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COLUMNISTAS / opinion
domingo 15 septiembre, 2019

Ya gobierna Alberto

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por Luis Costa

Alberto Fernández entrevistado en Tucumán por Viviana Canosa. Foto: Canal 9
domingo 15 septiembre, 2019

Es demasiado evidente que ya Macri no gobierna el país. Su caso actual sirve para pensar las diferencias entre lo legal y lo válido colectivamente, y en esto la ciudadanía, en formato de presión pública, es la que muestra su absoluta preponderancia. Macri es legalmente el presidente, pero su capacidad de influir en el devenir cotidiano y futuro del país es cada vez más cercano a lo nulo. El poder de las elecciones, la voz puesta en forma concreta de peso público de la opinión general, ha convertido al proyecto de Macri en futuro pasado, y demostrado lo siempre relevante que continúa siendo la voluntad general para permitir que los gobiernos hagan algo o no lo hagan.

Se esperan de Alberto Fernández definiciones, pero ya no sobre un futuro gobierno, sino sobre el devenir del presente. Alberto opina sobre la protesta social y el uso del espacio público, ofrece su parecer sobre el precio del dólar, se reúne con el FMI, viaja a España y su visita se convierte casi en una presencia oficial, tiene un encuentro con la Mesa de Enlace del campo y le piden ayuda para unificar las centrales obreras. Todo el devenir se ofrece en su dirección, porque Alberto posee el poder de la legitimidad de la creencia popular y eso lo hace cercano y poderoso con las cosas reales.

Esta situación fue inaugurada por Macri al día siguiente de su pérdida por quince puntos, cuando cedió espacio de dominación pidiendo al candidato con mayor caudal de votos qué explique qué iba a hacer, porque su victoria generaba desconfianza en los actores económicos. Además de tener formato de capricho y falta de profesionalismo, en ese acto el casi ex presidente pasaba imaginariamente la banda presidencial y se desmoronaba definitivamente en el mundo verdadero de su derrota.

Los gobiernos en la era moderna se alimentan del ánimo colectivo y se orientan en todo lo que hacen hacia un buen balance con esa masa amenazante de seres en condiciones siempre de quitarles su rol de ejecutores de las herramientas estatales.

No es este un atributo solo de las democracias o de las repúblicas. Las dictaduras del siglo XX se caracterizaron, a pesar de la intensidad del control sobre sus poblaciones, por una obsesión en construir una relación que sea considerada como válida por la mayoría. Stalin abrazaba niños, Franco modificaba fotos para alterar los recuerdos de la historia, y la última dictadura en Argentina hablaba de la “subversión” en dibujos animados. El acto colectivo de opinar se vive siempre como peligro inminente para el sistema político.

El macrismo asumió muy en serio esa amenaza y colocó a la comunicación de gobierno como la energía clave que debía ser alimentada con formatos novedosos. Videos de gente contando las obras de gobierno, Macri bailando en el balcón de la Casa Rosada o los funcionarios visitando a vecinos, se fueron expresando como una ejecución con estilo sin casi antecedentes en el formato típico tradicional. Sin embargo, lo que toda esa producción expresaba era la enorme centralidad que debía siempre tener la opinión pública en todo lo que se hiciera. De alguna manera, y eso es ahora más evidente, confundieron opinión pública con hambre y pobreza, y ellos mismos fueron víctimas de la misma ceguera que se construyeron. De tanto editar videos de campaña, pensaron que lo de la crisis era algo de menor importancia, que pasaba en otro plano ficcional. Al final ellos tuvieron su propio Indec, ese que cree que la gente soporta el hambre.

Lo más duro para Macri es el golpe que recibe de la vida real, y esto se expresa en ellos como paradoja bestial. Su gestión hizo del culto a la verdad un valor diferenciador del kirchnerismo y es ahora el kirchnerismo el que se impone con la realidad del mundo económico. Esa contradicción es la que pone a Macri en imposibilidad de resolver su destrucción, porque lo golpea no solo en el hambre del pueblo, sino en su imposibilidad de conectarse con lo que de verdad sucede, con las cosas.

La realidad es un problema para Macri, y sobre todo es un problema no tener legitimidad para contar historias imaginarias sobre lo maravillosa que es hoy Argentina. Para todos, lo único fundamental es saber qué opina Alberto, hasta que Macri se retire a imaginar qué linda fue la Argentina, cuando él fantaseaba que todo iba por buen camino.

*Sociólogo.


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