sábado 28 de mayo de 2022
COLUMNISTAS lecturas
26-03-2022 00:05

Fresán y la duración

26-03-2022 00:05

Cada tanto habría que someter a examen la idea del gusto como orientador de lecturas, porque el gusto representa nuestras posiciones del pasado, y la presunción de una identidad. Nos reconocemos y nos diferenciamos de los demás por esas operaciones que nos fijan a espejos reflectantes del pasado. Pero si nos arriesgáramos a contemplar cualquier objeto de conocimiento sin juicio previo, con los falibles elementos que proporcionan nuestros sentidos, entonces nuestro campo de observación se ampliaría ilimitadamente.

Todo el párrafo previo es requisito indispensable para adentrarme en Melvill, el último libro de Rodrigo Fresán. He llegado, en días, a leer un tercio del total, a un ritmo menor al que habitúo, porque la candente exposición a su material pide inmersiones y reposos. Suele ocurrir que luego de sumergirse en los abismos de una obra total, como Fresán hizo en las dos mil y pico de páginas de sus tres Partes (la inventada, la soñada, la recordada) un autor toma aire, escribe un par de libros menos exigentes. Pero Fresán no se da descanso en Melvill, al contrario, se arroja de lleno a su propio núcleo ardiente. 

No puedo reproducir todos los pensamientos e impresiones de lectura. Su escritura se enfrenta desde el vamos contra el gusto por el arte de la novela como ejercicio bien temperado de momentos altos y bajos, contra la idea misma de cronología y sucesión narrativa, contra una idea de “administración estratégica del material”, porque su  velocidad sin respiros, su deseo enloquecido de decirlo todo en cada frase, es una exigente forma de la poesía. Su asunto no es el argumento, desde ya, aunque es central el vínculo entre un hijo y su padre (aquí entre el hijo, el padre y el narrador, como si se tratara de la Santísima Trinidad), sino la transmisión de un estado del alma.

La ballena del exceso dichoso sigue nadando en aguas nunca congeladas. Melvill demuestra que no es el sexo sino el amor por la literatura (ese artificio esencial, ese lujo de primera necesidad) lo único que soporta intensidades prolongadas.