Héctor se compra un Logan para usarlo de remís con un dinero que ahorraron él y sus padres. Invierte sus ahorros en el auto, el auto es su stock, que presta servicios y del que se extrae una renta. La renta es su flujo, su ingreso: facturación menos nafta, seguro, mantenimiento, impuestos, amortización. Como toda máquina, con el tiempo el Logan envejece y comienza a dar problemas. Va seguido al taller, no le permite trabajar, le hace perder tiempo. Cuando la renta no compensa los costos, es hora del recambio, de invertir el dinero ahorrado (la amortización) en la diferencia entre el valor del usado y el de un modelo más nuevo.
Pero Héctor se consume el dinero de la amortización. Se siente más rico en los años buenos del auto, un ganador. Hace mal los cálculos y se convence de que tiene una renta más alta, y se regala un consumo generoso: viaja a Brasil a ver a la Selección, se compra un aire acondicionado para cada ambiente del departamento alquilado, moderniza el vestuario para verse más joven, hace microturismo gastronómico. Y cuando la mujer le sugiere acortar las vacaciones para ahorrar para la casa la trata de amarga.
Cuando el auto se deprecia y la renta escasea, Héctor culpa al contexto: el ciclo, la competencia, la crisis. Un día cae en la cuenta de que gasta en el taller lo que saca trabajando. Pero, consumidos los ahorros, no sólo se aleja el sueño de la casa propia sino que ahora Héctor no tiene más remedio que ir tirando con el Logan, trabajando más horas para compensar la baja productividad. O convertirse en chofer de otro dueño. En ambos casos, más pobre y más dependiente.
A Héctor le pasa lo mismo que a la Argentina. Cambió ahorro e inversión por consumo, y el stock se depreció. Trenes, rutas y puertos, energía, telecomunicaciones, educación. Y en algunos casos, como el de nuestro depreciado capital humano, el efecto de esta desinversión será largo y persistente, y en gran medida irreversible.
Pan para hoy, hambre para mañana podría ser el título de una historia del populismo rentista de estos años. Pero atribuir todo esto a una década o a un gobierno sería fatalmente simplista. No es la primera vez que nos consumimos los ahorros y descuidamos el futuro. El déficit fiscal alfonsinista les debe tanto a los pagos imposibles de la deuda externa como a la incapacidad para contener las demandas de gasto; el sobreendeudamiento de Menem buscó la reelección sosteniendo la fiesta de consumo importado del uno a uno. En ambos casos, la gente apoyó y votó masivamente. Aún hoy, cualquier indicio de mesura es acusado de la herejía del enfriamiento, que finalmente se da de manera desordenada y regresiva, forzado por el agotamiento de los stocks.
En la Argentina retaceamos recursos a la inversión y el mantenimiento, gastamos a cuenta, y disfrutamos mientras dura. Como Héctor, que creyó que estaba bien cuando viajó al Mundial y que ahora está mal, y que piensa que la política exitosa fue aquella que le dejaba gastar más de lo que podía, y que la política fallida es ésta limitada por los errores del pasado. Este error de atribución no es nuevo: nos pasó en los 80 y en los 90 y es común a otros países. Será un escollo en el nuevo ciclo: el próximo gobierno deberá aprender a manejar esta falsa atribución, lidiar con (y superar) la memoria de la “década ganada”, y aceptar que el votante no entiende (ni tiene por qué entender) la larga cadena de causalidad de la inflación y el desempleo, o los límites de la restricción presupuestaria.
El jueves la Presidenta anunció una feria americana con los saldos de la década ganada. Club SUBE, taxi en cuotas, descuentos en electrodomésticos, moratoria provisional. Lo paradójico ya no sería que esta gesta del consumo a cuenta favorezca sobre todo a la clase media urbana beneficiaria de los subsidios tarifarios ni que, después de 12 años de viento de cola, nuestra apuesta al desarrollo pase por un plan canje. Lo paradójico sería que otra vez no nos diéramos cuenta y lo festejáramos.
*Economista y escritor.