viernes 01 de julio de 2022
CULTURA instalación

Líneas de fuga

Cuatro pinturas sobre tela, dos estructuras de hierro, un texto que remite a un libreto teatral y una serie de intervenciones performáticas llevadas a cabo por dos intérpretes. En eso consiste (o eso comienza siendo) la instalación “La casa de fuego/La casa en llamas”, que Leila Tschopp presenta en la galería Hache hasta fin de año.

05-12-2021 03:46

Cuando vi la muestra Movimientos dominantes en la sala 3 del Centro Cultural Haroldo Conti en 2016, pensé (y escribí) que Leila Tschopp coreografiaba una danza para su pintura geométrica que ya se ha librado del cuerpo, pero no del movimiento. En esa exposición estaba lo que considero es una tesis sobre el movimiento que ella misma pensaba desde la pintura. 

Ahí los cuerpos estaban sugeridos, sobre todo desde las referencias y evocaciones a Oskar Schlemmer (1888-1943), que hizo de la danza algo diferente y con el Ballet Triádico pensó la coreografía como un pintor, al tiempo que redefinía el cuerpo y el espacio y trazaba figuras geométricas exactas, grandes diagonales, círculos, y exageró perspectivas; inventó la stick dance, la danza de los palos, y revolucionó, en este sentido, al incorporar el movimiento en el análisis sobre el cuerpo y el espacio en la danza. La otra gran cita de esa exhibición era a Hélio Oiticica y sus Parangolés, esas capas dispuestas para albergar a los cuerpos en danza, de fiesta, en el carnaval. En ese lugar y para esa fecha, Tschopp citaba a los artistas, pero sustraía los cuerpos. En esa carencia estaba la clave.

Recuerdo que, en esa misma sala, el sol del mediodía lanzaba sus rayos por la ventana y había un paño rojo que colgaba como capa, como capote de brega (escribí en ese momento), y anticipaba una escena que se abriría, a modo de tobogán, para transportarnos a este mundo, que siempre cambia y está en movimiento.

Refiero a esa instancia, aunque también podría rememorar AMA, otra instalación con pinturas que hizo Leila en la galería Hache, donde ahora está mostrando La casa de fuego/La casa en llamas, ya que en ese momento, en 2017, el ambiente enrarecido y siniestro, en términos de lo doméstico conocido que se vuelve extraño, dominaba la escena de cuerpos ausentes hasta que una bailarina, Josefina Zuain, bailaba  sus líneas y sus colores y componía en el aire los trazos de sus objetos, al tiempo que reconfiguraba el territorio en términos de cambio para modelar una nueva sinfonía cada vez; esto también fue lo que vi (y escribí) en ese momento.

Lo primero que pienso, entonces (y escribo ahora), es que los rayos del sol que entraban por esa ventana en el Conti se quedaron impregnados en sus nuevas pinturas. Los tres de gran formato que cuelgan, abiertos, en chanfle, pendulares, de las paredes de la galería, son ventanas imaginarias a un sol pleno que se trasluce por las rejas y refleja el corte perfecto de su sombra. 

Ese es el color mostaza de Leila, pienso, que se mezcló con el sol del Conti y se quedó en el cuadro. Además, está el rojo de ese teloncito; una capa que estiró, combinó y ahora pinta las paredes de la sala. Una que está partida al medio y se conecta por el color, las pinturas, pequeños cuadritos con textos que son, al menos para mí, una suerte de didascalias para una obra futura y en potencia.  

Los dos ambientes de esta casa-sala roja en llamas, separados por una pared, conectados por dos aberturas, albergan dificultades: está un poco oscuro, otras construcciones de hierro como vallas entorpecen el acceso. La ropa tirada y unos mantos, dorado y plateado, evidencian presencias anteriores, ausencias futuras. El presente se descongela por la acción de dos performers, Violeta Ferrari y Priscila Velasques, con la dirección de Ximena Romero. Un ida y vuelta incesante, la respiración y el taconeo, encontrarse y perderse, volver a verse para esconderse, cada una a su modo en los mantos. Para enrollarse, de un lado, y cubrirse, del otro, como una muerta y resucitar para ser un alien, un organismo vivo que inhala y exhala y se hace un ovillo en la tela. 

Vuelvo a AMA, la sigla con la que llamó a su muestra; si en ese entonces, Tschopp, como contrapunto de esta potencia artística, de la inestabilidad del sentido que es la instalación, ajustaba en sus cuadros, en la otra parte de la sala, un catálogo de imágenes, ahora la pintura, los cuerpos y el espacio pueden andar solos. No hace falta un manual de instrucciones ni fijar un procedimiento. Porque la multiplicación y la proliferación no desestabiliza la mirada. En todo caso, la experiencia es un túnel oscuro que necesita que el ojo se vaya acostumbrando, consiga claridad, reconozca el sendero que es, en definitiva, el sentido, el significado, el alumbramiento, la luz, el fuego, el origen y el final. 

Una vez más, la cita que viene de maravillas para la operación que hace Leila, la misma que me sirvió para pensar (y escribir) sobre sus obras. La de Gilles Deleuze, claro está, la que define rizoma, al tiempo que lo ata al concepto de fuga; la que dice así: “El rizoma procede por variación, expansión, conquista, captura, inyección. Contrariamente al grafismo, al dibujo o a la fotografía, contrariamente a los calcos, el rizoma está relacionado con un mapa que debe ser producido, construido, siempre desmontable, conectable, alterable, modificable, con múltiples entradas y salidas, con sus líneas de fuga”.

 

La casa de fuego/La casa en llamas

De Leila Tschopp.

Curaduría y texto: María Fernanda Pinta

Galería Hache, Loyola 32

Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Hasta diciembre de 2021

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