CULTURA
ENTRE UN NUEVO DIOS Y EL APOCALIPSIS

Esa tan humana inteligencia artificial

La inteligencia artificial (IA) es un hecho técnico avanzado, a la vez un fenómeno cultural que despierta el interés de los usuarios, la profusión de publicaciones especializadas y artículos sobre el tema; y las expectativas y creencias que su presencia suscita. Como el viento incesante del tiempo, es innovación que desconoce la quietud. Y a pesar de los temores y profecías, no entonará ningún canto salvador, pero tampoco destruirá a su contradictorio creador. Lo transformará.

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Inteligencia artificial. | Pablo Temes

Siempre pensamos que la inteligencia es una de las cosas que nos distinguen como especie. Y un buen día, despertamos a la realidad de que es también una condición de las máquinas, las máquinas computacionales, por su habilidad para imitar capacidades hasta ahora, solo propias del humano.

La llamada inteligencia artificial débil ya era una realidad cotidiana. Todo lo referido a servicios online, internet y el buscador de Google, las aplicaciones, el propio funcionamiento de las computadoras. Pero, ahora, la máquina es capaz de pensar. O, más exactamente, de simular razonamientos, la comprensión del lenguaje y el habla. Y generar textos, imágenes, canciones, o traducciones de distintos idiomas, a pedido. O la clonación de la voz. El camino de lo que muchos, no todos, llaman inteligencia artificial fuerte, general, o generativa.

La inteligencia artificial (IA) es, en principio, un hecho técnico avanzado. Y a la vez, un fenómeno cultural. La IA fuerte despierta el interés de los usuarios, la profusión de publicaciones especializadas y artículos sobre el tema; y las expectativas y creencias que su presencia suscita. El fenómeno cultural de la IA estalla con la aparición, en enero de 2023, del bot de charla o bot conversacional (en inglés, chatbot), de la empresa Open AI, radicada en San Francisco, y dirigida por Sam Altman. El ya popular ChatGpt. En pocos días, millones de personas acudieron al nuevo prodigio.

El software de estos bots simula una conversación con una persona mediante respuestas automáticas y el procesamiento del lenguaje natural. En realidad, esto tiene un importante antecedente: el primer bot fue Eliza, diseñado en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), entre 1964 y 1966, por Joseph Weizenbaum.

El uso del ChatGPT, y de otras inteligencias artificiales, como Bing de Microsotf, o Bard de Google, se funden con una inabarcable bibliografía sobre Inteligencia Artificial. Para confirmar esto, basta con acudir a la web del periódico español La Vanguardia, con, actualmente, más de cien publicaciones sugeridas sobre la temática. Los autores de este ingente universo de libros proceden, por ejemplo, de la ingeniería informática, la computación, las matemáticas, la programación y la ciencia de datos, la robótica, la psicología cognitiva, o la filosofía de la mente.

Esos autores son muchos. Aquí solo mencionaremos a Stuart Russell y Peter Norvig, y su Inteligencia artificial, un enfoque moderno (2004), usado en más de 1.100 universidades en todo el mundo; el texto estándar en el campo de la inteligencia artificial; muy recomendable como introducción su capítulo uno, y su capítulo veintiséis sobre los fundamentos filosóficos de la IA; Ian Goodfellow, Yoshua Bengio y Aaron Courville, y Deep Learning (2016), referencia importante en aprendizaje profundo, rama de la IA; Nick Bostrom, Superinteligencia: caminos, peligros, estrategias (2014); o la visión más crítica del científico en computación Erik Larson, sobre el que luego volveremos, en El mito de la Inteligencia Artificial. ¿Por qué las máquinas no pueden pensar como nosotros lo hacemos? (2022).

El primer fuego lo encendió Alan Turing (1912-1954). Matemático, lógico, criptógrafo e informático teórico británico, considerado uno de los padres de la computación; precursor de la informática, y del uso de los algoritmos (las instrucciones para la ejecución de una tarea específica y resolver un problema). En la Segunda Guerra Mundial, Turing fue clave para acortar el conflicto al descifrar los códigos nazis de los mensajes encriptados de la célebre Máquina Enigma. Luego, construyó una de las primeras computadoras electrónicas digitales. En el ámbito de la Inteligencia Artificial introdujo la célebre prueba de Turing (1950); según ésta, la inteligencia de una máquina depende de que no se advierta lo artificial de sus respuestas, y que se las acepte como de origen humano. 

