miércoles 20 de octubre de 2021
COLUMNISTAS fórmulas
18-06-2021 22:04
18-06-2021 22:04

Los maestros del aire

18-06-2021 22:04

No es necesario haber sido maoísta, taoísta o confuciano ni ser capaz de discernir si el coronavirus se debió a la ingesta de un pangolín medio crudo en un mercado clandestino o a la fuga de un virus del laboratorio de Wuhan, para admitir que desde hace centenares de años nos llegan de China noticias de lo más interesantes. Cuando escribo “nos llegan” me sitúo imaginariamente en la posición de un europeo que se perdió el barco que partía hacia América, mucho tiempo después de que yo, y vos, y el resto de la humanidad bajáramos de los árboles para cazar nuestras primeras presas de carne, lo que desde luego ocurrió después de que emergiéramos de los abismos acuáticos primigenios.

En cualquier caso, lo interesante es que hace unos siglos el jesuita Joachim Bouvet tuvo la oportunidad de escribir su Retrato histórico del Emperador de la China, que envió a un filósofo alemán que buscaba agradar a un rey francés. El propósito del filósofo era servir a toda la humanidad uniéndola en la comprensión de sus puntos en común, teologías incluidas. En cambio el jesuita  buscaba despertar el interés de Occidente sobre las posibilidades de convertir al emperador Khang-hi en un nuevo Constantino y a China en una joya más de la martirizada corona de Cristo.

En una de las páginas menos recordadas de su Retrato, Joachim Bouvet informa sobre un juego infantil y sus serias consecuencias. Dice así: “En los días en que sopla un viento agradable, el cielo se cubre de una serie de pequeños y estéticos objetos volantes, que los chinos llaman alternativamente ‘cometas’ o ‘barriletes’”. Hechos sobre una estructura de filamentos de cañas unidas y dispuestas en distintas formas de la geometría (cubos, poliedros)o del reino animal (perros, gatos, sirenas, sierpes o dragones), y recubiertos por un finísimo papel de arroz, los niños los remontan en el aire, guiándolos a través de unos hilos de seda que enrollan en carretes. Es un arte grato y no exento de percances, porque el viento suele cambiar de pronto y modificar su vuelo, o cesar también de pronto y abatir el cometa, que puede romperse si cae de gran altura. 

Desde luego, esto no ocurre muy seguido porque los chinitos se entrenan en su manejo, y es cosa de gran admiración ver cómo los mantienen flotando y haciendo figuras durante largas horas, y sin cansarse. A lo largo y a lo ancho de la China, en cada ciudad, provincia, villorrio, departamento del más diminuto poblado, hay concursos donde estos niños muestran su dominio de las artes del vuelo, de modo que aquel que sostiene en vuelo durante más tiempo su barrilete, así como quien logra realizar los giros y movimientos más inesperados, es designado “pequeño maestro del aire de cuarta categoría”. 

Año tras año, cada uno de esos pequeños maestros compite con otros por superarse y obtener el primer puesto en su categoría. En esas competencias, los que no resultan del mayor mérito van quedando en el camino y el triunfador pasa a competir con otro de otra ciudad, provincia, villorio, departamento o cuadra. Así, liza tras liza van ascendiendo de categoría. Como China posee una extensión y una población mayores que las de toda Europa y el Imperio Turco sumados, por lo que, inicialmente, el número de competidores es incontable y los tiempos de la competencia se extienden por años y hasta décadas, de modo que la cantidad de competidores se reduce por la selección propia de la competencia y también por causas naturales. 

Usualmente –observa el jesuita Bouvet–, cuando el triunfador de todas las categorías llega a la ciudad capital y se prosterna a los pies del Emperador de la China, ya es un viejo que ni siquiera puede alzar los brazos y menos aún el cometa. Igual recibe su recompensa, en honor de los antecedentes, y una pensión vitalicia, y se le otorga el título de “Gran Maestro del Aire de Primera Categoría”. 

Así, aunque el homenajeado se deshace en fórmulas de agradecimiento y cortesía, lo que en realidad se premia es la perpetuación de un acto ya perdido en el tiempo,  cuando él podía remontar su cometa y lograr vuelos cada día más bellos.

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