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COLUMNISTAS / ACUERDO DE ESTABILIDAD / PANORAMA
domingo 5 mayo, 2019

Pacto-contrapacto

La jugada oficial tuvo rápido rechazo del PJ, que lo usó en los 70. ¿Habrá plan alternativo?

por Carlos De Angelis

MEDIR FUERZAS Foto: DIBUJO: PABLO TEMES
domingo 5 mayo, 2019

"Hay que hacer políticas de Estado”; “necesitamos un Pacto de la Moncloa”; “hay que dialogar más”. Esas y muchas otras frases se vienen escuchando desde hace mucho tiempo en Argentina. La sensación generalizada es que el estancamiento como proyecto de país, los locos vaivenes de la economía, y el progresivo hundimiento de un tercio de la población son la resultante de la falta de políticas coherentes a lo largo del tiempo. Esa visión pone todo el peso de la responsabilidad en la clase política, sin poner en la balanza la formación de los grupos económicos dominantes y sus capacidades de influir en diversos momentos en las políticas públicas.

Sin novedad en el frente. Existieron diversos compromisos a la largo de la historia argentina. De hecho, el preámbulo de la Constitución establece que su existencia se debe al “cumplimiento de pactos preexistentes”. Varios de esos pactos olvidados como el Acuerdo de San Nicolás o el de San José de Flores se firmaron bajo el humo de las armas de las batallas que derrotaron las fuerzas federales de Juan Manuel de Rosas. Casi un siglo y medio después mediante otro pacto, el de Olivos, Carlos Menem forzaba a Raúl Alfonsín a acordar una reforma constitucional bajo la amenaza de realizarla por su cuenta. Si bien se agregaron algunos tópicos como el derecho de los consumidores o la prioridad sobre la Ley de los tratados internacionales, Menem se aseguraba su objetivo principal: la reelección hasta ahora vedada y la incorporación del ballottage con la exótica regla para ganar en primera vuelta o pasar a la segunda y que hoy desvela a los analistas políticos.

Quizás el Pacto Social más conocido fue el que llevara adelante José Ber Gelbard como ministro de Economía entre los cortos mandatos de Héctor Cámpora y Juan Perón. Este programa era un acuerdo entre los empresarios de la CGE y los sindicalistas de la CGT. Como recuerda Mario Rapoport en su libro Historia económica, política y social de la Argentina, 1880-2003 “entre los objetivos centrales se aspiraba alcanzar un aumento de la participación de los asalariados en el ingreso nacional del 40 a 50% en un lapso de cuatro años” (pág. 692 del libro). Una foto en sepia cuando mejorar la distribución del ingreso era una meta primordial. En lo concreto se decretaba el congelamiento de precios, un aumento general de salarios y la suspensión de las paritarias por dos años. A fin de incentivar las exportaciones el Estado pasaba a monopolizar la exportación de los productos primarios. Señala Rapoport que el plan en su primera etapa tuvo un razonable éxito reduciendo la inflación del 50,3% en 1973 al 24,2% en 1974, mejorando la balanza comercial y produciendo un significativo crecimiento económico. Todo cambiaría tras la muerte de Perón, el ascenso de Isabelita al poder y el reemplazo de Gelbard primero por Alfredo Gómez Morales y luego por Celestino Rodrigo, quién provocaría el primer megaajuste de la historia moderna. Como también señala Rapoport a partir de allí se comenzaba a atacar la inflación como “un fenómeno puramente monetario y fiscal, un acontecimiento autónomo y sin vínculos con otros aspectos de la economía” (pág. 700).

Salidas obstruidas. Mucha agua pasó bajo el puente, pero los problemas parecen ser los mismos. La enorme inflación de estos años convive con el deterioro de los ingresos de los asalariados y una recesión que el Indec muestra crudamente en los datos de EMEA: la industria está en terapia intensiva. Probadas primero las metas de inflación y ahora la receta de contener la masa monetaria van quedando pocas opciones: una nueva convertibilidad del peso con el dólar o un nuevo pacto social. La primera opción requeriría como paso previo reeditar el Plan Bonex como el que hizo Menem en 1989 con la finalidad de reducir drásticamente la liquidez, canjeando depósitos a plazos fijos por bonos a pagar en un futuro. ¿Quién tendría la fortaleza política para hacer semejante cosa?

La segunda opción, el plan social, básicamente va contra la cultura política de una Argentina hiperpresidencialista, puesto que como base se requiere negociar con diversos actores y acordar un programa que no necesariamente coincidiría con los objetivos del grupo gobernante. De hecho, existen experiencias valiosas como la del Consejo Económico y Social de la Ciudad de Buenos Aires que reúne organizaciones de muy diversa trayectoria, pero rara vez es consultada en la planificación de una Ciudad gobernada bajo los planes inconsultos de un jefe de Gobierno que tiene mayoría en la Legislatura.

10 puntos 10. Tras las malas noticias que abruman a los argentinos, el gobierno nacional tuvo la idea de proponer a las fuerzas políticas un nuevo pacto basado en diez puntos que expresa la política económica actual, arrancando en el kilómetro 0 con “lograr y mantener el equilibrio fiscal”. Muchos de los puntos son loables, pero tienen su mayor debilidad en que no explica la letra chica de cómo llegar a esas metas como el punto 4 que plantea la reducción de la carga impositiva, y el 5 que propone la creación de empleo a través de una legislación moderna. Como con la paz mundial nadie puede estar en desacuerdo, pero no se deduce cómo se sostendría el Estado o cómo se incluiría a los marginados del sistema, cuando no hay mención alguna sobre políticas científicas, sociales, o educativas.

El propio diario La Nación, planteó en su portada que el verdadero objetivo del plan sería “encapsular” al kirchnerismo, es decir lograr que todas las fracciones del peronismo lo firmen contando con la negativa de Cristina Kirchner. Sin muchas vueltas el kirchnerismo quedaría como la expresión de la falta de civilidad política y que sin dudas conduciría a la Argentina a Venezuela de llegar al poder nuevamente. El problema es que quien primero rechazó el convite fue el propio Roberto Lavagna indicando que el plan es solo “marketing político”. Queda por ver si los reflejos políticos de la oposición funcionan para ofrecer otro tipo de acuerdo que contemple una salida al laberinto actual y que ofrezcan una respuesta a las necesidades de las grandes mayorías y de las olvidadas clases medias.

*Sociólogo (@cfdeangelis)


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