miércoles 25 de mayo de 2022
COLUMNISTAS libros
11-03-2022 23:55

Tiro al blanco móvil

11-03-2022 23:55

La tapa de un libro que se ilustra con un semáforo en blanco y negro, las valvas o latas que separan las luces de los tres focos, llevan en primera instancia a la pregunta elemental acerca de si detenerse o estar alerta o seguir porque tenemos libre el paso de una lectura que se presenta, se busca problemática. El momento de la verdad, el último libro de Damián Tabarovsky, interpela al lector sobre esa triple posibilidad, la pone en escena con los movimientos de su narrador, que organiza sus seguimientos y detenciones menos de acuerdo a las automáticas fluctuaciones semafóricas que al dilema narrativo que determina el flujo de su conciencia, no bobamente joyceana sino hipercrítica, la conciencia de un conciencia de izquierda (la de un crítico que es narrador, la de un escritor que ejerce la crítica en la escritura de su ficción) y que en su circulación urbana se encuentra y sigue al objeto momentáneo, representativo de todo lo que detesta: un periodista representante de la ultraderecha repugnante y rabiosa que se solaza en su condición de avanzada de un presente siniestro y profeta de futuros peores, un periodista que hace del ejercicio de la lengua fascista su comercio y su renta. 

Esa figura tóxica sirve de pretexto para que el narrador desarrolle el fluir de un pensamiento, que no es cualquiera. Porque este es el momento de la verdad, el momento de gravedad de su escritura. La desesperación por la falta de poder del discurso radical para cambiar el mundo (el capitalismo) y la imposibilidad de callar ante el espectáculo reiterado de la catástrofe.

En El momento de la verdad se unen todos los puntos y los flecos y las líneas de desarrollo de Tabarovsky, que ya venía en solitario mostrando las posibilidades de una literatura despojada de las supersticiones de la elegancia, el encanto, el juego delicioso y siempre sospechosamente ligero del arte de la combinatoria, el vértigo de la peripecia (en fin, de buena parte de todo lo que me gusta). Ahora esas posibilidades se vuelven nucleares, su centro radiante, en un desplazamiento horizontal, en la topografía de un par de cuadras donde una mirada contempla lo real como un parque jurásico de monstruos repugnantes y de utopías fallidas. Su proyecto teórico (que un francés podría titular “por una literatura de izquierda”) se aleja de toda petición por la acción ajena y se realiza como práctica de su programa puesto en acto en la escritura. Y no como mera glosolalia vanguardista, sino como articulación desesperada del pensamiento que captura su objeto y lo suelta, y en ese doble movimiento encuentra su luz verde para avanzar.

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