Acaba de salir el último número de la revista La mujer de mi vida. Hacía algún tiempo se sabía que, por falta de financiamiento, esta publicación que ya tiene cuatro años en la calle iba a desaparecer. “Fiel a la larga tradición de revistas culturales argentinas, La mujer de mi vida cierra. Despidámosla como se merece”, fue la leyenda que la revista utilizó para anunciar la fiesta que realizaron el 19 de diciembre, y ese espíritu festivo, lejos de lo lacrimógeno, es afortunadamente el que atraviesa esta última entrega ¿Por qué cerró La mujer de mi vida? Por un lado, por un déficit mensual de 7 mil pesos. Y, por el otro, quizá porque a su extraña combinación de literatura y psicoanálisis le faltó un plus que la vuelva indispensable: la incorrección política de V de Vian, la afectación de Babel, el corte académico de Punto de vista u Otra parte. Quién sabe. Atrás quedan sus 49 números de existencia para revisar y repensarlo. En el haber quedan algunos textos memorables de Hernán Casciari o Josefina Licitra, y, sobre todo, la entretenida sección “Dos margaritas”, donde su jefe de redacción, Sergio Olguín, y el crítico Elvio Gandolfo, dividían sus gustos literarios, musicales y en materia de cine en cuatro categorías: me gusta muchísimo, mucho, poco y nada. En el último número, por ejemplo, Gandolfo dice: “Me gustan muchísimo los duraznos, las peras y las uvas, por lo fugaces en el año. Las bananas, por lo permanentes. Hammett, por lo seco. Arlt, por lo concreto y el lenguaje. Chandler, por lo romántico. Borges, por lo anarco a ultranza y el humor”. Y Olguín: “No me gusta nada perder el tiempo leyendo comentarios de los blogs. El mito de la prensa independiente. Cualquier texto de Osvaldo Lamborghini. La alabanza irreflexiva y a la moda de César Aira”.
Es conocida la aversión de Olguín por la literatura experimental o que exhiba algún rasgo vanguardista. Pero hablando precisamente de Aira (más allá de gustos, uno de los escritores más versátiles e interesantes de la literatura argentina contemporánea), el periódico de arte y cultura Transatlántico, que dirigen Martín Prieto, Pedro Cantini, Cecilia Vallina y Gastón Bozzano entrega, en su tercer número, la ponencia que Aira (nunca se sabe con precisión cuál es la última novela de Aira: por ahora se trata de Las conversaciones) leyó en el Congreso de Literatura de Rosario en octubre de este año. Una inteligente disquisición sobre las ventajas y desventajas de conocer el futuro y su imposibilidad de ser un dandy. Pero, como siempre, Aira aprovecha cualquier historia para terminar hablando de literatura. Y en esta ponencia se refiere a su trabajo de escritura, siempre más interesante que su mito de autor: “Contra lo que muchos pueden pensar yo tengo muy presente al lector, porque yo soy uno, me pienso como lector y en mis novelas trato de ser claro, lo más claro posible. Siempre he dicho que mi sueño, mi vocación, era escribir novelas convencionales”. Y luego acaba por dar una explicación bastante menos misteriosa sobre su hiperproductividad: “Siempre están hablando de lo prolífico que soy y creo que encontré una buena fórmula para acallarlos: el secreto para ser prolífico no es escribir mucho sino escribir bien. Una novela va saliendo detrás de otra. También hay que contar con la inercia del trabajo. Uno lo ha venido haciendo desde hace cuarenta años, y escribir es parte de mi higiene cotidiana, es lo más normal del mundo: escribir una novela y después otra, y otra”. La revista, imperdible, trae también una crónica sobre los días que Aira pasó en Rosario, y textos de Alan Pauls y Juan Incardona.
Una que se va y otra que se queda
Acaba de salir el último número de la revista La mujer de mi vida. Hacía algún tiempo se sabía que, por falta de financiamiento, esta publicación que ya tiene cuatro años en la calle iba a desaparecer.