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EDUCACIÓN

Una sociedad sin “affectio”

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Durkheim. La educación tiene la importante peculiaridad de ser acción. | cedoc

Nuestro país sorprende, negativamente, por su desempeño en lo económico; que se refleja en el deterioro social que se agrava década tras década. No sólo no crecemos, retrocedemos; desorientando tanto a especialistas económicos de nivel mundial como a vecinos latinoamericanos que antes nos veían como un país europeo. Kuznets llegó a proponer una categoría especial para nuestro país (al igual que para Japón, pero por razones inversas). Desconcierto que persiste con la complicidad de “explicaciones” como el papel del imperialismo o del FMI. Existen intentos más serios, y algunos incluyen a la cultura política entre los factores por detrás del estancamiento, lo que es un avance; aunque al quedarse en el nivel descriptivo no avanza en la comprensión causal del fenómeno ni aporta ideas para modificar su influencia sobre el mal funcionamiento de la sociedad.

Adorno enseña que para que exista una sociedad no alcanza la coexistencia de personas, ya que es requisito la interacción entre las mismas. Y esas interacciones van conformando pautas de relacionamiento que con el tiempo se transforman en costumbres o normas de convivencia, las que articuladas en relación con un objetivo en particular dan lugar a lo que Durkheim llama “instituciones” (la familia entre las primeras). Instituciones que no deben confundirse con las de carácter jurídico, que nacen por decisión de aparatos del Estado, y cuyo cumplimiento está supervisado por otros Poderes del mismo Estado. Las instituciones sociales en cambio, nacen de la interacción entre particulares, y son supervisadas (y “castigadas”) socialmente por los pares con los cuales se interactúa.

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Pero para que esas instituciones sirvan para el funcionamiento armónico de las sociedades es necesario que los individuos actúen con la convicción de que son parte de un todo que los contiene, y condiciona. Un atributo que ya Joaquín V. González observara como faltante al destacar: “el espíritu de discordia entre los argentinos”. Un estudio reciente de la Universidad Siglo 21 muestra la vigencia del problema al constatar características psicosociales de los argentinos como el narcisismo, el resentimiento y el egoísmo, que dificultan “la construcción de un proyecto colectivo”, lo que influye también en “el rechazo hacia las normas que todos los argentinos tendemos a mostrar”, como señala Carlos Nino en “Un país al margen de la ley”.

Lo anterior indica que es necesario trabajar para construir lo que se da en toda sociedad exitosa (nacional o privada): el llamado “affectio societatis”; esto es, la voluntad y el esfuerzo de cada uno para ajustar sus deseos y derechos al funcionamiento armónico del todo que los contiene. Cosa que no ocurre entre nosotros, dado el fuerte individualismo de cada uno, que sólo cede, en parte, para asociarse con otros con sus mismos intereses, con el fin de obstaculizar las acciones de aquellos otros que tienen intereses diferentes (dando lugar a las dañinas “corporaciones”).

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Una tarea que debe ser preocupación de todas las instituciones democráticas, con el Estado como principal actor (a la que los partidos políticos deben sumarse moderando sus ambiciones de Poder que fomentan “grietas”); así como de las diferentes organizaciones no gubernamentales y los medios de comunicación.  

Un mecanismo a privilegiar para este objetivo es el de la educación, en sus diferentes formas de ser impartida. Durkheim dice que la educación “tiene la importante peculiaridad de ser una acción … que tiene por objeto el suscitar y desarrollar en el niño un determinado estado físico, intelectual y moral, que es exigido por la sociedad política en su conjunto”. Educación que debe proveer, junto a los conocimientos de las diferentes ciencias, valores y pautas de conducta.

De ahí la urgencia que nuestro Estado comience por recuperar el control sobre el sistema educativo, hoy en manos de militantes que priorizan la lucha de unos contra otros.

*Sociólogo.