Hoy, después de más de dos décadas de la revolución sandinista, Daniel Ortega podrá ser elegido nuevamente presidente de Nicaragua. Como con Alan García en Perú, la historia latinoamericana se empecina en repetirse. Y aquellos jóvenes políticos de los 80 lucen tan eternos como los Rolling Stones. ¿Compartirán códigos comunes el rock y la política?
Nicaragua es el país más pobre de América, fuera del Caribe. Más pobre aún que Bolivia. Tiene una cantidad de habitantes similar a la de Paraguay, poco más de 5 millones, concentrados en un territorio cuatro veces más pequeño. Y su Producto Bruto es la mitad que el de Paraguay.
Son tantas las escaseces que la falta de electricidad es la principal amenaza a la normal realización de los comicios: desde abril, los nicaragüenses soportan 4 horas de cortes de luz diarios, pero el gerente de Corinto Power explicó que juntó combustible para poder abastecer un día completo de corriente.
Pero a pesar de todo Nicaragua se las ha ingeniado para hacerse notar: desde Rubén Darío hasta Sandino, primer heredero de la filosofía bolivariana.
La llegada del sandinismo al poder está íntimamente ligada al asesinato en 1978 de un periodista, Pedro Joaquín Chamorro, director del diario La Prensa, ordenado por el dictador Anastasio Somoza, experto en reelecciones perpetuas, pero que terminó costándole su derrocamiento un año después.
Lo sustituye un Consejo de Estado que integran principalmente los sandinistas, pero también sectores de centro, como la viuda de Chamorro, Violeta. Rápidamente los sandinistas desplazan a los moderados, años después al Consejo lo continúa un presidente sandinista y Ortega es elegido para ocupar ese cargo en 1985. En 1990, caída del Muro de Berlín mediante, Violeta Chamorro derrota a Ortega en las urnas y es elegida presidenta. Ortega y los sandinistas vuelven a perder las elecciones de 1996 y de 2001. Pero su persistencia tuvo premio y esta vez, 21 años después, con nuevos amigos, desde Chávez hasta Evo Morales, vuelve a ser el favorito.
El túnel del tiempo. En la contratapa del domingo pasado cité que quien podría ser el primer presidente negro de Estados Unidos, el senador demócrata Barack Obama, dijo que el dogmatismo de Bush estaba generando un regreso de los 70 en la política.
La Nicaragua que yo personalmente conozco es hija de aquella época. Vivía en Estados Unidos cuando Reagan, cansado de que los “contras” (entrenados por comandos argentinos que facilitó Galtieri antes de Malvinas) no lograran terminar con el sandinismo, decidió bloquear por mar a Nicaragua, tanto desde el Atlático como desde el Pacífico. Envió dos flotas completas: el USS Ranger, el USS Coral Sea y el USS New Jersey, desplazados desde lugares tan remotos como Indonesia o Nápoles, y a un costo equivalente a toda la deuda externa de Nicaragua cada cuatro meses.
Viajé a Managua para cubrir esa guerra y mis experiencias de esos días resultaron un ejemplo del realismo mágico. Por entonces, sólo dos compañías aéreas extranjeras sobrevolaban territorio nicaragüense: Aeroflot y Cubana de Aviación. Pude llegar a Managua en un vuelo interno de la nicaragüense Aeronica. Ya en el aeropuerto, el pasado reciente y el presente peleaban sus espacios: un cartel decía “Bienvenido a la Nicaragua libre”, mientras otro más antiguo seguía recordando: “Nicaragua: otro país Diner’s”.
Cumplido el trámite de cambiar dólares en el Banco Sandinista de Desarrollo, el destino obligado era el Hotel Intercontinental, una pequeña Naciones Unidas donde el 90% de los pasajeros eran periodistas extranjeros acostumbrados, como en el Hilton de Hanoi, a cenar sin alterarse mientras afuera las ráfagas de ametralladoras destruían lo poco que quedaba. Después de entrevistar, en lo que había sido la residencia de Somoza, al sacerdote Ernesto Cardenal, ministro de Cultura e ideólogo de la revolución sandinista y a la estrella nacional Bianca Jagger (otra vez los Rolling Stones), y con el correspondiente salvoconducto otorgado por la Oficina de Prensa para circular por la zonas de combate (“no les da ninguna garantía pero siempre es mejor tenerlo”, explicaron), partí con el fotógrafo de la revista La Semana, Rudy Hanak, a la frontera con Honduras, donde los “contras” se enfrentaban cuerpo a cuerpo al Ejército Sandinista de Liberación Nacional (ESLN).
