miércoles 06 de julio de 2022
COLUMNISTAS Opinión

Violencia simbólica política: la sobrerreacción que no soluciona

Por un lado, se dedica a exagerar los símbolos de cualquier hecho concreto que suceda. Por otro lado, esta sobrerreacción en los temas lleva no solamente a que la disputa política no pase del mero simbolismo, sino también a que se ejerza sobre los ciudadanos una violencia simbólica desde la clase política.

16-06-2022 05:30

La gente del mundo parece que de a poco se dio cuenta del peligro de las fake news y de los riesgos que implicaba la inmediatez de las redes sociales, por eso, se vuelcan nuevamente a los medios tradicionales. Sin embargo en la Argentina la clase política (y gran parte de los medios también) parece empecinada en sobreactuar los conflictos que atraviesa el resto de los ciudadanos con la tranquilidad del acostumbramiento. Entonces, en un contexto de crisis mundial, lejos de buscar soluciones, se busca aprovechar cualquier elemento para la sobreactuación que justifique la inacción en lugar de una reacción rápida que permita evitar la mayor cantidad posible de consecuencias del cimbronazo de la guerra.

La Argentina está atravesada por una violencia política simbólica. Por un lado, se dedica a exagerar los símbolos de cualquier hecho concreto que suceda, así se toma hechos que, al lado de graves problemas que los argentinos enfrentan diariamente, parecen más bien irrelevantes, y se los eleva a una categoría de discusión política trascendental. Así el oficialismo, la oposición y los medios de la grieta se lamentan largamente por la guerra en Ucrania, discuten sobre permisos de aviones, interpretan cada tweet, cada gesto, cada palabra que dicen los distintos miembros de una coalición de gobierno para construir elaboradas teorías acerca de las internas, se discute cómo cobrar impuestos sobre fortunas que lejos de crearse se destruyen día a día, se piensa en dónde invertir fondos inexistentes, se discute acerca de la corrupción de un gasoducto que ni siquiera terminó de licitarse, etc. etc.

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Por otro lado, esta sobrerreacción en los temas lleva no solamente a que la disputa política no pase del mero simbolismo, sino también a que se ejerza sobre los ciudadanos una violencia simbólica desde la clase política. La gente, ante estos temas de los que se valen los políticos para disputar el poder, siente un enorme abandono y deja de confiar en estas discusiones y empieza a perder el interés en la política. Esta apatía es leída por quienes están inmersos en la rosca, como un desinterés total por los temas de interés público y hasta como un crecimiento del egoísmo de las personas, pero lo cierto es que no es la gente la que se aleja de los problemas de la comunidad sino que las que se alejan son estas discusiones y la gente, simplemente se dedica a expresar lo alejada y exagerada que están los dislates políticos de los problemas reales del país.

Es verdad que hay temas de interés en medio del barullo de los dirigentes y sus declaraciones grandilocuentes, pero no es menos cierto que esos temas de discusión que interesan a la sociedad están muy dispersos, tanto en el oficialismo como en la oposición. Aún más, para aquellos de estos temas que pudieran tener relevancia en la vida de las personas, no hay una política de objetivos ni de planeación clara. Mucho menos hay herramientas en el gobierno para establecer prioridades y alcanzarlas.

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Lo cierto es que en el mundo muchos gobiernos acusaron recibo de lo que la gente se viene dando cuenta hace rato: que la democracia está en peligro. Lejos de la sobreactuación política con la que se toma este tema en el país, en el mundo la democracia está en arena movediza no por que se esté preparando algún golpe de estado o estén en ascenso fuerzas antidemocráticas, sino porque se pone en riesgo el mismo concepto ordenador de reglas de convivencia.

Pocas afirmaciones sobre la política parecen creíbles, verdaderas o, peor aún, siquiera relevantes para las personas. Mientras la intelectualidad política discute el último grito en la moda de la politología, la gente se preocupa por la economización de la política, la corrupción, el populismo y la desigualdad que parecen crecer más allá de lo posible y afectan cada día más las reglas básicas que hacen posible la vida democrática. Lo antidemocrático ya no se da, como en el siglo pasado, por la vía de la imposición o la persuasión de las masas, sino por la simple disolución de todas las reglas y con ellas, las esperanzas de quienes sostienen el sistema político: los ciudadanos.

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La violencia simbólica parece algo sin importancia en la vida de las personas en primera instancia, pero lo simbólico es lo que sostiene a la política y la buena política es la vía de solución de los problemas reales. La violencia simbólica se materializa en la vida de las personas en la inmovilidad, la apatía y la imposibilidad de seguir adelante. Aún más se hace concreta cuando, los Estados son los que quiebran y dejan deudas, pero los que tienen que pagarlas son los ciudadanos de a pie que entre regulaciones estatales y corridas financieras pierden lo poco que esta deuda les deja.

Tal como dice el filósofo catalán Josep Ramoneda “Las ideas no se sobreactúan. Se explican y se defienden. El ruido sólo es expresión de impotencia: se levanta la voz porque no se tienen propuestas que hacer o, si se tienen, se prefiere no explicitarlas”.