COLUMNISTAS
Rigores

Un escritor comprometido

Hay algo (algo o alguien: acaso Jean-Paul Sartre) que hace que pensemos en un horizonte de izquierda cuando se habla de intelectuales comprometidos.

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Hay algo (algo o alguien: acaso Jean-Paul Sartre) que hace que pensemos en un horizonte de izquierda cuando se habla de intelectuales comprometidos. Apenas se menciona el compromiso político en la esfera del arte o, más en general, en la esfera intelectual, se activa la referencia de una tradición de izquierda: pensamos en Rodolfo Walsh, en Neruda, en Juan Gelman, pensamos en Benedetti, en David Viñas, en Galeano. Como si no hubiese también una opción de compromiso político en los escritores de derecha: una voluntad de intervención activa en la esfera pública y una disposición a la participación política concreta también en los escritores de derecha. Y no me refiero a los escritores que, para situarse en una nueva era, pretenden que la oposición entre una derecha y una izquierda ya no importa o ya no existe más; ni tampoco a los escritores que se declaran de derecha para escandalizar a sus admiradores (que tienden a ser de izquierda y también tienden a admirar más a aquel que los escandaliza más). Me refiero a los escritores de derecha y a su propia tradición, a esa vertiente de participación intelectual en la política que no proviene de aquellos que quieren cambiar las cosas sino de aquellos que prefieren mantenerlas tal como están.

Yo he leído varios libros de Abel Posse. Noté en ellos, o me pareció notar, un gusto particular por las cristalizaciones míticas, por los orígenes esencializados y por los destinos transhistóricos; en fin, una verdadera pasión por la fijeza. Mauricio Macri lo habrá elegido por estas razones justamente, si es que sus hipótesis de lectura sobre Daimón o sobre Los perros del paraíso o sobre El largo atardecer del caminante han coincidido en las mismas señales que mis lecturas destacaron. Lo habrá elegido por eso, y lo bien que hizo. Porque Abel Posse pide orden, detesta las huelgas docentes y no ve otra cosa que maligno ensañamiento en los juicios a los represores de la última dictadura militar; es decir, piensa más o menos lo mismo que piensa él, o que podría pensar él llegado el caso.

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Hubo otros gobernantes, en cambio, que, aunque conservadores como Macri, designaron pese a eso a ministros o secretarios para nada conservadores a la hora de cubrir puestos en las áreas de cultura o de educación. Como si la cultura o la educación no admitieran el conservadurismo. O más que eso: como si la cultura y la educación debieran quedar exentas de la ideología política general de un gobierno determinado, y pudiesen quedar más allá, en una zona liberada o indiferente. Por el contrario, Macri razona con justeza que el rancio conservadurismo y sus típicos silogismos retrógrados pueden aplicarse también en la esfera educativa, si es que no deben aplicarse ante todo precisamente ahí, que es donde tantos valores se fundan y se erigen.

Las declaraciones ominosas de Abel Posse encuadran bien, al fin de cuentas, con la gestión del gobierno de Macri y aún con la visión que Macri tiene del mundo, hasta donde es posible discernir cuál es la visión que Macri tiene del mundo. Los adultos que lo votaron evaluarán su decisión y se sentirán satisfechos o defraudados según el caso. La pena en realidad es que hay niños de por medio. Niños que, según lo que pretende Posse, ya no serán más “rehenes” de las luchas gremiales de aquellos que trabajan educándolos. Pero que a cambio lo serán de las políticas educativas de un ministro que cree que si hay algo que falta en el mundo es más rigor y mano firme.