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COLUMNISTAS / arranque de campaña
domingo 12 mayo, 2019

¡Qué día!

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por Beatriz Sarlo

proselitismo. Cristina Kirchner en la Feria del Libro y Mauricio Macri en la inauguración del Viaducto Mitre llamaron a acuerdos que no promovieron cuando debieron. Foto: afp

Jueves de gran suspenso. A las 8 de la noche, Cristina Kirchner presenta su libro en la Feria. Así le da un fin, esperado o temido, a su mutismo. Pero a las 7 de la mañana sucedió lo imprevisto: tiros en la plaza del Congreso. Como si la máquina del tiempo retrocediera, el atentado contra el diputado Olivares o contra su acompañante, Miguel Yadón (que parece haber sido el objetivo), evocaba el pasado. Pero la semejanza era, por suerte, superficial.

Cuando la violencia fue decisiva en nuestra historia,ningún exceso resultaba enigmático: que mataran a Rucci figuraba en la lista de lo posible. Después de que, en 1970, Montoneros emprendiera su camino con el secuestro de Aramburu, los hechos no fueron asombrosos, sino que comenzaron a parecer trágicamente inevitables: el tiempo se había salido de eje. Por eso, los tiros del jueves en la plaza del Congreso nos dieron miedo a los viejos y a los que conocen nuestra historia. Poco a poco, en las últimas décadas, nos acostumbramos a lo que empezó a llamarse un “país normal”, aunque la definición misma de normalidad todavía siga discutiéndose.

Mataron a un hombre e hirieron gravemente a otro, como si una máquina enloquecida girara para mostrar imágenes de una pesadilla pretérita. Sin embargo, sería un error confiar que esa imagen pretérita está mostrando algo originado en el pasado. Monzó dijo: “No tiene nada que ver con la política”. Coincidir es la única hipótesis razonable. Es un tipo de violencia que pertenece a la “nueva Argentina”, a la de las mafias, sus capos y sus sicarios, o al rubro de las venganzas personales: un hecho de violencia delictiva, aunque sus víctimas estén inscriptas en el campo político.

A esta conclusión todavía provisoria se fue llegando durante la tarde del jueves. Y entonces nos dedicamos a esperar el discurso de Cristina. No solo presentaría su libro, sino que iba a hacer su entrada en la disputa electoral, para la que faltan pocos meses. Sinceramente, un acontecimiento para quienes la siguen y quienes la critican. Así fue. Cristina volvió concentrándose en un tema que hoy comparten todos los posibles candidatos: el acuerdo, el pacto, el contrato.

Falsas urgencias. La Argentina es rara. Cuando solo faltan unos pocos meses para las elecciones, a todos los que compiten se les ha ocurrido que es urgente lograr un minipacto de la Moncloa. Y cada uno propone su borrador. Aquel pacto, firmado en 1977 por los principales protagonistas de la transición española, es un texto detallado y exhaustivo, no simplemente diez o quince puntos. En internet puede comprobarse que tiene 33 densas páginas. Fue un pacto en serio. Fue un pacto necesario, porque España salía de cuarenta años de franquismo y buscaba las líneas fundamentales para avanzar hacia una construcción democrática llena de incógnitas. El pacto de la Moncloa hubiera sido necesario en la Argentina después de la dictadura militar, en 1983, cuando un gran acuerdo habría quizás evitado la estrategia de extrema oposición, comenzando por los sindicatos, que enfrentó al gobierno de Alfonsín.

Esta gran kermés de acuerdos que proponen Macri y Cristina tiene algo de simulación y algo de hipocresía

No firmamos esos pactos en aquel momento crucial. La competencia sindical y política hizo las cosas muy difíciles. Es una lección que debe aprenderse. Pero aprender una lección no quiere decir que hoy debe hacerse exactamente lo que no se hizo en el momento requerido. Sin hablar tanto de pactos, Alfonsín y Duhalde se comportaron con equilibrio y responsabilidad para salir de la crisis de 2001. Simplemente se pusieron de acuerdo. Y que Lavagna fuera ministro de Economía terminó siendo parte de ese acuerdo.

