COLUMNISTAS

Paranoia y persecución

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Con la batalla emprendida para domeñar al dólar se empieza a cerrar un ciclo de radicalización populista autoestructiva iniciada con la crisis del campo, en 2008, o un poco más atrás, con el despido de Lavagna y la intervención del Indec. Dicho ciclo empezó mal, con decisiones que llevaron a prolongados e inútiles conflictos, hicieron perder irrepetibles oportunidades de desarrollo y sólo le sirvieron al Gobierno para encadenarse a un modelo de pan para hoy y hambre para mañana. Así que no es de asombrar que ahora que el mañana llegó, vuelva a hacer oír su voz el foro Carta Abierta, inaugurado en las trifulcas por las retenciones móviles. Fiel escudero de todas sus batallas, no podía faltar en esta postrera quijoteada contra la kriptonita verde. Que no va a terminar mejor que las anteriores pues el dólar es mucho más difícil de manipular que los pesos, los medios o los votos. Y porque agarra al oficialismo cuando toda la botonera de mandos está fallando y le queda poco tiempo.

Empecemos por lo esencial: una vez más el Gobierno se equivocó. Podía tratar de mantener el retraso cambiario para contener las demás variables hasta 2015, y con suerte lograría que la bomba de tiempo del ajuste le estallara a su sucesor. O bien podía aplicar un ajuste medianamente ordenado e iniciar la estabilización de la economía, para ofrecérsela como puente de plata al resto del peronismo. Pero para ambas cosas necesitaba un equipo coordinado y capaz. Como carecía de él y desprecia la naturaleza técnica de los problemas económicos, terminó enredándose en las inconsistencias que arrastraba desde hace años, disparando un ajuste caótico en el que precios, tasas, dólar y déficits se encadenan convirtiendo la estanflación en pura y lisa recesión. Dicho más simplemente: podía elegir entre cuidar el empleo o los precios, quiso intentar una típica piolada argentina, hacer un poco de las dos cosas, y termina quedándose sin nada.

En realidad, no con nada: en su ayuda sale una vez más Carta Abierta, repitiendo que todo lo malo que pasa es culpa de poderes oscuros que se esmeran en traerle problemas al Gobierno. Nada nuevo. Sólo que en este caso debe hacer esfuerzos suplementarios para negar las consecuencias buscadas o imprevistas de las malas decisiones oficiales. .

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Pero, ¿cómo hablar de economía sin reconocer su existencia?  Carta Abierta emprende esta ciclópea tarea argumental apelando a la patria, al progresismo, a los males del mundo y los peligros que nos amenazan. Todo para obviar que el Gobierno es incapaz de frenar los precios porque ha destruido la capacidad del estado de cuidar el único precio que está su cargo, el de la moneda nacional. Que es lo único que realmente merecería llamarse “nacional y popular” y recibir los cuidados correspondientes.

A ello agrega una ingratitud ya patológica hacia la sociedad y la historia que lo rodean: presentar al Gobierno como víctima de la devaluación y atribuirla a poderes oscuros que se parecen cada vez más a la sinarquía internacional por su omnipresencia fantasmal, con lo que se justifican actos cada vez más miserables, como los escraches, supone ignorar dos hechos fundamentales de la última década: primero, que el kirchnerismo prosperó en sus primeros años sacando provecho de la devaluación competitiva que con alto costo social y político aplicaron otros y él recibió sin pagar ninguno; segundo, que gracias a un contexto externo inéditamente favorable se pudo estirar por largo tiempo la coexistencia de un tipo de cambio medianamente competitivo con una inflación interna elevada y fuertes distorsiones de precios. Ignora que esto último ya no funciona, se requiere entonces un nuevo ajuste competitivo y las autoridades no tienen idea de cómo hacerlo.

El kirchnerismo debe hacer frente a una realidad que él mismo construyó: si el dólar está caro bajarán los salarios y si está bajo se destruirán empleos. En una situación desordenada, en que sucederán mal que nos pese un poco de las dos cosas. Ante este cuadro, según Carta Abierta llegó la hora de convocar a “los opositores de bien”, que ahora descubrió que no son tan malos como parecía, para “cuidar los precios”. ¿Cuidarlos de quién? ¿De empresarios malvados que son los únicos que aún firman compromisos con el Gobierno para tratar de escapar a su condena? Se sabe que el capital es cobarde, así que este comportamiento habrá que disculparlo. Pero no sucede lo mismo con la propensión a la paranoia y la persecución del kirchnerismo militante, que en su teatralidad mueve a risa, puede vestirse de mona y parecer conciliadora, pero lo único que aporta es más toxicidad y confusión a un ambiente que los tiene ya en abundancia.


*Investigador del Conicet y director de Cipol.