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COLUMNISTAS / frivolidades
viernes 23 marzo, 2018

Por propio derecho

En la literatura, y quizá en cualquier otro ámbito de la actividad humana, una de las maneras más eficaces de encontrar lo que uno busca es detectar los rasgos del placer ajeno.

por Daniel Guebel

Portal Perfil.com Foto: Perfil.com
viernes 23 marzo, 2018

En la literatura, y quizá en cualquier otro ámbito de la actividad humana, una de las maneras más eficaces de encontrar lo que uno busca es detectar los rasgos del placer ajeno. Recuerdo aún, vívidamente, que hace tres décadas corrí a comprar un ejemplar del Tristram Shandy cuando leí una crítica que exaltaba la novela-puzzle de Laurence Sterne. El libro fue uno de los grandes descubrimientos pirotécnicos de mi vida, solo comparable en sus explosiones a los habidos en mi adolescencia con la lectura íntegra de la colección completa de la Biblioteca de Clásicos Jackson que me obsequió mi tío Mario Kacyn cuando se fue a vivir a Chicago. Entonces, de deslumbramiento en deslumbramiento, se sucedían Tolstoi, Dostoievsky, Balzac, Stendhal, Constant…

La idea misma de colección supone la existencia de una mirada que reúne la diversidad bajo la figura de una constancia, una coherencia. Por eso cada colección que se precie está siempre al cuidado de un crítico, un ensayista o un escritor vuelto editor para la circunstancia. De la obra de Francis Scott Fitzgerald yo tenía ya un recuerdo vago, afectado por la mácula del cine, que al recuerdo le adosaba la figura de Robert Redford, vestido de trajes de lino blanco, contemplando con melancólico aburrimiento el paisaje en la versión fílmica de El Gran Gatsby. Esa obstrucción, llena de filtros y destellos de luz cenital para tapar las arrugas del galán y hacerlo parecer joven como el protagonista de la novela, me taponaba el deseo de releerla. Pero hace unos pocos días encontré una nota de Juan Forn, el escritor-editor de la colección Rara Avis de Tusquets, hablando de la primera edición en castellano de lo que sería el borrador de El Gran Gatsby, y corrí a buscar ese borrador, que el mismo Forn tradujo. Trimalción se llama, y es una obra maestra por derecho propio, que trata con sutileza las destrucciones que urde la frivolidad en la trama de las vidas.


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