31 oct 2020
CULTURA |CRITICA LITERARIA
domingo 18 octubre, 2020

La literatura y los hermanos carnales

Las familias de escritores no son raras en la literatura argentina: hijos que reciben o se apropian de la profesión de escritores de sus padres. Menos frecuentes son los casos de escritores hermanos. Y sin embargo también tenemos abundancia de ellos: las Ocampo, los González Tuñón, Lucio y Eduarda Mansilla, los Lamborghini, y más acá, los Alemián, los Néspolo, los Villar Rojas... Un repaso de la producción literaria de una filiación productora inusual, pero que a veces –solo a veces– puede trabajar codo a codo.

Hermanos escritores. Foto: cedoc

Adrián Villar Rojas tenía 6 años y su hermano Sebastián 5 cuando empezaron a armar cómics de Robotech y Mazinger Z. “Mi hermano dibujaba las viñetas y yo, como todavía no sabía leer ni escribir, las relataba, las narraba oralmente”, recuerda Sebastián Villar Rojas. Los juegos de infancia introdujeron un modo de producción a través del arte y la literatura cuyas últimas realizaciones son Poemas terrestres (Ivan Rosado, 2019), novela escrita a dúo, y un mapa conceptual “partiendo de la fotocopia como herramienta tecnológica” para El fin de la imaginación, muestra que Adrián Villar Rojas presenta hasta el 31 de octubre en la galería Marian Goodman, de París.

Las familias de escritores no son raras en la literatura argentina: hijos que reciben o se apropian de la profesión de escritores de sus padres. Menos frecuentes son los casos de escritores hermanos, aunque ya están presentes desde el siglo XIX con Lucio V. Mansilla y Eduarda Mansilla. Y parecen más extraños, a la vez, por el modo en que la literatura interviene en el vínculo y la variedad de las relaciones que se entablan, desde el mutuo rechazo que unió a Silvina Ocampo con su hermana mayor Victoria Ocampo hasta la simbiosis de los hermanos Villar Rojas, que dicen crear ya no solo textos en común sino una tercera voz, “un mutante”.

El parecido es lo que primero salta a la vista, y por eso un hermano puede ser visto como una especie de doble. “Los hermanos son un poco uno mismo –dice Ezequiel Alemián–. También creo que la hermandad muchas veces se vive como culpa. Uno siempre siente culpa frente al hermano”. Los casos de Philip K. Dick y Jack Kerouac, cuyos hermanos murieron al nacer y en la temprana infancia respectivamente, ejemplifican esa relación: “Lo que uno vive el otro lo fenece”. Como si el hermano impusiera un mandato.

Alemián agrega que su hermano Manuel “como lector y como escritor es una figura fundamental para mí, pero en la misma medida en que lo son mis mejores amigos”. En términos literarios, “mi hermano es uno más de esos amigos: no veo que la literatura marque demasiado específicamente la relación”. Manuel Alemián coincide: “Siento afinidad con él y con muchos otros y otras escritoras y escritores. Compartimos la libertad absoluta a la hora de escribir, que no es poco”.

Las ideas sobre la literatura pueden ser también un motivo de problemas. “Nos han traído dolores de cabeza, peleas y distanciamiento –dice Matías Néspolo sobre el vínculo con su hermana, Jimena Néspolo–. La literatura es una experiencia de riesgo en todo, en la vida, en el amor, en las relaciones familiares. No es un material amable para trabajar, y las relaciones entre hermanos no están a salvo”.

El otro, el mismo. La muerte de Enrique González Tuñón (1901-1943), narrador y cronista, fue para su hermano, el poeta Raúl González Tuñón (1905-1974), una pérdida que reforzó el sentimiento de identificación. “Enrique sigue conmigo; ahora mismo me parece que quien habla es él”, dijo el autor de La calle del agujero en la media; “estaba en mí, yo en él, vivíamos una misma mañana, el mismo asombro ante las cosas mágicas y vulgares del mundo”, agregó en el “Réquiem” que le dedicó.

Una “especie de comunicación misteriosa” ligaba a los hermanos a la distancia y más allá de las palabras: “A veces, por ejemplo, yo escribía en Río de Janeiro determinado poema en prosa, y él al mismo tiempo, en Buenos Aires, una página de acento lírico, sobre un tema muy parecido y en un mismo estilo”, aseguró Raúl González Tuñón.

