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Peripecias del jardín

En su cuento El jardín de senderos que se bifurcan, Borges inventa a Tsui Pen, un venerable chino muerto que ha escrito una novela-laberinto interminable. Esa novela, titulada precisamente El jardín de senderos que se bifurcan, contiene el desarrollo de todas las posibilidades del arte novelesco, alejadas del principio de no contradicción, donde un personaje puede estar muerto en un capítulo y vivo en otro, ser amigo y luego enemigo de un tercero, etc etc. El cuento es genial, afeado tal vez por la voluntad de Borges de “cerrar” una trama, arte de costurero que tal vez heredó de su madre, a quien consideraba (estuve a punto de escribir “concebía”, ya que una madre concibe a un hijo pero es concebida como madre por el hijo que acaba de parir) mejor narradora que él.

La solícita Wikipedia asegura que la idea del cuento proviene de Olaf Stapledon; como la redacción de esa enciclopedia es colectiva y anónima, no puedo confrontar con el autor o los autores ni encuentro manera de chequear o rebatir el dato, y como tampoco sé editar textos de internet se me escapa la oportunidad de agregar mi certeza personal: que la idea de la novela infinita que contiene todas las posibilidades proviene de la lectura de un filósofo que postuló que Dios, siendo totalidad, por necesidad compuso un universo que contiene todos los mundos posibles, infinitamente semejantes y discordantes entre sí, uno de los cuales habitamos los humanos, el mejor de aquellos que puede ocupar nuestra versión.

Escrito esto, me acordé de Peripecias del no, una novela de Luis Chitarroni que en su momento no pude sopesar en su valía y ante quien ahora no puedo disculparme por mi incomprensión, al menos en este mundo. En Peripecias del no, Chitarroni, que fue un Borges hipertrófico y carente de madre vigilante que lo zurciera al control de las formas dadas, simula sin declararlo que intentará escribir esa novela de Tsui Pen, pero el cansancio de la prosa lo asedia, y cada intento se ve cancelado por la objeción, el “no” del propio narrador. Nadie puede imaginar su innumerable contrición y cansancio. Como siempre, terminé donde iba a empezar, así que continuaremos.

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