Seguramente Néstor Kirchner sintió alivio cuando despidió a Roberto Lavagna, a fines de noviembre de 2005. El hoy ex presidente no es un hombre a quien le guste compartir el poder: Lavagna había sido crucial en la transición desde el gobierno de Eduardo Duhalde, pero tenía capital político propio y solía actuar con relativa autonomía. Se dijo, en su momento, que Kirchner quería “un equipo 100% homogéneo”. Pero aquel fue el inicio de un creciente derrape en la gestión económica.
Felisa Miceli, la sucesora de Lavagna, fue un cuadro puro kirchnerista, aunque se reservaba opiniones críticas para el ámbito privado. Antes de la aparición de la bolsa maldita, confesaba sus disensos con Néstor y con su colega “de arriba”, por Julio De Vido. Hasta hablaba de dejarle “una carta al Presidente para que luego no dijera que no le avisé”. Se refería a una agenda de cambios económicos que el jefe no estaba dispuesto a conceder, entre ellos el ajuste de los precios de servicios públicos y energía.
Mientras a Felisa todavía no la había atacado el escándalo de la inexplicable bolsa, ya asomaba desde la Secretaría de Industria Miguel Peirano, un economista que venía de la UIA pero que había sabido tejer buenos vínculos en el universo K. Sucesor a las apuradas de Miceli, Peirano estaba convencido de que la elección consolidaría el rumbo y que el 29 de octubre empezaría algo nuevo, continuando el modelo pero con algunos actos de realismo y racionalidad (subsidios y tarifas, inflación, INDEC, acuerdo con el Club de París, etc.). No pudo ser. Néstor no quiso.
Un contrafáctico: ¿qué habría pasado si Peirano hubiera aceptado seguir en el Gobierno y hubiera sido el primer ministro de Economía de Cristina? Quizá la historia de los últimos meses habría sido distinta, pero eso habría sido posible sólo si sus planteos hubieran sido escuchados en la cima del poder. Pero Peirano percibió que el jefe había comprado la opinión de Guillermo Moreno en cuanto al manejo del INDEC y a la política antiinflacionaria. Prefirió salirse a tiempo, y tuvo razón. Para calmar a Néstor, y mostrarle que no se iba “a la vereda de enfrente”, le ofreció seguir en algún lugar del Gobierno. Hoy es el presidente del BICE y una reserva a futuro.
Y llegó Martín Lousteau, joven y entusiasta, pensando que podría dar la pelea interna y convencer al matrimonio de la necesidad de hacerle algunos retoques al modelo. Obviamente, sobreestimó su capacidad de persuasión. Pronto se dio cuenta de la enorme cuota de poder fáctica que manejaba Moreno; tuvo algunos cruces con él cuando intentó cambiar la lógica en el INDEC, y como máximo logró demorar la salida del nuevo índice de precios (la institucionalización del método discrecional).
Ya se había quemado con leche con una resolución de Moreno ampliando las retenciones a los hidrocarburos, y observó cómo desde la Secretaría de Comercio se pensaba avanzar con una suba en las retenciones a las exportaciones del agro hasta el 65%. Decidió entonces avanzar con un proyecto intermedio para adelantarse al siempre movedizo secretario con poder de ministro: la polémica y malograda Resolución 125.
Cuando Lousteau concluyó que no podría desarrollar sus ideas, y con el desgaste del incipiente conflicto con el campo a cuestas, optó por renunciar, poniendo en evidencia sus disensos a través de un escrito que hizo público. Y llegó Carlos Fernández, para de una vez por todas cumplir con aquella idea de fines de 2005: tener un equipo completamente homogéneo (sin fisuras, sin disensos, casi sin pensamiento crítico). Como en un degradé, se pasó de un esquema de ministro fuerte a otro de virtual ausencia de ministro.
Nunca los extremos son saludables. Ni el esquema cavallista de superministro de Economía ni el actual de ministro devaluado. Kirchner estuvo bien encaminado al supeditar las decisiones económicas al orden superior que emana de la política. Pero se pasó de rosca. Desdibujó a tal punto la figura del ministro de Economía que éste resignó un rol necesario en la construcción de expectativas.
Nada que haga o diga el ministro tiene hoy impacto. La población imagina la inflación que más le gusta (o más le conviene), los sindicalistas hacen equilibrio para no enojar al Gobierno desautorizando al IPC, pero a la vez piden aumentos siguiendo la inflación real, mientras los empresarios tratan de adivinar el pensamiento de Kirchner para decidir sus próximas movidas. Por lo pronto, han demorado las inversiones nuevas hasta que aclare.
Lo ideal no es tener un ministro todopoderoso, y es evidente que el ministro de Economía debe seguir las directivas políticas, pero tampoco puede ser un silencioso administrador de la caja. Debe poder conducir las expectativas, y crear las condiciones para que los actores de la economía desarrollen al máximo sus potencialidades. Debe contribuir a que la población mejore su poder adquisitivo y que las empresas se vean incentivadas a invertir.
La economía no puede reducirse a la fórmula “reservas + caja”, mientras la competitividad, el poder adquisitivo, los indicadores sociales, la inversión, la productividad y el frente financiero se resienten. Los Kirchner no parecen dispuestos a asumir la nueva etapa. Ni Alberto Fernández pudo convencerlos. Sin embargo, hay quienes creen, dentro de la coalición K, que más tarde o más temprano deberán pedir ayuda, y deberá retomarse la senda de un Ministerio de Economía con ideas y capacidad de construir un rumbo sustentable.
*Economista, periodista e historiador.
Ministerio de Economía: la ley del péndulo
Seguramente Néstor Kirchner sintió alivio cuando despidió a Roberto Lavagna, a fines de noviembre de 2005. El hoy ex presidente no es un hombre a quien le guste compartir el poder: Lavagna había sido crucial en la transición desde el gobierno de Eduardo Duhalde, pero tenía capital político propio y solía actuar con relativa autonomía. Se dijo, en su momento, que Kirchner quería “un equipo 100% homogéneo”.