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COLUMNISTAS / opinion
domingo 30 diciembre, 2018

Ojalá los economistas vuelvan a fracasar

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por Gustavo González

El Gobierno cree en los augurios de los principales economistas. Foto: Cedoc

El promedio de los pronósticos económicos originales del PBI 2018 daba 2,8%. Si bien aún no están las cifras finales reales, todo hace suponer que se ubicará entre el 2,5% y el 3%. La única diferencia es que todos los pronósticos coincidían en que el país crecería a ese ritmo y la realidad es que va a decrecer a ese nivel.

Aquel pronóstico de hace un año es el promedio de las veintiuna consultoras más reputadas. En el mismo sentido fueron sus estimaciones para la inflación (terminaría en 19,8%) y el dólar (en torno a $ 22,07).

Hoy, los mismos economistas pronostican un futuro inmediato pesimista, en medio del efecto Cristina y de un mundo agitado.

Las estimaciones que los especialistas habían hecho sobre la economía en 2018.
Lo que esperaban los especialistas para el 2018. Nadie anticipó la crisis.

Este es uno de los datos más alentadores con los que a esta altura cuenta el Gobierno. Las altas chances de que los economistas se vuelvan a equivocar.

El futuro con decimales. Cuando en septiembre titulé en esta columna El fracaso de los economistas, muchos se sintieron ofendidos. Pero era un elogio hacia aquellos que entienden a la economía como una ciencia seria y profundamente inexacta, con influencia clave en la mayoría de las otras ciencias.

Los pronósticos optimistas que hicieron hace un año resultaron todos errados

Juan Carlos de Pablo es uno de esos economistas que llama a desconfiar de los especialistas en proyecciones. Hace dos semanas recordó en un artículo en La Nación a Robert Clower, cuando este aconsejaba “no prestarles atención a los pronósticos numéricos, tanto oficiales como privados, y particularmente a aquellos que se presentan con decimales”. Clower, autor de clásicos de la especialidad, tenía la teoría de que la economía había cambiado cuando en los años 70 la carrera matemática se había quedado sin vacantes en los Estados Unidos y los aspirantes se volcaron a estudiar economía. Quizá creyendo que se trataba de otra ciencia exacta.

La confusión entre economía y matemática es aceptable para legos, porque ambas utilizan el álgebra, pero es un error del que muchos consultores se aprovechan para saciar la angustia argentina sobre el futuro.

La necesidad de prever el mañana es inherente al ser humano. La brujería y la astrología son algunas de las disciplinas que intentan anticipar lo que aún no sucedió.

Eso siempre fue así, pero en un país que le agrega imprevisibilidad al imprevisible futuro, no resultan suficientes.

La racionalidad de quienes integran el círculo rojo les hace indigerible apelar a herramientas de las viejas tribus. Por eso contratan a economistas.

No es algo nuevo. En los años 20, un grupo de economistas creó la Sociedad Económica de Harvard para predecir los acontecimientos. En septiembre de 1929 pronosticó un leve empeoramiento de la situación del mercado.

Eso sucedió un mes después y todos celebraron porque descubrieron que proyectar en economía era posible.

Al poco tiempo anticiparon que la crisis era leve y que la recuperación sería inminente. Repitieron su pronóstico mes a mes, a la par de una economía que cada vez se hundía más.

En medio de la crisis más profunda de los Estados Unidos, y como tantas otras empresas, esa sociedad también sería liquidada.

Hoy son pesimistas y el Gobierno les da la razón, pero la realidad puede volver a sorprender

No roban. Cuando en diciembre de 2017 los expertos les revelaron a políticos, empresarios y funcionarios que en 2018 la economía iba a crecer 2,8%, la inflación 19,8% y el dólar terminaría en $ 22,07, lo que hicieron es contener el abismo al que se enfrentan quienes lidian con empresas, pago de sueldos, administraciones públicas y contiendas electorales. Son personas que quieren entender el futuro medido en números y con decimales.

Pagan para eso. No importa que año tras año los pronósticos fallen, porque aceptar que no hay pronóstico exacto sobre el futuro puede ser insoportable.

Esos economistas no les roban el dinero, cobran por confundir matemática y economía para convencer de que lo suyo no es brujería sino ciencia. Y el círculo rojo paga gustoso por el servicio porque cree que está a la altura de su inteligencia.

Además, ofrecen un importante servicio adicional: hacerse cargo de los errores que le corresponderían a los burócratas de las empresas y la política. Los CEO justificarán en la baja calidad de los pronósticos recibidos, su propia incapacidad para evaluar el futuro. También pagan para eso.

Clower les recomendaba a sus colegas dejar de vender pronósticos y dedicarse a ofrecer, apenas, “conjeturas condicionadas”. Keynes les pidió que se reconocieran como “gente humilde y competente, como los dentistas”.

El maestro de economistas John Kenneth Galbraith decía que los pronósticos son intrínsecamente poco confiables. De lo contrario sus responsables jamás los harían públicos y los usarían solo en su provecho: “Los beneficios de las inversiones con tales pronósticos serían seguros y los activos comprables irían a las carteras de personas que jamás perderían. Una vez alcanzada semejante certeza, el capitalismo, el sistema de la libre empresa, dejaría de existir.” Lo que no iría a suceder en lo inmediato.

Pero en esta inasible Argentina, mientras la angustia de la demanda siga pagando bien por la oferta de un futuro con decimales, la lógica del mercado augura el crecimiento de ese sector laboral en un ¿25,04%? o ¿37,12%? Quién sabe. Solo ellos lo podrían pronosticar.

El riesgo de acertar. En este diciembre, los economistas proyectan un 2019 en la antípoda del 2018 que imaginaban hace un año. Esta vez, las cosas no andarán bien, según afirman.

El PBI se planchará en el 0% y para algunos podría llegar al -2,5%; la inflación rondará el 25,5%; y el dólar terminará en $ 42,86 o $ 54,80, según quien sea el pronosticador.

El Gobierno, en lugar de esperar que estos expertos vuelvan a fallar (en este caso a favor de que la economía real responda positivamente), parece concluir el año intentando confirmar los malos augurios.

La estrategia de salir de la recesión ajustando las cuentas no es lo que un keynesiano recomendaría, pero tal vez sea una idea salvadora cuyos frutos se verían en algún momento.

Esta semana el oficialismo decidió un incremento del 55% para la electricidad, 35% para el gas y más del 40% en transporte. También anunció el reemplazo de Iguacel por Lopetegui: el ex secretario de Energía era partidario de mantener los subsidios a empresas para invertir en Vaca Muerta en lugar de quitarlo para sobrecumplir las metas del FMI.

La estrategia de alcanzar el déficit cero a cualquier precio más un nivel de tasas del 60% pueden resultar claves para que esta vez los economistas acierten.

En todo caso, las buenas noticias podrán venir por una balanza comercial positiva tras la megadevaluación, cuentas ordenadas con un financiamiento garantizado por el Fondo para 2019, y más producción y nuevas inversiones en Vaca Muerta, pese al recorte previsto de los incentivos. Además del impulso que aporten el crecimiento de Brasil y una buena cosecha.

Dentro de un año se comprobará nuevamente si lo que pasó condice con lo que se decía que iba a pasar. Haciendo la salvedad de que los pronósticos fallidos de los economistas, recurrentes y comprobables a lo largo del tiempo, también se pueden leer como un acierto permanente en sus errores.

Ojalá suceda eso en 2019 y la realidad nos vuelva a sorprender a todos.

Pero esta vez para bien.


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