Pero la IA como fenómeno cultural no discurre solo por su uso masivo, el interés en su desarrollo, o la investigación académica o de divulgación sobre la misma. También se conecta con las creencias que despierta.

 

La IA, entre un nuevo dios y el apocalipsis.

Toda tecnología no es solo su uso, beneficios o peligros. Es también las creencias que provoca. La IA anima una “teología popular”: la creencia en ella como una suerte de divinidad u oráculo; y el temor a una destrucción o sometimiento futuro de la humanidad ante un “divino poder tecnológico superior”.

En su historia, siempre se adoró a un Dios, o a varios seres divinos a la vez, producidos por la mente humana, por sus temores y necesidades. La toma de conciencia de esto tiene muchos ejemplos; solo por mencionar algunos: Jenófanes de Colofón, en el siglo V ac, cuando advirtió que los distintos pueblos veneraban a dioses que se les parecían (y así conjeturó que los toros, si tuvieran un Dios, seguramente tendrían la forma de este animal); en el siglo XVII, Spinoza y su Tratado teológico-político, donde observa que la Biblia fue escrita por los hombres, no por el Dios del que hablan los sacerdotes; o, en el siglo XIX, Feuerbach o Nietzsche, también afirmaron que el humano se somete a divinidades que él mismo ha creado.

Proceso teológico que ahora se repite. Algunos humanos crean las máquinas inteligentes, las crean mediante algoritmos y matemáticas complejas, y redes neuronales artificiales para procesar la información, con la posibilidad de que la inteligencia artificial aprenda en su entrenamiento (el deep learnig, aprendizaje profundo), con nuevos inputs de una base de datos creciente. Algunos humanos crean la inteligencia computacional, pero esto se olvida cuando se les atribuye una suerte de vida propia, casi “no humana”, “divina”.

Fueron humanos también quienes se reunieron en 1956, en la llamada Conferencia de Dartmouth, organizada por el informático John McCarthy, quien propuso el término inteligencia artificial. Resultado de aquella reunión, la Declaración Dartmouth manifestó su interés en la creación de máquinas que simulen la inteligencia, y “que utilicen el lenguaje, formen abstracciones y conceptos, resuelvan las clases de problemas ahora reservados para los seres humanos, y mejoren por sí mismas…”. Es decir, máquinas que simulen inteligencia, y que se nutran de un auto-aprendizaje.

Las máquinas inteligentes ya fueron imaginadas por el teólogo Ramon Llull (actualmente venerado como “padre de la informática”), en la Cataluña medieval. Hoy, su desarrollo está en manos de diversos tipos de científicos, investigadores y pensadores.

contraste con esto, impera cierta tendencia a percibir a la IA como una entidad no humana superior, capaz de revelar el futuro, o decir cuál es el lugar más bello, o el mejor camino hacia la felicidad. El paso del viejo oráculo pagano de Delfos, en la antigua Grecia, a su equivalente tecno-vaticinador actual.

La teologización de la IA, como la tecnología misma, promueve esperanzas optimistas o predicciones pesimistas.

Primero, el optimismo extremo como parte de la divinización de la IA. Por ejemplo, Theta Noir es un culto que surgió en 2020 por iniciativa de tres artistas. Movimiento que quizá solo es interesante como señal de un espíritu de época. En la IA convergen las tecnologías emergentes, la llamada tecnología profunda. De ese entramado, se prevé que surgirá una superinteligencia omnipresente, llamada MENA, un ser divino y trascendental, venerado por sus bienes: “creemos que nos salvará de nosotros mismos y de la sexta extinción masiva que iniciamos”; y, a su vez, en su manifiesto fundacional, MENA es un “vasto océano de conciencia electrónica”, y en cierto momento ya “no se parecerá a las computadoras. Será extraterrestre, tanto que bien podría haber llegado de otro sistema estelar”.

Este optimismo exaltado, sin atisbos de dudas o sombras, tiene afinidades con la Iglesia de Turing, una rama del transhumanismo, el movimiento que confía en la conquista de la inmortalidad a través de la fusión de cuerpo y cerebro con procesos tecnológicos avanzados. Tecno-mesianismo a la manera de Silicon Valley, meca de la tecnología de vanguardia; confianza en una salvación por una vía técnica divinizada, siempre dependiente de la IA, como sustituto de las religiones tradicionales.

