Septiembre es el mes de las fiestas del calendario judío. Se come mucho en Rosh Hashaná, nuestro Nuevo Año; no se come nada en Iom Kipur, el Día del Perdón.
Un amigo de la filosofía me recordaba los últimos textos de Gianni Vattimo sobre la religión, en los que el filósofo italiano rescata la idea de caridad cristiana como el núcleo de una espiritualidad más allá de toda obediencia a la Iglesia, y me preguntaba qué valor universal no litúrgico le veía yo al judaísmo: la culpa, le dije, inventamos la moral, es la consecuencia de un Dios invisible, completamos la moral socrática. De la Idea invisible al Dios invisible, resultado: la culpa y la conciencia. El Prócer: Moisés, cuarenta años en el desierto para enseñarnos a esperar.
Nietzsche nos recordará que el origen político de la palabra culpa es deuda, es el aspecto material de aquella interioridad anímica. Dios es el Gran Acreedor.
Caminando por las calles de mi ciudad, con los auriculares prendidos a mis habituales programas de radio AM, descubro en estas fechas tan sensibles para mi grey que Moisés, en su misión de construir un pueblo, no está solo, lo acompaña Mauricio Macri, otro jefe de vecinos.
La semana pasada por Radio Continental en el programa Magdalena tempranísimo, Macri dice no tener plata. Refuerza su confesión con números. Dice que el presupuesto de la Ciudad es de quince mil millones de pesos. La actual tasa de inversión es del dos por ciento, es decir, treinta millones. La Ciudad, nos informa, necesita para estar linda, estar buena y estar a punto sesenta mil millones. La conclusión es sencilla: Macri informa que se necesitarán doscientos años para cumplir con los objetivos de su campaña, unas cincuenta intendencias de cuatro años, cincuenta veces el prefijo “re” antes de elección, así repite sin siquiera reírse por el micrófono, dos siglos para que la Reina del Plata brille con todas sus galas.
Es el mejor chiste PRO que escuché hasta la fecha. Con este ritmo de inversión en la Ciudad, festejaremos una Buenos Aires linda en el Cuatricentenario, de la mano –¿por qué no?– de un descendiente clonado del actual mandante.
Macri se quedó sin plata. Dice que no sabe cómo hacer para conseguirla y pide consejos. Llama para este fin a los vecinos de Buenos Aires para pensar juntos un proyecto 2020. Cuando me tocó el turno y me convidaron para una reunión con el jefe de Gobierno, creí que se habían confundido. Seguramente, pensé, en lugar de remitirse a la fecha del Bicentenario el anfitrión se pasó una década. Pero al volver a recibir la misma invitación con la misma fecha, tuve que preguntar de qué se trataba.
Es lo que acabo de escribir, Macri no tiene plata, y no sabe qué hacer para conseguirla. Se reúne con fuerzas vivas y vecinos de la Ciudad para imaginar cómo hacerla linda a Buenos Aires sin plata. Me dicen por teléfono que se trata de elaborar juntos las opciones y medidas para solucionar los problemas de la Ciudad con un presupuesto limitado y urgencias de todo tipo. Quieren que responsables políticos y vecinos señalemos prioridades, y la fecha fijada de 2020 es para que se entienda que el mensaje va más allá de la coyuntura.
Me excusé del convite, alegando que me sentía incapacitado para contribuir con tamaña misión, aportar medidas prácticas o acelerar, aunque fuere en algunos años, los tiempos demandados.
Eso sí, pedí si podían agregar en la agenda la finalización de las trincheras que abrieron en la calle en la que vivo, que producen un caos vehicular de proporciones y algunas víctimas peatonales que sucumben ante los desniveles ocasionados por los cráteres asfálticos. No sería una mala noticia que terminen los trabajos emprendidos y detenidos por falta de pago, agregué, para 2180; con una perspectiva así, los humanoides del futuro seguramente estarán conformes.
En realidad, Macri ya toma las primeras medidas para paliar estas dificultades. Emite bonos de deuda. Continúa la tradición criolla de los liberales de mercado, de los defensores de un capitalismo dinámico y de quienes aseguran los beneficios de la iniciativa privada: se endeuda. Es la otra cara de una política de encantamiento y seducción expresada con los aportes semánticos de la literatura de autoestima y de los textos más importantes de la markética que usa la palabra “vecino” con ese cariño aldeano que hemos perdido.
Esta otra cara de la ternura de mercado se llama “deuda”, la palabra más querida por nuestros liberales, más que “está bueno”, más que cualquier otra caricia verbal.
Nuestros yuppies políticos nos hablan de gestión, de eficiencia, de solucionar los problemas de la gente, y saben hacerlo, inventan papeles, vacían cajas, usan bancos públicos, dejan un zafarrancho de compromisos para los vecinos del porvenir y los futuros giles opositores que quieran gobernarlos. Dije “gil”, hermosa palabra, y breve. En Google habla de un latinazgo que se refiere a una piel de cabra, un significado extraño. Quizá la piel de cabra sea Gabriela Michetti y el lobo escondido... no, no puede ser, me dije, los hermanos Grimm no eran PRO.
El Diccionario Etimológico de Joan Corominas habla de un vocablo “gilí”, cuyo origen se remonta a 1882 con la acepción de tonto. El Diccionario de María Moliner dice lo mismo. El de la Real Academia Española sigue la misma línea editorial y le agrega “gilipollas”. Se me ocurre que no es una mala idea ponerle el nombre Gil a una plaza de la Ciudad; un predio no para el Gauchito Gil, sino para El Vecino Gil de Buenos Aires, con hamacas mal atornilladas, toboganes dirigidos a un árbol, areneros de arena movediza, bancos para jubilados con pegamentos en los asientos, vendedores de maíz envenenado para las palomas y un kiosquito atendido por chicas PRO que distribuyen el plan Cuatricentenario para que esté linda Buenos Aires en 2210. Si me invitan otra vez de parte del Gobierno de la Ciudad, quizá acepte ahora que tengo nuevas ideas.
Buenos Aires tiene un producto bruto por habitante que cuadriplica a los de Santa Fe y Córdoba, diez veces mayor que el de las provincias pobres de nuestro país, y es tres veces el promedio nacional. El ministro Rodríguez Giavarini equilibró un presupuesto que tenía un tradicional déficit. Ibarra cuidó con responsabilidad los números fiscales antes de su lamentable actuación en la tragedia de Cromañón. Telerman finaliza su interinato con un pasivo que aseguraba manejable con su habitual sonrisa...Macri nos dice que necesitamos siglos para lograr los objetivos con los recursos actuales y que una situación así lo obliga a tomar una decisión: iniciará su campaña para presidente de la Nación para ponerla linda a la Argentina.
De ser elegido, ¿cuánto tiempo le tomará dejarlo bueno al país? ¿Qué pueden significar un par de centurias para quien pertenece a un pueblo que inventó la deuda interior y que habita nuestra tierra hace 5769 años?
*Filósofo (www.tomasabraham.com.ar).