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Los Pumas son diferentes

En el año de los mundiales, Los Pumas, uno de los pocos seleccionados nacionales importantes cuyo máximo certamen recién se disputará en 2007, estuvieron a un pasito de romper con cualquier discusión acerca de cuál fue el equipo argentino más exitoso de la temporada.

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Gonzalo Bonadeo |
En el año de los mundiales, Los Pumas, uno de los pocos seleccionados nacionales importantes cuyo máximo certamen recién se disputará en 2007, estuvieron a un pasito de romper con cualquier discusión acerca de cuál fue el equipo argentino más exitoso de la temporada.
Sextos según el último ranking, el equipo dirigido por Marcelo Loffreda demostró ayer en el Stade de France (ahí donde jugará ante el mismo rival de ayer el partido inaugural de la Copa del Mundo) que no sólo complica a los mejores cuando juega bien, sino que quedó a un pasito de ganarle a Francia (2º en la clasificación) jugando decididamente mal.
La Argentina tuvo problemas tanto en el scrum como en el line, desaprovechó algunas situaciones muy favorables en cuanto a posesión y posición, tuvo desajustes en defensa, cometió varias infracciones producto de distracción o ansiedad y no se animó a cambiar circunstancialmente un libreto aun cuando ese libreto no funcionaba. Sin embargo, perdió 27 a 26, revirtió en 20 minutos un parcial de 27 a 9 y en la última jugada de ataque del partido, que concluyó con un drop tapado a Felipe Contepomi, el árbitro inglés Tony Spreadbury debió haber cobrado un penal francés en una posición sumamente cómoda para patear. Ni por asomo crean que le adjudico al árbitro influencia en el resultado: hubo una infracción ignorada que hubiera revertido el tanteador indiscutiblemente favorable a los franceses. Nada hubiera sido más injusto que un triunfo argentino. Pero en esa jugada hubo penal. Tanto como hubo infracción en el último try francés, que se produjo en un momento en el que tuve temor a la goleada.
Pero estos Pumas están en otra dimensión. Durante décadas, las virtudes y algunas fabulosas actuaciones de nuestro seleccionado terminaban en frustración porque sus rivales más encumbrados sentían que, tarde o temprano, ganarían el partido. Y así era la historia. Hoy, la ecuación es inversa. El Primer Mundo del rugby les teme a Los Pumas. No es casual que la gran mayoría de nuestros jugadores de elite sean influyentes en varios de los mejores equipos de club del mundo. También saben que hay un cuerpo técnico que asume limitaciones, rescata virtudes y planifica los partidos en consecuencia. Es más, para el Planeta Rugby, que un equipo le gane a Inglaterra en Twickenham en medio de una crisis institucional que puso al equipo al borde de la extinción (crisis que aún no concluyó, por cierto) es algo poco creíble. Se considera a Los Pumas capaces de todo.
La que acaba de concluir es otra gira exitosa. Con un triunfo concluyente en Londres, una victoria fea pero necesaria en Roma y un traspié que pintó para catástrofe y casi concluye en hazaña en París. Y con el enorme compromiso de que la Unión Argentina de Rugby cree las condiciones necesarias para que se pueda trabajar unidos un poco más a menudo. Mal que les pese a los falsamente nostálgicos, el rugby argentino ya no puede dar marcha atrás en cuanto a tener una elite rentada. Sería de un egoísmo imperdonable exponer a estas generaciones de enormes rugbiers a limitarse a competir con Paraguay, República Checa o Zimbabwe. Ojo, profesionalismo limitado a un seleccionado que aspira a seguir haciendo historia; mal podría esperarse un rugby doméstico profesional en un mercado en el cual ni el fútbol sostiene lícitamente sus presupuestos.
El Mundial 2007 sólo dejará buenas noticias si se apoya el plan de trabajo de Loffreda y sus jugadores. Y aun así, ser primero o segundo en el grupo de Francia e Irlanda tendrá sabor a proeza.
La verdad, vale la pena darles crédito. Como nos pasa casi siempre que juega la celeste y blanca. Y así como el fútbol siempre ilusiona, el básquet deslumbra, Las Leonas emocionan y la Copa Davis tarde o temprano quedará en casa, los del rugby nos regalan esa omnipotente sensación de que todo es posible, salvo subestimar a un rival.
Los Pumas, asumámoslo de una vez, son diferentes. Son una rara especie de profesionales que juegan como amateurs.