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opinión

Vagamente dos peruanos

Es un libro liviano, por momentos ingenuo, demasiado sencillo, meramente anecdótico.

Ante un reciente viaje a Perú, mi amigo A.E. me aconsejó que comprara El sol de Lima, de Luis Loayza (Mosca Azul Editores, Lima, 1974), título también de uno de los ensayos que forman el libro que, de algún modo, complementa con ironía Lima la horrible, de Salazar Bondy (“El sol imaginario de Lima luce para los otros, pero no disuelve nuestra niebla ni entibia el aire de los días grises”). Así que, no bien llegado, raudamente me dirigí hacia el Jirón Quilca, y en una las tantas librerías de viejo de por allí me hice del ejemplar (de paso aprovecho para recomendar un pasaje por el café Queirolo, justo en la esquina: el sándwich de jamón del norte es riquísimo).

El sol de Lima es un libro liviano, por momentos ingenuo, demasiado sencillo, meramente anecdótico (sin que contenga tampoco grandes anécdotas). Sin embargo, uno de los ensayos sí es muy bueno, razón que alcanza a salvar el libro con creces. ¿Qué más pedirle a una antología de ensayos que haya uno que sea notable? ¿Me conformo con poco? Tal vez. A veces con una sola frase buena, perdida en la página 269 de una novela, alcanza.

Esta es una época literaria –y no solo literaria– de una mediocridad encandilante, así que encontrar algo diferente, como una única cuenta perfecta en un collar de plástico, es suficiente. En encontrar esa cuenta reside el trabajo del crítico.

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Pues el ensayo en cuestión se titula “Vagamente dos peruanos”, en el que Loayza analiza la presencia de personajes peruanos en Rojo y negro, de Stendhal y en En busca del tiempo perdido, de Proust. En Rojo y negro se trata de un general peruano en la escena del baile del duque de Retz: “Stendhal escribió esa página hacia 1830, bajo la restauración, régimen que abominaba. Tampoco le convencía la democracia norteamericana y es posible que nuestros países, que acababan de lograr su independencia, lo sedujeran; quizá creyó que los caudillos sudamericanos le darían la energía de Napoleón unida al respeto a la libertad, y tuvo la esperanza de que las nuevas repúblicas corrigieran los errores de Francia y los Estados Unidos”.

En el caso de Proust ya es diferente: “Pronto comenzó otra inmigración: la de los turistas ricos, los hijos de buena familia, que de un país lejano solo querían las reglas puntuales. El personaje de Proust pertenece a ella. Son los comienzos del siglo XX y este peruano tiene buenas relaciones (…) a diferencia del general que inspira a los revolucionarios, el peruano de Proust no es sino un petimetre parisino. El snobismo lo apasiona (…) Proust lo presenta como un triste fantoche, una de las tantas sombras que atraviesan su libro”.

Finalmente, Loayza remata: “Esos dos personajes, esos dos fantasmas que quizá no existieron nunca sino en los libros, abren y cierran una etapa, una promesa en la historia del Perú: la gran esperanza que suscitó la independencia, no solo entre nosotros sino entre europeos que, como Stendhal, pudieron creer que en América del Sur se inauguraba el reino de la libertad con justicia. (…) Cuando Proust escribe, esa esperanza estaba ya olvidada”.