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Carlos Monzón junto a Alicia Muñiz | CEDOC

Ayer (siempre es impreciso el ayer), un ex periodista de PERFIL me contó una anécdota que me pareció reveladora de algo que no termino de entender, porque si de cada hecho se desprende una lección, de una lección no siempre se desprende, y por suerte, una moraleja. Quiero decir que la anécdota me encantó y el propósito de esta columna es extraer la posible enseñanza, o no obtener ninguna.

Resulta que en febrero de 1974, cuando Carlos Monzón estaba a punto de pelear en París contra su entrañable rival Mantequilla Nápoles, al rey de Francia, perdón, al presidente, Valéry Giscard d’Estaing, se le ocurrió entregarle el premio al mejor deportista extranjero del año. A Monzón le rompía soberanamente el escroto ocuparse de esa huevada justo en ese momento, pero su manager, Tito Lectoure, lo convenció de la importancia del evento, durante el cual recibiría la condigna ensaladera de plata o chapita recordatoria o diploma y en el que debería decir algunas palabras en francés, faltaba más. Qué digo, decía Monzón, y Lectoure: vos decí merci beaucoup (es decir, mercí bocú) y nada más. Y por las dudas le hacía practicar, para que no se olvidara. Mercí bocú, mercí bocú, mercí bocú, mercí bocú, golpeando la bolsa.

Llegado el momento, Alain Delon le eligió la pilcha y Monzón subió al estrado, saludó, inclinación de cabeza para acá, inclinación de cabeza para allá. Sentado en la segunda fila del salón, Lectoure le soplaba Mercí bocú, mercí bocú, y Monzón abrió la boca y dijo Pipí cucú, y se cagó de risa.

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