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Política y Estado

Un lenguaje demasiado peligroso

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Mahatma Gandhi. “Cuida tus pensamientos, porque se convertirán en tus palabras”. | cedoc

En una de sus frecuentes prédicas sobre la no violencia, postura en la que persistió hasta alcanzar su propósito cardinal, Mahatma Gandhi, padre fundador de la India moderna, advirtió: “Cuida tus pensamientos, porque se convertirán en tus palabras. Cuida tus palabras, porque se convertirán en tus actos. Cuida tus actos, porque se convertirán en tus hábitos. Cuida tus hábitos, porque se convertirán en tu destino”. Señalaba el inocultable lazo que une lo que se piensa, con lo que se dice y lo que se actúa. Las palabras pueden ser herramientas de construcción o armas de destrucción. Ninguna es gratuita, y el modo en que las personas nos expresamos, sea verbalmente o por escrito, expone aspectos esenciales de nosotros, incluso aquellos que, a través de las mismas palabras, muchas veces pretendemos ocultar.

La política es acaso el ámbito en el que con mayor impunidad se atenta contra el valor de la palabra, en el que con máxima desvergüenza se la desvirtúa y se la vacía de sentido, y en el que su uso como instrumento de agresión es un hábito naturalizado y siniestro. En su libro póstumo, titulado Moralidad, el gran rabino de Londres Jonathan Sacks (1948-2020), brillante pensador que fue hombre de consulta para gobernantes, educadores, empresarios, teólogos y filósofos, se lamenta de la degradación de la palabra en la política contemporánea: “Se han normalizado el insulto, los gritos, los ataques feroces al adversario, la intimidación y la agresión verbal”, escribe. Y concluye que los altos voltajes de intimidación y agresión se convierten “en una amenaza para la naturaleza misma de la democracia representativa”. Quizás era este el rabino que le habría convenido frecuentar al presidente Milei en su acercamiento al judaísmo. Pero ahora ya es tarde. Y es también una lástima, porque podría haber escuchado de boca de Sacks lo que este dice en su libro: “La política existe para conciliar los deseos y aspiraciones opuestos de las personas dentro de una forma de gobernar, y para hacerlo sin violencia, mediante debates razonados y respetuosos en los que se escuchan puntos de vista enfrentados, aunque no se esté de acuerdo con ellos, y se intenta en la medida de lo posible servir al bien común”.

Por mucho que Milei abomine de la política su cargo, para el que fue elegido por más de la mitad de la ciudadanía votante, es un cargo político, el de mayor responsabilidad, y no debe ser desvalorizado ejerciéndolo con el uso de un lenguaje que se está haciendo hábito y que perfila un destino al parecer cada vez más alejado del que Esquilo (precursor del teatro trágico griego, autor de clásicos como Los suplicantes y Las Euménides) proponía para la política: “Dominar el salvajismo del hombre y hacer apacible la vida en este mundo”.

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Por lo demás, el problema con las armas es que se disparan y una vez que eso ocurre el destino del proyectil puede dañar también a los propios. Si el Congreso es un nido de ratas, según el parecer presidencial, el mote de roedores les cabe también a los escasos legisladores de su propia escudería y a los más numerosos (como los cambiemitas) que necesita y necesitará tener a favor en su gestión. Y si el Estado es el gran ladrón que Milei denuncia, resulta un tanto incongruente su papel de máximo representante de este. Es que el problema no es el Estado, institución siempre necesaria, sino el modo en el que este se viene gestionando en el país, sobre todo desde que, sin miramientos, se convirtió en un botín para quienes, desde los gobiernos, se apoderaron de él y lo hicieron nave insignia de un perverso capitalismo de amigos y cómplices. Desde un modelo mental binario el Presidente parece creer que muerto el perro se acabó la rabia. Sin Estado todos seríamos libres y felices. Pero la realidad es que muerto el perro se acabó el perro, solo eso. La rabia necesita ser afrontada de otra manera, con herramientas de gestión virtuosas, con recursos del Estado, con sabiduría y plasticidad política y también con una serena elección de las palabras, para que estas no deriven en un hábito tóxico para todos.

* Escritor y periodista.