miércoles 30 de noviembre de 2022
COLUMNISTAS opinión

Realismo, 1985

08-10-2022 23:55

Fui a ver Argentina, 1985 hace unos días en un cine de Madrid. La sala completa, atenta, como yo a la reconstrucción minuciosa de una ciudad, Buenos Aires, una ciudad que, como dice la letra del vals de Griselda Gambaro, no existe más. Verla, internarse en ella porque la pantalla absorbe, impresiona. ¿Será esta la experiencia que prometen los anuncios en la radio del metaverso de Zuckerberg? Si fuera esto, da miedo, el mismo que provocaba aquella noche larga que los protagonistas de la película intentan desbaratar.

Me gusta el cine de Santiago Mitre o al menos las películas que he visto de él y que giran todas alrededor del poder. El estudiante, quizás la que más me impactó, se acerca al planeta universitario argentino y hurga en el revés de la tensión política de las agrupaciones y la institución. En La patota me llamó la atención el contraste con la versión original que Daniel Tinayre rodó en 1960, exponiendo el patriarcado al día de hoy y con un marco que bascula entre la ciudad y el país remoto, tal y como se percibe todo lo que está más allá del centro porteño (como el más acá que narra Juan Diego Incardona en Villa Celina). Con La cordillera se cuela en la intimidad del representante máximo del poder de un país (en este caso, también Argentina, con lo cual creo que es piadoso si nos atenemos al modelo original; pero no es el caso) y la mirada atraviesa la pulsión desde donde define la política. Si todas estas obras poseen una narrativa personal que rompen el realismo para elaborar un sentido, ¿por qué Argentina, 1985 no se aparta ni un solo fotograma del estricto marco del relato clásico?

Tal vez porque Mitre se encuentra ante una materia que constituye un caso cerrado: las Juntas Militares fueron juzgadas y la épica del relato mismo reclama herramientas clásicas, propias del drama legal, como, por ejemplo, en 12 hombres en pugna de Sídney Lumet. Claro está que aquí es notable cómo Mitre no hace, por un lado, un planteo épico, sino que, en ese contexto, el choque entre el poder civil y el militar, se narra en ausencia del mito y el propio protagonista lo hace explícito al negar la cualquier heroicidad. Por otro lado, el otro atributo es que el costumbrismo que acecha, tanto desde una cabina de Entel como en las canciones de Los Abuelos, no consigue imponerse y la narración no se articula por la acumulación de datos y detalles, sino que estos son el mero correlato de la acción.

Cuando el protagonista, el fiscal Strassera, deja claro, sin ningún matiz de duda, que en el país no tuvo lugar una guerra sino un exterminio por parte del Estado sobre una parte de sus ciudadanos, en un momento, el actual, donde no solo se insiste con la teoría de los dos demonios, sino que no faltan negacionistas del genocidio, es imposible contener la emoción. Creo que esta es una prueba el valor del realismo que propone Mitre.

Hay un cuadro de Guillermo Roux en el que un hombre está sentado en un sillón de mimbre; tanto los pies como el propio sillón, se hunden entre los yuyos. El hombre lee y la cabeza no está o se desdibuja. El lugar es la costa, casi en el borde del río, y la pintura está en el Museo Castagnino de Rosario. Siempre me inquietó esa imagen sin saber por qué.

Cuando le pregunté a Roux por este cuadro, no me dio demasiadas pistas. Lo primero que hizo fue pedirme una descripción que improvisé con las limitaciones de la memoria y la casi nula habilidad de narrar una pintura. La cuestión es que a pesar de mi esfuerzo no conseguí despertar su recuerdo y lo zanjó sin darle demasiada importancia: “Aunque no consiga verlo seguro que lo pinté”, me dijo.

No sé si el cuadro estará ahora exhibido en el Castagnino. Lo vi hace muchos años y en las últimas visitas no recuerdo haber vuelto a cruzarme con él. La obra pertenece a un período surrealista de Roux que coincide con los años de plomo. En los ochenta sus acuarelas abandonan los cuerpos mutilados, fragmentados. Roux no vinculaba esas pinturas con los tiempos vividos, al menos de manera consciente. Yo tampoco, tal vez arrastrado por él.

Curiosamente, después de ver Argentina, 1985, mi memoria conectó, arbitrariamente, con el hombre sin cabeza de Roux. Entonces, comprendí, que el realismo de la película tiene la potencia necesaria de lo explícito, de aquello que, aún hoy, se nos hace difícil metabolizar. Aquello que, parafraseando lo que me dijo de su cuadro, ocurrió, aunque haya quienes aún no lo quieran ver.

*Escritor y periodista.

En esta Nota