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COLUMNISTAS / opinion
sábado 27 octubre, 2018

¿Puede gobernar gente así?

Cuesta imaginar que el kirchnerismo aspire realmente a gobernar a partir de diciembre de 2019 apostando ahora a que el Congreso no sesione, o que en su carrera electoral el único futuro que proponga al país sea el pasado.

por Jorge Fontevecchia

Andres Larroque: el diputado enfrenta a las fuerzas de seguridad en los disturbios del Congreso. Foto: Cedoc Perfil

“Nosotros nos ponemos delante de los camiones hidrantes y de las motos porque defendemos al pueblo que representamos, y si lo tenemos que hacer con el cuerpo, lo vamos a hacer con el cuerpo”, dijo el diputado kirchnerista Andrés Larroque, en la madrugada del viernes, al votarse la ley de Presupuesto, reivindicando haberse trepado a un camión de las fuerzas de seguridad para impedir que avanzara, y a las que antes ya había enfrentado corriendo sus vallas. ¿Comprenderá Larroque que por ser diputado es parte del Estado de derecho y no puede usar su investidura para desafiar al monopolio del uso de la fuerza de propio Estado? ¿O simplemente aprovecha sus fueros como legislador para hacer lo que si otras personas hicieran serían detenidas?

Electoralmente, el único futuro que propone el kirchnerismo es el pasado

Muchos diputados kirchneristas, dentro y fuera del recinto, también dieron demostraciones de una falta de responsabilidad institucional, solo que en el caso de Larroque se hace más grave aún porque fue subsecretario para la Reforma Institucional y Fortalecimiento de la Democracia en el gobierno anterior.

Pero Larroque es solo un significante más del desvarío que fue desarrollando el kirchnerismo en el poder, que se hizo más evidente para toda la sociedad al perderlo, al punto que, a pesar de la crisis económica y la incapacidad de Macri para resolverla, 70% de los argentinos rechaza a la ex presidenta. Cuesta imaginar que el kirchnerismo aspire realmente a gobernar a partir de diciembre de 2019 apostando ahora a que el Congreso no sesione o que en su carrera electoral el único futuro que proponga al país sea el pasado.

Una categoría política que ha sobrevivido al tiempo, mejor que la de derecha e izquierda, es la de partidos del poder: que se sienten cómodos en el Poder Ejecutivo Nacional, y partidos de la oposición: que se sienten más cómodos no ejerciendo el máximo poder. Siempre se sostuvo que tanto el radicalismo como Carrió estuvieron más cómodos siendo opositores y, al revés, el peronismo, más cómodo gobernando la nación. El PRO comparte con el peronismo esa característica, lo que hace que se perciba más cerca de Macri a gobernadores peronistas como Schiaretti, Urtubey, Uñak o Bordet que a varios de sus propios aliados partidarios en Cambiemos.

Y el kirchnerismo, que nunca fue muy razonable, se fue contagiando del desequilibrio de Cristina Kirchner al punto de haber dejado –quizá– de ser un partido del poder para pasar a ocupar el papel de partido de oposición, en un contexto sudamericano donde la corriente de época giró mayoritaria a la centroderecha. Ya fue evidente que en 2015 no hizo esfuerzos para continuar en el poder porque a Daniel Scioli nunca lo apoyó convencidamente, mientras apostó a tener con Aníbal Fernández en la provincia de Buenos Aires una fortaleza donde resistir sin la responsabilidad de conducir la economía nacional.

Especulación que también es válida para 2019 si la verdadera aspiración fuera ser la oposición más votada, aumentando la cantidad de sus dirigentes con fueros parlamentarios, y acomodarse en la queja. Es difícil imaginar a Cristina Kirchner volviendo a presidir la Argentina el año próximo sin que el país atraviese un colapso económico entre que fuera electa y asumiera, como sucedió con el triunfo electoral de Menem mientras Alfonsín todavía era presidente en la transición. Pero no solo la economía sufriría un shock financiero inicial, sino que además no habría condiciones para un plan reparador posterior aplicando medidas distribucionistas. Tampoco la Justicia ni el sistema de medios privados estarían en la situación que se encontró Néstor Kirchner en 2003 de “sumisión colaborativa”, y en un nuevo ciclo kirchnerista sería esperable un conflicto permanente de poderes junto a una crisis política sostenida.

Demasiados inconvenientes que permiten suponer que el deseo de volver a gobernar la nación pueda ser como en las neurosis explícitas, donde lo que se desea no se quiere. Hay síntomas patológicos en el pensamiento kirchnerista. El más evidente es la negación de la tan probada corrupción. Otro es creer que todos son de su naturaleza y, por ejemplo, acercarse a PERFIL en busca de apoyo a Cristina en el juicio que le instruye Bonadio creyendo que, como a Macri le va mal, las críticas al gobierno actual necesariamente implican una aprobación del gobierno anterior.

Como el teorema de Baglini, cuanto más lejos del poder, mayor irresponsabilidad

Pero el síntoma más indicativo es que Cristina Kirchner no es la líder de la oposición. Ella no estuvo conduciendo el rechazo al Presupuesto, y que sus diputados actuaran defectuosamente como pudieron exhibe esa falta de guía. A ella le gustaría ser la reina de la oposición pero no hacer el esfuerzo de ser quien la gobierne. Quizá lo mismo le pasó siendo presidenta.


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