Una manera, que encuentro interesante, de describir una sociedad moderna (más o menos desarrollada, para el caso no importa) es abordarla como una configuración de “mundos” que tienen diferentes relaciones entre sí y que están más o menos interconectados: el mundo del trabajo, de la familia, de la economía, del deporte, de la música, de las creencias religiosas, de la política, del sexo, de la amistad, de la moda, de la comida, etc. En épocas premodernas, una sociedad contenía menos “mundos”, y esos mundos estaban mucho más disociados unos de otros (principalmente en razón de diferenciales naturalizados de poder y de riqueza). La llamada civilización del consumo, que cristalizó a lo largo del siglo pasado, asociada a la utopía de una gran sociedad de clase media, multiplicó los mundos y generó entre ellos interconexiones más complejas. El gobierno del peronismo histórico (quiero decir, el peronismo de Perón) fue, en nuestro país, el que primero conectó significativamente, estratégicamente, el mundo de la política y el mundo del deporte. Perón comprendió de inmediato la enorme importancia de esa conexión como lugar de un vínculo fuerte con “el pueblo”. Alguna reminiscencia de esa historia debe haber jugado un papel en la decisión del kirchnerismo de “nacionalizar” la transmisión de los partidos de fútbol, como una maniobra desesperada (entre otras) para intentar reconstruir el poder perdido el 28 de junio.
Como bien se sabe, las interconexiones entre el mundo político y el mundo del deporte, en particular el fútbol, tienen hoy un peso considerable en muchos países. Esta circunstancia tal vez explique el paralelo que mi cerebro produjo viendo el partido entre Argentina y Paraguay por las Eliminatorias para el próximo Mundial: ese partido se transformó de golpe para mí en una imagen, fuertemente amplificada, de la situación política que atravesamos en este momento.
De más está decir que la percepción del desempeño de la Selección como metáfora de nuestro mundo político tuvo el carácter de una pesadilla. A la cual contribuyeron no sólo las escenas del propio partido –un equipo que no sabía por qué estaba allí, o mejor: que no estaba allí y que acumulaba errores y torpezas–, sino también las tandas publicitarias que adquirían, en el contexto de lo que estaba ocurriendo en la cancha, un carácter grotesco: “carne argentina, la mejor carne”, “el dulce orgullo de ser argentino”. Lo cual, en mi pesadilla, era algo así como decir: no nos preocupemos, ya no tenemos ni gobierno ni Seleccionado, pero nos quedan el asado y el dulce de leche.
Por alguna razón, el mundo del fútbol se convierte, en nuestro país, en un espejo de la situación social. Pero un espejo traicionero y perverso, como en la saga de Harry Potter. Así funcionó en el Mundial de 1978: con el fútbol creímos liberarnos de los horrores del Proceso. Juzguemos a la luz de este recuerdo la comparación presidencial entre el secuestro de los goles y el secuestro de los desaparecidos.
No creo que se me pueda objetar si aplico mi metáfora a los responsables de la situación. Porque de lo contrario no se entiende nada. Como bien lo subrayó el comentario de TyC Sports (“¿cómo se explica lo que está pasando, dado que el Seleccionado argentino tiene a varios de los jugadores mejor pagos del mundo?”), la única respuesta a esta pregunta es señalar con el dedo al DT (quien, dicho sea de paso, avaló con su persona, junto a la señora presidenta, la mencionada “nacionalización” de la transmisión de los partidos). Las incomprensibles decisiones “tácticas” de Diego Maradona se pueden comparar con los dos mayores disparates (entre otros) del actual gobierno: haber generado un conflicto interminable con el principal sector productivo, y haber decidido que su único objetivo político, desde su derrota electoral, es causarle al primer grupo de comunicación del país el mayor daño posible.
Mientras tanto, el Brasil trabaja, paciente y sistemáticamente, en su proyecto de convertirse en una de las seis u ocho naciones líderes del mundo globalizado. Se me permitirá entonces aplicar aquella vieja fórmula de una serie de homologías (cuyas transformaciones, según Claude Lévi-Strauss, generan los mitos) a mi pesadilla metafórica entre el mundo político y el fútbol: [selección de Brasil : selección de Argentina :: Lula : Cristina Fernández de Kirchner :: Dunga : Maradona], que se lee: la selección brasileña de fútbol es a la selección argentina como el presidente del Brasil es a nuestra presidenta y como Dunga es a Maradona.
Fue, en verdad, una noche difícil.
*Profesor plenario, Universidad de San Andrés.