La comunión entre los hermanos también puede afirmarse como realización de un deseo frustrado en el padre: “Mi viejo un día me habló de literatura, me mostró un poema suyo que a él le gustaba. Él había fracasado como escritor y sabía lo que era eso. Pero por esas cosas de la vida le salieron dos hijos escritores”, recordó Leónidas Lamborghini (1927-2009), en alusión a Osvaldo Lamborghini (1940-1985), con quien compartió además la obsesión por la parodia.

“La lógica de trabajo entre nosotros es siempre la construcción de un diálogo interno que hace emerger una suerte de tercera voz: la fusión entre ambos, que a su vez nos interpela como un otro, con sus propios cuestionamientos y críticas”, dice Sebastián Villar Rojas sobre el vínculo artístico con su hermano Adrián. Se trata de ficciones que articulan narrativa, ensayo y especulación científica –“por ejemplo en Otro sol es posible, para el New Museum Triennial de 2013, se plantea la posibilidad del amor en un mundo íntegramente hundido bajo el agua”–, además de entrevistas y textos para catálogos, libros y publicaciones diversas.

Ismael Viñas (1925-2014) entendió su práctica intelectual en alianza con su hermano David (1927-2011), a quien le dejó la literatura –como declaró, en broma pero también en serio– para concentrarse en el análisis político. De adolescentes tuvieron sus peleas y hasta se agarraron a trompadas, pero siendo adultos “fuimos algo más que hermanos, fuimos socios en actividades comunes y en ideas compartidas”, afirmó. La dirección de la revista Contorno fue el hito en esa historia.

Bajo la mirada de los otros, sin embargo, los hermanos pueden encarnar figuras contrapuestas. En los años 70 Ismael Viñas representaba para la joven Beatriz Sarlo “el dibujo exacto de lo que era un intelectual”; su discurso era fascinante, “decir que me hipnotizaba no es una exageración”. En cambio, al calor de un debate en televisión, David Viñas le pareció “un barrabrava”.

Sin angustia por las influencias. Un hermano mayor puede ser la primera influencia en la iniciación literaria. “No somos de compartir manuscritos ni de hablar mucho de nuestros libros entre nosotros. Con el tiempo quizás más, pero al principio no”, dice Manuel Alemián, y a la vez reconoce la importancia del hermano en su formación: “Yo venía leyendo lo que me daban en el colegio más alguna cosa que se me ocurría cada tanto. Para cuando me di cuenta de que me gustaba leer, al final de la secundaria, Ezequiel ya tenía una numerosa biblioteca. Esa biblioteca me dio y sigue dando material de lectura”.

Matías Néspolo, narrador y periodista radicado en Barcelona desde 2001, también reconstruye sus primeras lecturas a partir de las derivaciones de su hermana. “Todavía tengo una edición de Narraciones extraordinarias, de Poe, que me regalaste cuando yo no debería tener más de 12 años –le dice a Jimena Néspolo en una conversación por Zoom–. Es la primera lectura que recuerdo, un libro que me abría una puerta. Después, ya de grande, cuando me pasaste la edición de la Biblioteca Ayacucho de la poesía completa de César Vallejo. Fueron cosas que marcaron un horizonte”.

Para Jimena Néspolo, narradora, ensayista y directora de la revista digital Boca de sapo, crecer junto a un hermano escritor contribuye a reducir las fantasías del ego. “El vínculo te enseña que hay un narcisismo al que renunciar, la fantasía del genio, del único niño escritor –dice–. A lo largo del tiempo lo ves como un valor porque ese narcisismo te ahoga, te condena al solipsismo y te agobia. Un hermano puede tener preferencias literarias totalmente distintas, pero en esas discusiones se aprende a convivir, a respetar al otro”. Los hermanos Néspolo compartieron el trabajo de edición de La erótica del relato (2009), una antología de nuevos narradores.

