COLUMNISTAS
Asuntos internos

¿Qué es un poema?

Algunos poemas se esfuerzan demasiado. Uno los lee y siente que el poeta trabajó como un carpintero obsesivo: lijado, pulido, barnizado; una metáfora más, otra, otra más, por si acaso. Y al final queda un mueble pesado, lleno de ornamentos, que nadie quiere arrastrar hasta la vereda y que nadie puede llevarse a su casa.

Aram Saroyan, hijo del escritor William Saroyan, no necesitaba demostrar que sabía escribir. Eligió lo contrario: demostrar que podía dejar de hacerlo. En plena efervescencia de los años 60, cuando la poesía morteamericana arrastraba cierto prestigio solemne, decidió reducirla a un punto en el que casi desaparece. Su famosa “m” —una letra ligeramente deformada, con una pata de más— fue celebrada y ridiculizada por igual. Y eso ya es una forma inequívoca de éxito. Porque el problema no es si eso es poesía. El problema es que, si lo es, entonces debemos replantearnos demasiadas cosas.

Se dijo que esa “m” evoca madre, memoria, música. Se dijo también que es un balbuceo, la primera consonante que pronuncia un bebé, el origen del lenguaje. Todo eso suena muy bien, pero también es sospechoso: cuanto más interpretamos la letra, más palabras le añadimos, más la traicionamos. Quizá el poema consiste exactamente en eso: en obligarnos a trabajar para él, a rellenar un vacío que el autor dejó deliberadamente sin completar. Hay algo ligeramente irritante en esa economía extrema: uno no sabe si admirar la austeridad o desconfiar del gesto.

Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Hoy más que nunca Suscribite

En los ‘60, la poesía concreta y el minimalismo buscaban romper con la idea de que el poema es un discurso. Aram Saroyan fue más lejos: ni siquiera hay discurso, apenas hay objeto. Su otra pieza célebre, “lighght”, ya había generado escándalo por cobrar una beca estatal con una palabra, que encima estaba mal escrita. La “m”, en cambio, ni siquiera tiene la coartada del error: es pura presencia tipográfica, pura aura.

Pero hay algo que incomoda más que el escándalo: la sospecha de que funciona. Porque funciona. Esa es la trampa. Uno mira esa letra —esa “m” negra, torpe, excesiva, casi monstruosa— y no puede evitar pensar en ella más de lo que pensaría en muchos poemas de tres o cuatro páginas. La mente empieza a rodearla, como si fuera un objeto arqueológico. ¿Por qué tiene cuatro patas? ¿Es una “m” que muta, en pleno proceso de convertirse en otra cosa? ¿Es un error deliberado o una broma? ¿Es una crítica al alfabeto?

Tal vez la clave esté en que no hay clave.

Un poema tradicional se lee: tiene palabras, un ritmo, una sintaxis, un desarrollo, un remate. Se puede memorizar, se puede citar en los momentos oportunos. Se puede tergiversar, plagiar, reducir, engordar, parodiar. Aquí no hay nada de eso, solo hay lectura. Ni siquiera hay lectura: hay visión. No es un proceso: es un instante. No exhibe trabajo: exhibe una decisión.

Y ese instante, incómodo y desnudo, nos devuelve una pregunta que la literatura suele evitar, porque no tiene una sola respuesta: ¿cuánto hace falta para que algo sea un poema?

Una respuesta puede ser: una sola letra. O incluso menos: la expectativa de que haya algo. Y entonces la “m” deja de ser un chiste conceptual y se convierte en una amenaza terrible. Porque si basta eso, todo lo demás —los libros, los premios, las antologías— empieza a parecer excesivo. Como si la literatura fuera, en el fondo, una larga explicación de algo que ya estaba dicho desde el principio, en silencio, en un signo mínimo, negro, torpe y excesivo. Y monstruoso.