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COLUMNISTAS / calores
viernes 1 febrero, 2019

Sueño de una noche de verano

Hace calor, muchísimo, la calle está seca, por aquí nunca pasa el camión municipal que riega las calles de tierra. El viento no arrasa, ni siquiera sopla.

por Daniel Guebel

default Foto: CEDOC

Hace calor, muchísimo, la calle está seca, por aquí nunca pasa el camión municipal que riega las calles de tierra. El viento no arrasa, ni siquiera sopla. Estoy sentado en una silla plegadiza baja, hecha de aluminio y plástico. Visto con una camiseta musculosa de piqué, algo sucia (ignoro si tengo una esposa que me descuida o ya fui abandonado) y un pantalón corto, de fútbol. Tengo la mirada perdida, las manos sobre las rodillas, cada tanto las alzo para espantar las moscas, que zumban a mi alrededor, quieren posarse en las comisuras de mis labios, donde se junta la saliva, aunque también revolotean alrededor de mis ojos y buscan investigar los pabellones de mis orejas. Podría buscar una palmeta matamoscas, pero está más allá de mis fuerzas. También podría abrir la boca y dejar la mandíbula colgando hasta que una mosca venga por la sombra y la humedad del interior, y así tragármela, pero ¿cuánto tendría que esperar? Además, tampoco puedo prestar tanta atención a ese juego, no porque no llegue a concebir la relación entre tiempo, espacio y paciencia necesarios para realizar una captura eficaz, ya que tengo un acercamiento progresivo a esa idea, a la sospecha de una concatenación de movimientos destinados a producir un efecto final, sino porque en el fondo las moscas no me molestan. Si quieren, pueden posarse y beber de mí. Si las patas de una mosca particularmente grande y verde me hace cosquillas en la comisura de los labios, abro la boca, dejo que la lengua asome y la mosca, a cambio de entrar, levanta vuelo, gira a mi alrededor, se posa en los rulos de mi cabeza sucia, y luego vuelve a empezar. Cada vez que esa mosca (o varias, de distintos tamaños) cae  sobre mí, yo ya he olvidado o directamente ignoro que segundos antes había ocurrido un episodio similar, por lo que espantarlas o dejarlas siempre se presenta como algo nuevo. Las moscas se posan, yo me rasco o muevo los labios o dejo que la baba caiga para saciar la sed de los bichos. Incluso, alguna vez, sin darme cuenta de por qué lo hago, abro la boca y atrapo a la más lenta de todas. La dejo que zumbe, vibre, pasando a través de la lengua y cosquilleándome en las campanillas, arrancando la música de esas esferas de carne, temblando hasta morir en la catarata de jugos gástricos que la esperan, aunque yo no lo sé a ciencia cierta, porque apenas me la tragué ya borré de mi conciencia ese movimiento. No sé si soy la fuente o el alimento de un mundo nuevo.


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