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COLUMNISTAS / opinion
sábado 24 febrero, 2018

Sindicalismo simbólico

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por Luis Costa

La lucha obrera vive en tiempos. Hay unos antiguos que podrían parecer románticos, justos, necesarios. Los tiempos del siglo XIX tienen dibujos y afiches que los recuerdan, porque la vieja lucha comunista libró también siempre una batalla estética, repleta de color rojo en banderas o como sangre de las víctimas, y siempre con ese tono intenso de dolor. El sufrimiento a veces necesita representación.
El sindicalismo argentino se reproduce en sus propias liturgias. Se coloca gente con bombos, pecheras, micros, un escenario y el uso en repeticiones de la palabra “compañeros”. En tiempos anteriores hay otros estandartes estéticos, como Agustín Tosco con su overol para representar una opción no peronista (una estética diferente), Ubaldini en campera de cuero y hasta Facundo Moyano con ropa canchera y novias destacadas; ofrecen una vidriera de exposición notable que ayuda al público a comprender lugares y roles. Con excepción del verde de Camioneros, Moyano muestra, desde hace tiempo, una rotación estilística compleja, que representa otros problemas de modificación incesantes.

El discurso del 21F es muy atractivo como muestra de la necesidad, más que de la intención. Para Moyano, su giro frente a Macri obliga a modificar otra vez su posición frente a un oficialismo, porque ya lo hizo con Cristina, incluso usando barba porque desde hace tiempo, y camino hacia Macri, ya va afeitado. Su parte de hablar, su momento, estuvo dedicada a sus pelotas, a que tiene valentía y aguante y que va a poner lo que tenga que poner. Directo y crudo.

El acto de Moyano, en especial su oralidad, termina siendo solo eso: palabras en formato de resistencia sin posicionamiento, sin claridad sobre aliados, acompañantes o colores. El público grita, para consolidar el odio hacia ellos, y se queda sin símbolo, sin estandarte, sin afiche, sin colores, sin estética; solo brutalidad abierta.

La sociedad premia lo simbólico. La ropa de moda inaugura cada año la posibilidad de ser aceptados como novedad en una vieja sociedad que simula novedades anuales. Allí se construyen los modos de aceptación social, igual que en los envases de los alimentos y los autos nuevos, siempre actualizando lo válido. Consumimos una estética cinematográfica, decoramos las casas con muebles también válidos y pensamos los temas en función de lo que nuestra época empuja a considerar. El símbolo, esa cosa llena de sentido, repleta de explicación autónoma, ahorra tiempo y maximiza el intercambio social. La oralidad cruda de Moyano y su público expresa una compleja desarticulación de ellos mismos con la validez de sentido de este tiempo presente. Moyano es un sillón de otro tiempo en un living en refacción, y es tan distinto que resulta extraño.

Mientras las contradicciones de Moyano, como su patrimonio o acusaciones sobre negocios familiares, son respondidas con un acto que verbaliza furia abierta, las contradicciones del Gobierno y sus ministros son eludidas con símbolos, gentileza y silencio. El Gobierno habla, desde hace tiempo, de su propia representación como lo nuevo, también en forma de símbolo. Sin corbata, abiertos al diálogo y la disidencia, con su color amarillo, ubican las cuentas offshore en un espacio y tiempo indefinidos y blindados por la representación que lograron construir. Macri no habla del tema; Moyano habla crudamente todo el tiempo.

Le pidieron a Dujovne que explicara cómo quiere que vengan inversiones si él mismo ni siquiera trae el dinero que tiene en el exterior. Quedó suspendido en un segundo eterno, haciendo equilibrio emocional, sin aire y pidiendo de nuevo la pregunta. Encontró recuperación en decir que era distinto al kirchnerismo, pero estuvo desvanecido hasta que agarró el símbolo de la sobrevivencia del macrismo. Sin símbolo, no hay duración social.
En el atril de Moyano, al costado, se puede ver pintado “21F” en color blanco. Está solo, al costado, se ve poco. Es probablemente lo más simbólico de la movilización. Su símbolo, en realidad, es su marginalidad visual y su disolución en la cadena de palabras. El Gobierno, feliz, su máquina de símbolos sigue en plena actividad.n

*Sociólogo. Director de Quiddity.

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