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COLUMNISTAS / #8M
sábado 9 marzo, 2019

Que no sea solo un momento

El 8 de marzo de 1875, centenares de obreras textiles marcharon por las calles de Nueva York reclamando que se les pagara lo mismo que a sus colegas masculinos.

por Sergio Sinay

default Foto: CEDOC

El 8 de marzo de 1875, centenares de obreras textiles marcharon por las calles de Nueva York reclamando que se les pagara lo mismo que a sus colegas masculinos. Ellas ganaban la mitad respecto de ellos. La policía reprimió y hubo 120 muertas. Pasaron 134 años desde entonces, y una marcha de 15 mil mujeres socialistas por las calles neoyorquinas terminó en la declaración del 8 de marzo como Día Nacional de la Mujer, exigiendo igualdad de salarios, reducción de la jornada laboral y derecho al voto. Un año después, en Copenhague, la Conferencia de Mujeres Socialistas convirtió la misma fecha en Día Internacional de la Mujer. En 1975 la ONU (siempre tarde) oficializó la fecha.

Que en 2019, cumplido casi un quinto del siglo XXI, las demandas femeninas se hayan ampliado, incluyendo entre otras el cese de la violencia de género y el derecho al aborto legal, sin que las principales –condiciones de trabajo, salario, igualdad de oportunidades laborales, sociales, económicas y políticas– hayan sido atendidas, salvo excepciones que confirman la regla, habla de lo que el ensayista y crítico cultural inglés Mark Fisher (1968-2017) describió como la capacidad del capitalismo para absorber, devorar y convertir en negocio las rebeliones que lo cuestionan, así como las propuestas “alternativas” e “independientes”.

A la luz de movimientos como Me Too o Ni Una Menos, entre otros, este año el 8 de marzo motivó menos campañas descaradas y cínicas del tipo “Ofertas increíbles para mujeres increíbles”, menos descuentos “fantásticos” en ropa, perfumería y otros señuelos femeninos del mercado. Sin embargo, se multiplican los discursos oportunistas de tipos (y tipas) que jamás se preocuparon por el tema, que nunca se privaron de actitudes y declaraciones machistas, que fomentaron y practican lo peor de la masculinidad tóxica, que salen a cazar votos o likes, según el caso, al calor de la ocasión. Están en los medios, en la política, en la farándula y hasta en las reuniones o conversaciones sociales. Medios impresos y audiovisuales que en toda su trayectoria ignoraron la cuestión ahora incluyen cada día una nota zalamera, y falsa como un billete de 10 mil dólares, acerca del empoderamiento femenino.

Se producen de apuro novelas y series que intentan aprovechar la oleada. Actores, actrices y guionistas emiten declaraciones de ocasión. Y los pañuelos verdes ya son objeto de marketing en la calle y en locales comerciales.

El despertar de la conciencia femenina lleva casi dos siglos (con emergencias anteriores), y en lo esencial sus temas permanecen incumplidos. Que todavía deba existir un Día de la Mujer es una prueba sutil y manipuladora de la salud y la astucia del sistema. Y desear “feliz día” lo refuerza.

Las áreas en las que se determinan los destinos de la sociedad (política, negocios, economía, Justicia) siguen hegemónicamente en manos y bajo la decisión de los peores hombres, los que no solo degradan a las mujeres sino también a los varones exploradores y deseosos de una masculinidad empática, amorosamente fértil, solidaria, capaces de entender que equidad de género significa respetar lo más fecundo y nutricio de la diversidad para el enriquecimiento de unas y otros en un espacio común.

El doctor Norberto Levy (eximio psicoterapeuta argentino) describe al amor como “la memoria de la unidad en la diversidad”. Eso será, en su día, la equidad de género.

Mientras tanto, un peligro acecha a la efervescencia de hoy, y de él habla Zygmunt Bauman (1925-2017) en su libro Maldad líquida, en coautoría con el politólogo lituano Leónidas Donskis, cuando advierte que el capitalismo tardío desactiva los movimientos de protesta, soporta sin problemas las catarsis contestatarias y convierte a aquellos movimientos en simples momentos de protesta.

Los momentos pasan, las transformaciones profundas suelen llevar más tiempo que el de una vida humana. Requieren constancia, coherencia y paciencia. No se nutren de odio ni resentimiento. Y exigen el compromiso de todos los afectados. En este caso, también los varones que, desde una digna masculinidad, estén asqueados del machismo.

*Escritor.


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