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Otra modesta proposición

La realidad no tiene forma, salvo la que le otorgan nuestros sentidos. En ese punto, no somos los reyes de la percepción: carecemos del olfato de las bestias de presa; apenas tenemos dos ojos cuando la mosca tiene un espectro diamantino de diez mil; escuchamos casi nada, menos que el perro del vecino.

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La realidad no tiene forma, salvo la que le otorgan nuestros sentidos. En ese punto, no somos los reyes de la percepción: carecemos del olfato de las bestias de presa; apenas tenemos dos ojos cuando la mosca tiene un espectro diamantino de diez mil; escuchamos casi nada, menos que el perro del vecino, en tanto que nuestro olfato –lo prueba el aire que respiramos tras de ensuciarlo– directamente ha desaparecido. Nos quedan las formas suplementarias, los instrumentos exteriores al cuerpo que hemos sabido crearnos, con los que trazamos el mapa de lo que conocemos. Los continentes que ese mapa incluye están delimitados por los medios de comunicación masiva: tejidos de ficción cuya trama sucesiva y veloz vuelve a la vez, urgentes y olvidables sus contenidos. Hace algunos años, se estimaba que la capacidad de concentración en la lectura de un adulto promedio rondaba alrededor de los trece minutos. En el presente, dicen, se ha reducido a tres. Con suerte, quizás esa forma de literatura fugaz organice a futuro nuevas formas de pensamiento cuyas consecuencias no podemos prever. Tal vez esa disolución del discernimiento en pos del efecto contundente y cambalachero de lo momentáneo signifique a largo plazo una reconversión de nuestras facultades –¿nos volveremos espasmódicos, hiperkinéticos? ¿La inteligencia se reflejará bajo una forma parkinsoniana?–. Es posible. Pero, en la actualidad, la multiplicación de los estímulos sólo corteja el estupor, y su repetición sirve únicamente para acuñar algunas frases (“La inseguridad no tiene límites”, “Hay que bajar la edad de imputabilidad de los menores”) que parecen servir como borradores carentes de humor de las modestas proposiciones que hace unos siglos escribió Jonathan Swift. Como sea, y bajo el argumento que elijan, en el fondo esa totalidad de escándalos es el estilo de un horror que precede o corteja la indiferencia, porque lo que sabemos se ha vuelto inenarrable.

Quizá seamos parte de una lógica secuencial de largo plazo, que está produciendo un mundo no para que lo habitemos con las glorias de nuestra mente, sino para que nos ejercitemos en éste, a la manera instintiva de las bestias.


*Periodista y escritor.