miércoles 10 de agosto de 2022
COLUMNISTAS opinión

Mundo estresado

16-07-2022 23:55

Muchas veces tengo la sensación de que los argentinos subestimamos nuestro país. Quizá sea la formación reactiva al haber creído tantas veces que habitábamos el mejor lugar del mundo y la práctica frustrarnos, una y otra vez, esa creencia. También nos aisló la distancia geográfica que durante años (ya no) limitó el contacto más frecuente con lo extranjero. América era el nuevo mundo y en el hemisferio sur el 70% es agua. Mientras que en el hemisferio norte el 80% es tierra y todos están en contacto con todos. Por eso, cuando papa Francisco asumió diciendo que venía del “fin del mundo”, describía bien su procedencia geopolítica.

En Inglaterra e Italia renuncian sus primeros ministros, en Japón matan al líder del partido de gobierno 

Ese provincianismo forzado por las circunstancias deforma nuestra mirada del mundo y, de la misma forma que se juzga cada acción del actual Vaticano en clave argentina, cada vez que un oficialismo apela al contexto internacional para explicar una situación desventajosa –sea Macri en 2018 o Fernández en 2022– se lo percibe como una excusa. Pero el mundo, de verdad, está patas para arriba: el asesinato del ex jefe de Estado de Japón y líder del partido de gobierno, Shinzo Abe, días antes de las elecciones que su partido volvió a ganar confirmando a su delfín al frente del país o, en otro extremo, las imágenes de la turba que había tomado la casa del presidente de Sri Lanka, Gotabaya Rajapaksa –quien en 2020 había ganado las elecciones con el 60% de los votos– bañándose en su piscina mientra los custodios del palacio huían despavoridos.

En Europa la situación no es menos turbulenta aunque sus formas tienen manera de procesar las crisis más civilizadamente. En la misma semana renunciaron el primer ministro de Inglaterra y el de Italia, dos de los seis países más grandes del continente. Cada caso tiene su explicación específica, local y única, pero no pueden ignorarse condiciones de posibilidad comunes a todos estas irrupciones sociales o políticas. La combinación de más de un año de pandemia con su costo emocional y económico, sumada al salto de los precios de energía y alimentos, entre otras cuestiones, empujadas finalmente por la invasión de Rusia a Ucrania, empobreció a todo el mundo.

A veces en Argentina se compara que la inflación en Estados Unidos y Europa es 10%, “ínfima” comparada con el 80% de Argentina. Pero si se lo analiza bien, es exactamente lo mismo: en países donde no hay paritarias ese 10% de inflación reduce literalmente los salarios un décimo, en Argentina, donde ya había 50% de inflación, esa pérdida adicional de 10% de los salarios se da –simplificadamente– aumentando las paritarias de 2021 que eran 40% al 60% en 2022 y la inflación del 50% en 2021 al 80% en 2022, pero el resultado final ponderado es el mismo: salarios otro décimo menores. 

Cruzando de Europa y Asia a América la situación no está mejor: en Estados Unidos la Suprema Corte le quitó protección constitucional a la interrupción del embarazo manteniéndoselo al uso privado de armas, mientras la polarización política amenaza desintegrar el orden democrático y en las próximas elecciones no ganaría ya un oportunista como Trump sino que es probable que lo haga uno de los ideólogos de derecha del Partido Republicano, proceso que se viene gestando desde hace décadas con el Tea Party y la cadena Fox de radio y canal de noticias.

En Latinoamérica, el terremoto se produce con las particularidades de su proceso histórico pero igualmente alentado por el malestar social generalizado, lo que origina que todos los oficialismos pierdan o estén por perder las elecciones y en algunos casos con candidatos electos inimaginables en otro contexto. Pero, dentro de todo, Latinoamérica puede ser el sector del mundo que termine más beneficiado a mediano plazo con los cambios que produjeron la pandemia y la guerra en Ucrania en la organización de la globalización: 1) reformulación de las cadenas de producción para ser más independiente del abastecimiento lejano, repatriando fábricas de Asia a América; 2) levantando de manera sostenida el precio de todos los activos tangibles (materias primas, tierra, fotosíntesis) de los que Latinoamérica es rica, y 3) reduciendo el valor de activos financieros por efecto de la inflación en dólares, de los que Latinoamérica es habitualmente deudor o, por lo menos, no beneficiario. 

Estas oportunidades a mediano plazo no sirven para moderar en nada las devastadoras consecuencias de corto plazo de la pandemia y la guerra en Ucrania: una reducción adicional de otro 10% de la capacidad de compra en los ya pauperizados bolsillos de los argentinos resulta socialmente insoportable y políticamente peligrosa. Pero no debe hacernos perder la perspectiva de futuro: estamos atravesando el momento más oscuro de la noche pero tampoco sería imposible un no tan distante amanecer. 

Quitan protección constitucional al aborto en EE.UU. y se la mantienen a la tenencia de armas

Uno de los hombres más ricos de la Argentina que decidió irse a vivir al extranjero me dijo: “Argentina decidió vivir en el Medioevo, yo quiero vivir en el siglo XXI”. Pero no es lo mismo para quienes tienen los más abultados patrimonios y empresas que se desarrollaron también fuera de la Argentina que para quienes emigran laboralmente por un sueldo. Radio Mitre, este viernes, en la cobertura desde Aeroparque por los viajes del inicio de las vacaciones de invierno, eligió entrevistar a un argentino que se iba del país cansado de las malas perspectivas económicas locales. Era cocinero y se iba a cocinar a un restaurante de una playa del noreste de Brasil.

Tuve la fortuna de poder vivir en distintas épocas en Brasil y en Estados Unidos, y creo que todo aquel que pudo contar con la experiencia de haber vivido en el extranjero tiende a revalorizar Argentina. Nuestro país está muy mal, no cabe dudas, pero el mundo también está atravesando un ciclo de turbulencias y confusiones, quizá como proceso de parto de un nuevo ciclo de crecimiento social.

Volviendo al comienzo de esta columna, la subestimación de la Argentina y su potencial lleva a sobreestimar las bondades del exterior. Esta semana, en el Teatro Picadilly, me tocó compartir con Facundo Manes la introducción de la presentación del libro de Marina Dal Pogetto (su ministra de Economía si fuera electo presidente en 2023) y Daniel Kerner: Tiempo perdido: la herencia, el manejo de la herencia y el manejo de la herencia de la herencia, editado por Perfil. Manes me decía que viajaba por todo el país y comparaba el estado de ánimo de la sociedad con el de un deprimido al que la primera prescripción es sacarlo de su depresión. No me sorprendía el entusiasmo de Manes que, habiendo vivido años en Inglaterra, podía comparar.

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