Ezequiel y Manuel Alemián codirigieron Spiral Jetty, una editorial de “escrituras objeto” que conformó un catálogo tan experimental e inclasificable como sus propios textos en narrativa y poesía. “Las conversaciones sobre los materiales que editábamos, sobre lo que recibíamos y no podíamos editar, el ida y vuelta con los autores fueron los puntos más interesantes. Hay varios libros magníficos que quedaron en la editorial”, dice Ezequiel Alemián. En cambio, “la parte más concreta, más material, el hacer de los libros, distribuirlos, cobrarlos, terminó siendo lo que nos llevó a interrumpir el proyecto: era demasiado trabajo para lo que estábamos dispuestos a dedicarle”. En total publicaron 24 títulos.

Si parecen fuera de género en lo que se escribe hoy, los textos de los hermanos Alemián tienen entre sí cierto aire de familia por esa misma extrañeza. “La diferencia está en la escritura. Podemos padecer las mismas inclasificaciones, estar un poco sometidos a los mismos sistemas de circulación, pero me da la impresión de que escribimos cosas muy diferentes”, apunta Ezequiel Alemián. Puntualmente, “en los libros de mi hermano leo espontaneidad, humor, amabilidad, cosas que me cuesta encontrar en lo que yo hago; creo que él ama al mundo y a mí en el fondo me gustaría prenderlo fuego”.

En pie de guerra. Las diferencias literarias pueden derivar en rivalidad. O la literatura quedar en el medio de disputas originadas en otros aspectos de la historia familiar. A veces lo más inquietante de un hermano no surge de sus características singulares sino, justamente, de la medida en que refuerza las marcas propias de identidad.

La relación entre las hermanas Ocampo es un caso testigo de una mala relación y de mutuos malentendidos. Victoria Ocampo (1890-1979) perdió el manuscrito de Viaje olvidado, el primer libro de Silvina Ocampo (1903-1993), y la reseña que publicó en la revista Sur fue otro motivo de disgustos en la familia.

En casa de los Borges, al parecer, no hubo peleas. Las diferencias y la resignación de Norah Borges (1901-1998) como escritora en función de la carrera de su hermano transcurrieron sin estridencias. “Escribía poemas, pero los destruyó para no usurpar lo que ella juzgaba mi territorio”, dijo Jorge Luis Borges (1899-1986) en el prólogo a una recopilación de litografías.

Norah Borges también cultivó y abandonó precozmente la crítica de arte, bajo el seudónimo Manuel Pinedo: “Otra vez la misma delicadeza”, según su hermano. O acaso un nuevo sacrificio, esta vez a lo que pasaba por competencia del esposo, Guillermo de Torre.

Pero la valoración de un hermano puede surgir a expensas del otro y revelar no un episodio anecdótico sino una clave de lectura. La consagración de Lucio V. Mansilla (1831-1913) fue simultánea al olvido de Eduarda Mansilla (1834-1892). “Hasta hoy –destaca Jimena Néspolo–, aun cuando existen muchas razones para leerla junto a su hermano, Eduarda no ingresa a los programas de lectura, e incluso muchas mujeres que se dicen feministas no permiten una ampliación del canon lo suficientemente lábil para leer ese vínculo. Es algo más profundo, estructural, que atraviesa a la cultura y tiene que ver con cómo se proyecta la voz del autor en una figura masculina”.

La casuística incluye también, entre otros ejemplos, a Armando Discépolo y Enrique Santos Discépolo; Copi (Raúl Damonte) y el novelista Juan Damonte; Francisco Urondo y Beatriz Urondo; la ensayista Nora Catelli y el narrador Mario Catelli, ambos radicados en Barcelona. Un hermano escritor puede ser un rival y también un cómplice, y en todo caso una prefiguración de lo que aguarda al escritor en su adultez: “Las amistades literarias son una prolongación de la hermandad. Esa es una elección que se hace día a día con discusiones y lecturas, con decisiones respecto de a qué renunciás y por qué optás”, dice Jimena Néspolo.

“Es el grado cero de la fraternidad –agrega Ezequiel Alemián–. Quizás el desafío es expandir esa fraternidad hacia otros, hacia terceros”. Las señas de identidad de un escritor pueden ser también lazos de sangre.

 

Villar Rojas por Villar Rojas

“La retroalimentación es fundamental. Mi trabajo como escritor, dramaturgo y director de teatro está permeado por la práctica de Adrián en un punto central: siempre pienso lo que hago como operaciones conceptuales, a mi entender el gran legado ontológico del arte contemporáneo”, dice Sebastián Villar Rojas.