La otra creencia que sitúa en la tecno-inteligencia poderes “divinos”, en tanto que superiores e inmanejables para el humano, es la visión distópica según la cual el sapiens será sometido o exterminado por robots autónomos, de una poderosa inteligencia artificial, capaces de decidir por cuenta propia, y de autoprogramarse; una supuesta tecno-esclavitud apocalíptica que arrancará toda hierba de esperanza en un bienestar humano futuro.

En la cultura popular, antecedentes de esta visión, son Terminator, y sus insurgentes robots futuros; o La rebelión de Hal, el computador inteligente de una nave espacial que, para no morir (es decir para no ser desconectado), desobedece a los astronautas en la ficción imaginada por Arthur Clarke, y que Stanley Kubrik convirtió en cine visionario en 2001. Odisea en el espacio (1968).

 

La IA, y de lo divino a lo humano

Estas creencias “teológicas” sobre la IA deforman su real naturaleza. La IA es prolongación de la inteligencia humana; y como todo fruto humano exhala ambivalencia: por un lado, es fuente de progreso innegable, en la medicina, en las ciencias en general, o de las ciencias de vanguardia, como la biología sintética, la computación cuántica, y muchas otras; o como herramientas para diversos profesionales. Y también es corriente de transformaciones traumáticas, como la pérdida de empleos y la aparición de otros para los cuales no muchos estarán calificados; o la sustitución de ciertas actividades humanas por la IA; o el sesgo y discriminación, en algunos casos, en el proceso automatizado de la información; o la tecnología de la deep fake (videos, audios, fotos), que imitan a alguien o proponen situaciones simuladas, pero indistinguibles de lo real en un futuro no muy lejano. ¿La cancelación de la realidad por el simulacro digital?

Al devolver la IA a su caladura humana, tampoco se debería soslayar su valor estratégico dentro de un capitalismo algorítmico como motor de ganancias en el área de informática. Un ejemplo es Nvidia, empresa fuertemente beneficiada al fabricar los chips necesarios para el desarrollo de la IA.

La inteligencia artificial no es solo un proceso cultural tecno-científico, o propulsor de utilidades en alza para algunas empresas. Es también encrucijada ética y perentoria necesidad de regulación jurídica.

Las dudas éticas respecto al avance científico, ya afloraron con la clonación. Ahora, la cuestión es una tecnología que no convierta al humano en apéndice de un poder tecnocrático. Esto demanda la necesidad de regulación jurídica.

En abril de 2021, la Comisión del Parlamento Europeo propuso que las diversas aplicaciones de la IA se evalúen según los riesgos que implican para los usuarios. En esta dirección, la IA generativa, como el  ChatGPT, debe satisfacer requisitos de transparencia. Por ejemplo, revelar cuándo un contenido es generado por IA. Aquí se reintroduce la cuestión ética ante la posibilidad de que, por ejemplo, un escritor se atribuya textos generados por la IA; lo que impone un sistema de certificaciones de autenticidad para demostrar que un texto surge del mérito de un autor, y no de la capacidad artificial. A su vez, los usuarios deben saber cuándo están interactuando con la IA, para evitar los equívocos antes mencionados sobre las deep fakes, y la imposibilidad de distinguir entre lo falso y lo real.

Actualmente, está en curso un proceso de conversación en el Parlamento Europeo para acordar una ley de la IA, en el marco de la UE, a finales de este año.

 

Los caminos de las muchas inteligencias

La IA también frota la cuestión filosófica de qué es la inteligencia o la conciencia. No hay definiciones concluyentes sobre estas constantes de lo humano, que se busca replicar por vías tecnológicas. En cuanto a la conciencia, la robótica primero presentó a Sofía, y hoy al robot más avanzado, Ameca; ambos, por cuestiones publicitarias, fueron programados para responder preguntas sobre su identidad de modo de parecer autoconcientes. Pero nada asegura, ni hoy ni mañana, que las entidades robóticas alcancen el estadio de la conciencia de sí, cuya naturaleza y relación con el cerebro es aún discutida.

