dicen, ver en qué están. Si Perón, en cambio, no lee a escritores enemigos, es porque la propia literatura se ha vuelto ya inofensiva. No hay nada que temer ahí. Es posible prescindir de ella.

Para Borges, en cualquier caso, ser leído por Perón habría significado un ultraje: un oprobio y una humillación, la peor de las situaciones posibles. Esteban Peicovich, que lo entrevistó también, le habrá obsequiado sin duda alguna la buena nueva de esa omisión.


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