¿Puede ser que haya resultado más sencillo ubicar a los travestis en el imaginario sexual de los argentinos que ubicarlos en un determinado sector de la Ciudad de Buenos Aires? Parece que sí. Se diría que la figuración mental de esa sexualidad terminó por ofrecer menos dificultades que la presencia real de los cuerpos concretos en el espacio real y concreto de las calles o los parques. De por medio, en este caso, está el tema de la prostitución, y el estatuto legalmente ambiguo de la tolerancia. Porque la tolerancia, que en el terreno político, por ejemplo, tiene un prestigio irrevocable, se vuelve patinosa en el terreno de las leyes, los edictos, los códigos, las contravenciones. Lo tolerado no está ni admitido ni impedido, ni prohibido ni autorizado. No es una cosa ni es la otra, sino una grieta que se abre entre las dos.
¿Cómo dar a esa condición una expresión específicamente urbana? Por lo que se ve, no es nada simple. Por lo pronto, exige un escenario que participe, a un mismo tiempo, de lo privado y de lo público, de la mostración y del ocultamiento, del sigilo y del aspaviento, del abrigo y de la intemperie, de la circulación y de la parada fija, de la presencia policial y de su ausencia. Hace años, muchos años, cuando la legislación sobre prostitución sentaba sus bases en nuestro país, la regulación de las casas de tolerancia solicitaba una virtual poética del espacio casi tan pormenorizada como la de Gastón Bachelard. Para hacer leyes hubo que hacer poco menos que un tratado sobre el umbral, sobre el balcón, sobre terrazas y sobre ventanas, sobre faroles y sobre puertas a medio abrir o a medio cerrar. Ese juego indecible de hacer ver y escamotear, que por otra parte los travestis practican con sus propios cuerpos, se ha desplazado de las casas a las calles: de las casas (de tolerancia) a las zonas (rojas) de la Ciudad.
El primer corrimiento fue de la calle al bosque: de la calle Godoy Cruz al Rosedal del bosque de Palermo. Pese al murallón sin tránsito transversal que en Godoy Cruz determina el ferrocarril, una urbanidad demasiado presente persistía en ese tramo. El segundo corrimiento se produce ahora dentro del propio bosque: del lago con botes y el puente de las novias y el contorno de trotadores de última hora a un sector ubicado, siempre en el follaje de Palermo, entre el Club de Golf y el Lawn Tennis Club. En ese lugar tan despejado imperan, durante el día, esos dos deportes en los que los cuerpos jamás se tocan. El tenis y el golf: ni siquiera a la pelota se la toca de manera directa. En las noches se vuelve teatro de acechos y contactos certeros.
Walter Benjamin señalaba, y señalaba bien, que las prostitutas circulan por la ciudad tal como las mercancías circulan por el mercado. Lo escribía a propósito del París del Segundo Imperio, aunque también en sus escritos autobiográficos de Berlín el aventurarse por los barrios desconocidos de la ciudad se resuelve en el encuentro con las prostitutas.
Los travestis de Palermo agregan, en este sentido, y cada vez más al borde de la Ciudad, una inflexión singular de la ley de la oferta y la demanda: de eso que se denomina, esta vez con absoluta propiedad, comercio carnal. Lo que suscitan no parece ser del mismo orden que el andar de las mujeres de la calle en otras calles de Buenos Aires. No es tan sólo la oferta pública de sexo lo que precisa ser apartado de las miradas ajenas. Es más que eso: es la dificultad de lograr que quienes tienen apenas una sola vida convivan con los que tienen por lo menos dos.
Zona roja
¿Puede ser que haya resultado más sencillo ubicar a los travestis en el imaginario sexual de los argentinos que ubicarlos en un determinado sector de la Ciudad de Buenos Aires? Parece que sí.