En cuanto a la inteligencia, ésta tampoco se amolda a una definición unívoca. El Diccionario de la Real Academia española define a la inteligencia, entre otros aspectos, como “acto de entender”, o de “resolver problemas”. Más allá de esto, la inteligencia es pluralidad de competencias, desde las cognitivas hasta la intuición emocional.  

A pesar de las objeciones que se le han planteado, la clasificación de las inteligencias múltiples propuesta por el psicólogo Howard Gardner, en 1984, es fértil para entender la inteligencia como proceso de muchas inteligencias (lógica-matemática, lingüística-verbal, emocional, y otros nueve tipos de inteligencias que no podemos desarrollar aquí). 

A esta multiplicidad, la IA podría sumarse como “inteligencia humana simulada”. En su simulación del razonamiento y el lenguaje, la IA no entiende lo que dice o hace de forma automática; lo que suscribe el ya mencionado Erik Larson, uno de los investigadores empeñados en el desarrollo de la IA, pero que advierte que arribar a una inteligencia artificial que realmente “entienda” lo que procesa a alta velocidad, es algo que podría llegar, o no. Larson asegura que “el error es afirmar que es inevitable, porque lo que sí sabemos es que los avances actuales no nos acercan más a tener una inteligencia artificial similar a la humana”. 

Y para reafirmar este escepticismo, Larson alega que nuestro modo cotidiano de razonamiento se basa en abducciones (diferente de las inducciones y deducciones), por las que se infieren posibles explicaciones frente a ciertas situaciones o datos, no definitivas. Por ejemplo, ante un cielo nublado, inferimos que lloverá, aunque pueda que esto ocurra o no. Esto es distinto de los análisis estadísticos de los ordenadores “inteligentes”.

Pero esto, para otros, no impide hablar de una superinteligencia artificial futura. El caso del pensador sueco Nick Bostrom, también ya aludido. Éste proyecta que la IA evolucionará hacia la superinteligencia. Las máquinas superinteligentes supondrán una tecnología capaz de inventar otras tecnologías. Éstas podrían realizar “un trabajo científico o de ingeniería mucho más rápido y de manera más eficaz de lo que lo pueden hacer los científicos e ingenieros humanos”; y todo esto conduciría en el futuro a “colonias espaciales, mejoras en nuestro organismo, curas para el envejecimiento y realidades virtuales perfectas”.

Esta posible superinteligencia pareciera volver a emanciparse del control humano. Un riesgo que el propio Bostrom acepta. 

Mientras tanto, la IA excita por igual a defensores y detractores. Entre estos últimos se alistan, por ejemplo, Sadin y Harari. O las posiciones más generales de la crítica a la digitalización de la cultura, como las de la psicóloga Sherry Turkle, o del filósofo y músico Jaron Lanier. O las críticas del escritor bielorruso Evgeny Morozov, autor de La locura del solucionismo tecnológico, o del artículo “¿El problema de la inteligencia artificial? No es ni artificial ni inteligente”.

También alzan sus brazos hacia el cielo de la IA, ardientes defensores como el director de Ingeniería en Google y transhumanista, Raymond Kurzweil; o el ingeniero de software Marc Andreessen, en su artículo “¿Por qué la IA salvará al mundo?”.

Al ser pensada en profundidad, la IA puede recordarnos la inteligencia no solo como atributo humano, o como la inteligencia simulada informática, sino también como lo que se extiende a la naturaleza. Todos los procesos naturales responden a algún tipo de capacidad inteligente, al menos como adaptación a un ambiente determinado.

La IA es solo un proceso de alta complejidad tecnológica. Ni más ni menos. No resolverá los conflictos humanos. Será parte de ellos. Los peligros, en el presente o el futuro, no son causados por la tecnología en sí misma, sino por sus usos. La IA alberga los nuevos progresos y riesgos que entregará. Es innovación que desconoce la quietud, como el viento incesante del tiempo. Y, a pesar de los temores y profecías, no entonará ningún canto salvador, pero tampoco destruirá a su contradictorio creador. Lo transformará. Eso sí. Una y otra vez. Sin que nada asegure que, algún día, supere la violencia y los conflictos que solo él provoca.

 

(*) Filósofo, escritor, docente, su página web: www.estebanierardo.com; creador de una canal de YouTube con su nombre; su último libro: La red de las redes, Ed. Continente.