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COLUMNISTAS / la presion de la tribuna
domingo 3 marzo, 2019

Para toda la alegría de la gente

El fútbol puede definir cómo empezás la semana. Podés ir a laburar con una sonrisa ganadora o con la seriedad vergonzosa de dos goles en contra.

por Luciana Rubinska

Reclamo colectivo. El hincha exige todo, pero no mide las consecuencias. Foto: NA

El fútbol puede definir cómo empezás la semana. Podés ir a laburar con una sonrisa ganadora o con la seriedad vergonzosa de dos goles en contra. El café te lo vas a preparar con ganas de charlar sobre lo bien que pateó el tiro libre el 8 o vas a desayunar en silencio, con ganas de que los días pasen rápido y llegue la próxima fecha. Vivimos el fútbol de esa manera, porque somos hinchas, somos pasionales y nos encanta este deporte. Ahora bien, ¿qué culpa tienen los jugadores de cómo lo vivimos?

El 9 agarra la pelota. Se acerca al punto del penal. Mira directo a los ojos del arquero. Sabe que si lo hace corta una racha de varios partidos sin convertir. Está cansado, corrió todo el partido y ya le sacaron un cabezazo que se metía en el ángulo. Le da un beso a la pelota. El pasto se hunde ante sus pasos en reversa. Vuelve a mirar al arquero. Patea y… afuera. Quedan 15 minutos de partido y el 9 no toca la pelota: no le llega, lo anticipan, se le va larga. Se termina el partido y es empate. Van todos al vestuario, pero el 9 sigue con la cabeza en el punto del penal. Piensa que él podría haber logrado los tres puntos, que todo se terminaba si definía bien. Duda sobre sus cualidades, hace muchos minutos que no la mete. No puede pensar en otra cosa. Cree que todo es culpa suya y que su error le cuesta el triunfo, la tranquilidad al equipo y la alegría de la gente. La alegría de la gente. A este tipo que pasó por todo eso le atribuimos la tristeza y el dolor del hincha. Toda la presión que siente un jugador para debutar en Primera, poder mantenerse y llegar lo más lejos posible también tiene el componente extra de la presión que le expresa “la calle”.

“Hay un problema muy grande con el hecho de ver al futbolista como un superhéroe. Sos más que todo el mundo solo por jugar a la pelota”. La frase la dijo Matías Vargas, volante de Vélez, en el programa radial Un plan simple, y describe a la perfección el sentimiento que la popular le transmite al jugador. Y ahí empieza el problema. Lo que cualquier persona espera de un superhéroe es que la salve, que la cuide y ponga la cara por ella ante todos los males que pueden dañarla. Plantearlo de esa forma desnuda lo absurdo que suena lo que pretendemos de un jugador de fútbol.

Hace unos días se supo la trágica noticia del suicidio de César Borda, defensor de 25 años de UAI Urquiza. Todo indica que problemas personales lo llevaron a tomar la decisión de quitarse la vida. No fueron la presión del juego, las exigencias del deporte ni mucho menos. Porque después de los 90 minutos todo sigue. El futbolista continúa con su cotidianeidad, con sus alegrías y sus problemas, enfrenta su historia y se prepara para el futuro. Vive con la carga de haber errado el penal o con la satisfacción del gol al ángulo. Como todos y todas, los futbolistas también cargan con sus trabajos. Al igual que cualquiera, llegan a sus casas y piensan en ello, como quien sale de la oficina y se acuerda de que no terminó la planilla de Excel o que se equivocó de palabra mientras conduce un noticiero. Pero del jugador esperamos más. Lo hacemos responsable de nuestra vida, por si con la suya no le alcanza. Queremos que nos regale la felicidad, que ahuyente la oscuridad que nos preocupa. Y si no lo hace, se transforma en algo personal.

Imaginá todo un estadio gritándote para que termines rápido tu trabajo.

Cuando se trata de una expresión de forma colectiva, no somos responsables de nuestra participación individual. No consideramos el aporte que podemos hacer o dejar de hacer. Entender que no todo es Messi y los goles de Messi, que hay más allá. Y más acá. Un resultado no va a determinar la vida del hincha ni la del jugador. La victoria o la derrota solo definen un momento, y todo continúa.

El partido terminó. Ganó tu equipo y estás feliz. Esperás desesperado que sea lunes a la mañana para vanagloriarte por ser de uno de los clubes que esta fecha se llevó el triunfo. Te reís, hacés burlas, coincidís con algunos y desestimás la crítica de otros. Terminás de desayunar y seguís laburando.


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