martes 28 de junio de 2022
CULTURA luto en el mundo editorial argentino

Jorge Lafforgue: adiós al editor implacable

El jueves pasado falleció uno de los artífices de la edad de oro de la edición en la Argentina. Sus intuiciones supieron forjar los catálogos de sellos como Centro Editor de América Latina, Legasa, Losada y Alianza.

08-01-2022 02:37

El jueves pasado falleció Jorge Lafforgue. Había nacido en Esquel, provincia de Chubut, en 1935. Ejerció los oficios de escritor, crítico literario, profesor universitario y editor. Egresado de la Universidad de Buenos Aires con el título de profesor en Filosofía, tuvo a su cargo las cátedras de Literatura Latinoamericana en la Universidad del Salvador (desde 1972) y de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora (desde 1987). Dictó cursos, seminarios y conferencias en la Universidad de San Pablo (Brasil), Universidad de Bogotá (Colombia), Universidad La Sapienza de Roma (Italia), Università degli Studi Roma Tre (Italia) y Universidad de Pekín (China). Ejerció el periodismo en La Opinión, Clarín, Panorama, Siete Días, Redacción y El Observador (Buenos Aires); y en Marcha, Jaque, El Día, El País, Brecha y Graffiti (Uruguay). 

Alguno de sus libros: Nueva novela latinoamericana (comp.), Paidós, 2 tomos (1969-1972); Florencio Sánchez, CEAL (1967); Asesinos de papel (con Jorge B. Rivera), Calicanto (1977), existe edición ampliada publicada por Colihue (1996); El teatro del siglo XX (con Eduardo Romano), CEAL (1978); Cuentos policiales argentinos (prólogo, selección y notas), Alfaguara (1997); Historias de caudillos argentinos (edición y prólogo), Alfaguara (1999); Textos de y sobre Rodolfo Walsh (edición, contribución biográfica y bibliografía), Alianza (2000); Cartografía personal. Escritos y escritores de América Latina, Taurus (2005).

Estas referencias biográficas apenas alcanzan para describir quién era. Parafraseando a Charlie Feiling, podemos afirmar que Jorge Lafforgue fue para la cultura argentina el que hizo del libro “la apacible inminencia de la literatura.” Publicó cientos de títulos en editoriales como Losada, Centro Editor de América Latina, Legasa, Alianza… Sin exagerar, una cosmogonía de temas y estilos, la apertura a campos del pensamiento, habilitación de nuevos escritores y en una diversidad con real efecto en la sociedad. Algunos nombres producto de su influencia: Beatriz Sarlo, Eduardo Romano, Jorge B. Rivera, Ricardo Piglia, Andrés Avellaneda, Ángel Núñez, Noé Jitrik, Nicolás Rosa y Susana Zanetti. En Cartografía personal retrata las figuras de León Sigal, Germán Rozenmacher, Carlos Correas, Oscar Masotta y Ángel Rama.

Pero vamos a un hecho decisivo, que cambió el ojo editorial, la posición estática del lector y rasgó el himen social respecto al deseo, dejando al descubierto lo oscuro por venir. En 1959 la revista Centro del Centro de Estudiantes de Filosofía y Letras de la UBA, publica entre sus páginas “La narración de la historia”, un cuento de Carlos Correas. El director de Centro era Jorge Lafforgue. Por declaraciones de Correas a la revista El Ojo Mocho, la Agrupación Humanista de Estudiantes de Filosofía y Letras, estudiantes católicos de derecha, llevó ejemplares con el cuento a un fiscal que obraría al amparo del artículo 128 del Código Penal (publicaciones obscenas): Guillermo de la Riestra. 

Correas y Lafforgue fueron procesados y condenados a seis meses de prisión bajo libertad condicional, todo esto durante 1960, mientras se allanaba la sede de Centro secuestrando los ejemplares. El defensor de ambos fue Ismael Viñas, hermano de David. Lafforgue, con 25 años, se hizo cargo de la publicación desligando al resto del comité editorial de Centro. Porque el tema de la homosexualidad, lo obsceno como delito, era una excusa. Una lectura actual del cuento subraya otro tema que para el cursillismo católico sería bandera para la masacre, es donde pasamos de “la narración de la historia” a “la narración de la histeria”: “Conversaron de política. El chico nombró a Lenin y a Trotsky. Ernesto le habló con entusiasmo y con fervor de la revolución rusa.” El mismo fiscal, 8 años después, condenaría a un año de prisión en suspenso a Germán García por su novela de exordio, Nanina.

Correas se dedicó a la docencia luego de esto, sin publicar por años. Lafforgue, por el contrario, continuó su carrera con una dignidad ética única. Por caso, en Asesinos de papel, respecto a la novela negra dura (publicación para kioscos, furor entre 1940-60), refiere a miembros de la revista Contorno: “Otros contornistas tampoco desdeñaron el género: David Viñas, que apelando al seudónimo de Pedro Pago escribe dos años antes de Cayó sobre su rostro (1955) algún relato que bordea el género policial en la colección dirigida por Enrique Fentanes; o Carlos Correas, admirador apasionado de Jean Genet y Raymond Chandler, luego traductor de Hammett bajo el seudónimo de Emilse Ruggiero.” Un amigo al que defendió del olvido, con admiración y respeto: Bernardo Kordon. Ése era Lafforgue.

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