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en la balanza

Mi desesperanza

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Han hablado este lenguaje: el de la recomposición salarial, las horas extras, las suspensiones, las sumas remunerativas y no remunerativas, los pagos en negro en el Estado. Han hablado este lenguaje: el lenguaje de la lucha gremial, el que habitualmente utilizan aquellos que viven de un sueldo y con ese sueldo no viven. ¿Será cierto lo que decía Bakhtine, que toda palabra es ideológica, que un lenguaje comporta de por sí una visión del mundo? Porque emplearon, al menos por esta vez, el vocabulario de los que trabajan y luchan.

Pero es verdad lo que dijo el gobernador Daniel Scioli: no son trabajadores comunes y corrientes, empleados como los otros. No lo son por razones diversas, como la seguridad, la responsabilidad de la portación de armas, etc. Pero también por lo siguiente: porque una parte de su trabajo consiste, muy a menudo, en apalear y gasear a los trabajadores que luchan, en pisotear (si montan caballos) a los trabajadores que luchan, en disparar (con balas de goma, en el mejor de los casos) a los trabajadores que luchan.

Si pensamos, por ejemplo, en las protestas docentes (tal vez porque trabajo como docente se me ocurre presentar este caso), resulta que este singular oficio incluye la indigna tarea de azotar a quienes enseñan a leer y a escribir a sus propios hijos, hostigar a quienes enseñan la multiplicación o los países del mundo a sus propios hijos, hasta dispersarlos en el más pleno terror.

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¿Será cierto lo que decía Bakhtine? ¿Se podrá especular, para el caso, con que cambie su visión de las cosas quien ha hablado por una vez otro lenguaje? ¿Que piensen distinto antes de alzar la próxima vez el grueso bastón de madera, antes de lanzar las bolas del hacer llorar, antes de apretar los dientes y los gatillos de la goma o del metal? Sinceramente no albergo ninguna esperanza al respecto. Pero también el tamaño de la desesperanza debe ser medido a veces.