viernes 17 de septiembre de 2021
COLUMNISTAS Asuntos internos
15-08-2021 03:23

Pensar en uno mismo

15-08-2021 03:23

Mi profesor de Física me dijo que si tiro un sapo en agua hirviendo va a saltar y huir, pero si lo pongo en agua fría y voy calentando el agua gradualmente va a quedarse allí hasta que muera. Esto para decir que si cayéramos de golpe y viéramos la situación editorial actual pegaríamos un salto, y si no lo hacemos es porque terminamos habituándonos poco a poco a ella.

En otras palabras, haberme alejado de las traducciones españolas durante un largo tiempo hizo que, al aproximarme a ellas otra vez, pegara un salto bufónido y sintiera vértigo y ganas de vomitar. Pero el hecho hizo que intentara entender cómo funciona la cabeza de un editor español. (Nota bene: como se ve, no hablo del traductor, sujeto siempre inocente, asalariado fácil de complacer con un poco de dinero y una palmada en la espalda; hablo de quien paga y ofrece la palmada, felicitando al traductor por el trabajo hecho y prometiéndole más oportunidades en el futuro.) Y creo que el problema radica en esa majestuosa mentira que dice que uno debe ser uno mismo sin importar lo que digan los demás, como si lo que dijeran los demás careciera de peso.

Al parecer, la sociedad nos condicionó sobre cómo debemos comportarnos y quiénes debemos ser o no ser. Eso es obvio. Desde niños, padres, maestros, amigos nos premiaron si hacíamos algo que ellos consideraban bueno, y nos castigaban si hacíamos algo que ellos consideraban malo. Por eso las personas estamos acostumbradas a buscar la aceptación de los demás y les damos mucha importancia a sus opiniones, lo que llega a determinar incluso nuestra forma de pensar, hablar y actuar. Pero nada de eso funciona a la hora de editar.

Para ser uno mismo, uno debe dejar de vivir para complacer las expectativas de los demás y empezar a vivir y construir la vida que uno quiere, eliminando las creencias erróneas que uno tiene sobre sí mismo. Amarse a sí mismo (la cumbre del egoísmo). No ser lo suficientemente duro con uno mismo, no juzgarse, no culparse, no castigar los propios errores, no intentar complacer a los demás. Aceptarse tal y como uno es, con sus virtudes y defectos: así funciona mucha gente y así parecen funcionar los editores españoles. 

Otra explicación, más sencilla, es que en verdad nos ignoran porque no les importamos. En ese caso, entonces, la pregunta es: ¿por qué compramos sus libros? No están dirigidos a nosotros, no están traducidos pensando en nosotros. Deberíamos ignorarlos. 

Cuando leo una traducción a otra lengua, mis expectativas son altas pero mis exigencias son nulas: no fue traducido pensando en mí, no tengo nada que exigir. Ni siquiera me resultó fácil hacerme con ese libro: no lo compré en una librería, nadie me lo recomendó, nadie habló de él por la radio, nadie lo reseñó en los diarios. Soy yo y mi circunstancia (el libro). Pero con un libro español todo eso cobra otro sentido y se percibe con claridad luego de que uno se mantuvo prudentemente alejado de ellos durante algún tiempo: son ilegibles. 

  Y no se trata, como hipócritamente dijo alguna vez Jorge Herralde, solo de palabras. No tenemos problemas con las palabras, las entendemos aunque no sepamos qué signifiquen. Ni siquiera tenemos problemas con ser ignorados (no somos importantes). Lo que resulta intolerable es pensar que somos merecedores de tanta mierda, al punto de vernos en el deber de pagar y no ser pagados por consumirla. Como ocurre en otros ámbitos de la vida, somos esclavos que elijen a sus amos.