En El imperio de lo frágil (2015), “intervine los siete pisos del Museo de Arte Contemporáneo de Rosario (Macro) con una obra de teatro que, con sus tres personajes y el público, erraba por todas las muestras y salas del museo contando una historia aristotélica (con principio, nudo y desenlace) que debía adaptarse a los cambios de exhibiciones cada dos meses”. El “clímax de esta influencia” fue Gioconda: viaje al interior de una mirada (2019), “donde el Teatro Nacional Cervantes produjo una obra por primera vez en un museo de arte contemporáneo, en la que además una poeta no vidente, Rocío Muñoz Vergara, guiaba al público en una visita al museo del Louvre, proyectado sobre las paredes del Macro”. Ahora, en Un problema de distancia, obra en tiempo real de una hora de duración, explora “el hiperrealismo en zoom; esto sería imposible sin el contagio ontológico de Adrián”. 

En la obra de Adrián Villar Rojas, “un hito de madurez de este vínculo fue Pedazos de las personas que amamos (Petrobras-ArteBA, 2007), donde como trasfondo del proyecto hay una voluntad narrativa muy potente, y un poema, “Limonada”, de Raymond Carver, sobre el que se apoyó para construir un ‘mapa-relato’”.

 

Una experiencia rara de lectura

—Leyéndose entre sí, ¿creen que entienden al otro mejor que cualquier otro lector?

Matías Néspolo (a Jimena): Contestá primero vos, porque tengo una respuesta clara.

Jimena Néspolo: No, vos primero (risas).

MN: Me siento un lector hipercualificado. Entiendo demasiado, más de lo que hace placentera la lectura, incluso, a nivel intrafamiliar y de la historia personal. Me pasa con todo el mundo lo que decía Puig: “No puedo leer novelas porque las corrijo”. Y más con mi hermana, porque la materia me resulta más próxima en lo que hay de vivencial o emotivo, y me afecta mucho. Es una experiencia de lectura muy rara, ambivalente.

JN: La idea de que comprendés totalmente lo que leés es una fantasía de posesión. A mí no me pasa con las cosas de Matías. Podés reconocer un texto de inmediato como de tal autor por una voz que se hace tangible, y conocer la historia o el proceso de esa escritura te da otro saber. Pero la fantasía de comprender a la otra persona, de querer corregirla, tiene que ver con el vínculo. No se me ocurriría plantearlo con nadie.

MN: Aun sabiendo que es una fantasía no puedo dejar de experimentarla. El vínculo me permite otro tipo de lectura. La idea de corregir mientras leo no pasa de algo mental, jamás te hice una corrección. Ahí es donde mejor se ha manifestado nuestro respeto y mutuo reconocimiento.

JN: En ese caso tenés que reconocerme que tu primera editora, acá con un testigo presente, he sido yo. La coma te la he puesto yo (risas).

MN: Vale, está bien. Seguro que me quedé con la sangre en el ojo porque desde hace unos años tengo ese trabajo, hago editing.

 

Contrastes borgianos

“Norah, en todos nuestros juegos, era siempre el caudillo; yo, el rezagado, el tímido y el sumiso. Ella subía a la azotea, trepaba a los árboles y a los cerros; yo la seguía con menos entusiasmo que miedo. En la escuela el contraste se repitió. A mí me intimidaban los chicos pobres y me enseñaban con desdén el lunfardo básico de aquellos años; no dejaba de sorprenderme que en casa no me hubieran instruido en las voces más comunes del habla. Mi hermana, en cambio, dirigía a sus compañeras. A algunas, las más tontas, les refería complejas y disparatadas historias que ellas no han acabado aún de entender. Nuestro breve universo era cerrado. En casa tuvimos libertad, no fuimos asediados con restricciones; mi padre, profesor de Psicología, creía que son los chicos los que educan a los mayores. Con una de nuestras abuelas hablábamos de un modo y con otra de otro; el tiempo nos enseñaría que esos dos modos eran la lengua castellana y la lengua inglesa. Cuando era muy niña Norah no aceptaba una golosina si no me daban la mitad”. (Jorge Luis Borges, Norah, fragmento, 1974). 


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