Increíblemente funcionaba en Managua una oficina de Avis y Budget, y todavía tenían algunos autos destartalados para alquilar. El contrato especificaba que “el seguro no cubre los daños producidos por balas, explosiones o cualquier otro daño producido al vehículo derivado de enfrentamientos militares”. Nos dieron una pick-up Toyota blanca, no era el color ideal pero era lo único que había, y partimos hacia Jalapa a sólo 15 kilómetros de Honduras.
El viaje fue inolvidable: además de campesinos que hacían dedo, muy pocos autos circulaban por la ruta, los soldados sandinistas también practicaban el auto-stop. En lugar de apelar a su armamento para exigir el traslado, sumisamente hacían dedo. En una de las fotos de la próxima página aparece la pick-up cargada de soldados sandinistas que iban al frente compartiendo junto a algunos campesinos y saludando con alegría adolescente.
Ya en Jalapa, conocí a Lucita, la hija predilecta de Dulce Amalia de Fernández, la dueña de la posada Luz (tres habitaciones junto a la cocina de su casa), la única del pueblo. A pesar de la construcción de adobe y el piso de tierra, Lucita, cocinera, mucama y gerente, nos hizo firmar el libro de registro de huéspedes (foto en la página anterior).
Al día siguiente, pudimos llegar al frente de combate en el monte selvático y acampar junto a los soldados sandinistas en sus puestos. La sensación que me provocaban era la opuesta a la que podía esperarse de esa situación. Ternura. A los 13 años, los hombres empuñaban su primer fusil. A los 14, se los autorizaba a vestir uniforme completo: pantalón camuflado, camisa caqui, pañuelo rojo al cuello, boina verde, cinturón de combate con cuatro cananas y 8 cargadores, cantimplora, dos granadas y su propio fusil Aka de 7,62 centímetros de diámetro (“primero un Aka chino, y luego el ruso que es mejor”). Aun los mayores parecían chicos jugando e, inconscientes, hacían chistes escatológicos con los restos putrefactos de los muertos en combate. A la distancia, parece todo tan ridículo: Reagan, sus “contras” y sus flotas; los sandinistas, y su ejército de liberación.
Para completar el surrealismo, al enterarse de que éramos argentinos, todos nos contaban que antes de venir al monte veían en la TV del pueblo la novela Señorita Andrea, de ATC.
El rol de la mujer. Al día siguiente del triunfo de la Revolución, el 21 de agosto de 1979, se sancionó el Estatuto de Derechos y Garantía de los Nicaragüenses. Se prohibió “toda forma de prostitución y utilización de la mujer como objeto de reclamo comercial en los medios de comunicación”. El panameño Rubén Hurtado, propietario del cabaret con el mejor “chou” de Managua, se quejaba: “Antes todo era distinto, los sandinistas están matando la noche de Nicaragua, ya no podemos hacer más striptease”.
Los asesores rusos consideraban que para dinamizar la economía del país había que integrar a las mujeres: con Somoza, sólo el 14% de las mujeres trabajaba; en 1979, pasó el 35% (en el resto de Centroamérica, era sólo el 20%).
Me resulta difícil recordar aquella experiencia sin sentir simpatía por aquellos sandinistas que, a pesar de sus anacronismos económicos, hicieron elecciones libres y respetaron sus derrotas electorales tres períodos consecutivos.
Hace unos años en Rusia, tuve un traductor que hablaba un español perfecto, y ante mi pregunta sobre cómo lograba hablarlo tan bien, me explicó que siendo traductor militar había estado destinado a Nicaragua; volví a recordar con cariño aquella tierra tropical de volcanes donde los fusiles chinos se mezclaban con Andrea del Boca.
No puedo menos que desearle lo mejor a este Daniel Ortega que declaró el miércoles, al cerrar su campaña: “Juro por la memoria de mi madre y mi hermano Camilo que no tomaré revancha contra los adversarios”. “Así como ellos han tenido la oportunidad de gobernar en paz durante tres períodos seguidos, nosotros tenemos derecho; y por amor a Dios, les pedimos que nos den la oportunidad de gobernar en paz para sacar a este país de la pobreza.”
Con 61 años, medio pelado y panzón, un comandante Ortega light, regresa. Seguramente no será el mismo; por lo pronto, cambió el himno sandinista que decía “los yanquis son enemigos de la humanidad” (otra que “combatiendo el capital”) por una versión en español de la canción Give Peace a Chance, de John Lennon.