La situación es hoy muy diferente. Durante estos tres años y medio, Macri no consultó a los radicales que formaron Cambiemos e hicieron posible su presidencia. No les comunicó anticipadamente sus medidas de gobierno. No los llamó para que, por lo menos, asistieran a reuniones importantes. No recibió al partido radical de manera pública, aunque dialogara en privado con algunos de sus miembros. Le importó muy poco hacer un pacto para gobernar con sus aliados. Nadie más encapsulado que Marcos Peña.

Y ahora, cuando el resultado de las próximas elecciones pinta dudoso, a Macri se le ocurre llamar a grandes diálogos, para hacer un debate sobre diez puntos acerca de políticas de Estado. No le pareció necesario ese debate fundamental cuando llegó a la presidencia, en diciembre de 2015. Gobernó casi todo su período sin preocuparse por pactos. Sin embargo, cuando falta poco para votar, se le ha puesto en la cabeza que los argentinos se enteren de que los políticos han dejado de analizar “algunas cosas que ya no se discuten más en algunos países”, y que diez puntos son suficientes para “dar una muestra de acuerdo que nos permitiría darles mayor tranquilidad a los argentinos”.

Tales acuerdos y la supuesta tranquilidad que hubieran traído a los argentinos no le parecieron necesarios cuando comenzó a gobernar, sostenido por promesas imposibles de cumplir, que había realizado en campaña, mintiendo, o por puro desconocimiento de la situación, o porque pensara que el empresariado local y global lo iba a tratar con más consideraciones.

Como muestra de la generalidad de los diez puntos de Macri, hay cuatro que solo se podrían discutir en un acto de locura: promover una integración inteligente con el mundo; respetar la ley, los contratos y los derechos adquiridos; creación de empleo formal con una legislación laboral moderna; consolidación de un sistema federal transparente. Los otros seis puntos son no menos previsibles, aunque es posible pensar que, incluso los más acuerdistas, podrían abrir una discusión.

Pero no solo Macri tiene sus diez puntos. Otros candidatos o protocandidatos (la palabra no la inventé yo) tienen sus planes de diez o quince puntos como base de acuerdos. Algunos de los que van a competir en la cercana campaña electoral no quieren ser menos que el Presidente y se desviven por declarar que valoran el diálogo. Hay excepciones dignas de señalarse: Margarita Stolbizer juzgó que el acuerdo tardío era “electoralista” y solo útil para reforzar un poco a un gobierno debilitado no por una oposición salvaje, sino por sus propios errores.

Quienes van a competir quieren acordar, como si la competencia normal en una democracia viniera cargada de todos los peligros. Pocos se animarían a decir hoy que no quieren firmar ni diez ni quince ni veinte puntos donde todos se junten, porque saben que tienen diferencias políticas que deben ponerse de manifiesto para ofrecer a los argentinos una mejor oportunidad de elegir. Los que se dan cuenta de que a meses de las elecciones es difícil que un gran acuerdo sirva para nada tratan de que esa mesa de diálogo se amplíe incluyendo iglesias, sindicatos, organizaciones empresarias. Se licúa la posibilidad de acuerdos detallados y se amplía hasta el cansancio repetitivo la enumeración de los “grandes temas”, tan generales que encubren las diferencias políticas e ideológicas.

Ella. En este clima, finalmente, habló Cristina Kirchner. Sus laderos ya habían difundido a troche y moche que “ella había cambiado mucho”. Seguramente por eso, la ex presidenta aclaró con sincera humildad que su libro no es ni la Biblia ni el Talmud ni el Corán. Ejerció su carisma como un instrumento del que está segura, no se excitó ni atacó; hizo mención de nombres como el de Gelbard, de tradición empresarial justicialista anterior a los mimados por Cristina en el Salón Blanco. Finalmente, le dio título al acuerdo que propone a toda la nación: “contrato social de ciudadanía responsable”. Lindo nombre si tuviera buenos y honrados políticos que lo volvieran verdadero.
Por el momento, dicho sea con todo respeto, la gran kermés de acuerdos tiene algo de simulación y algo de hipocresía.


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