CULTURA
padres y bebés

Ningún ardor paterno

Muchas cosas no existen no porque nadie se atrevió a hacerlas, sino porque sencillamente no se puede hacerlas. No hay literatura sobre la relación hombres-bebé porque cuando trata de verbalizarse, es decir de convertirla en objeto artístico, se corre grandes riesgos de fracasar. Como es el caso de “Umbilical”, de Andrés Neuman (Alfaguara, 2022), un intento narrativo-aforístico fallido, repleto de lugares comunes y tópicos, corrección política y trivialidad. Como dice el autor de esta crítica: no se hace literatura con buenas intenciones.

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Outland. | Berkeley Breathed

Outland es una historieta derivada (en esos casos se suele hablar técnicamente de spin-off) de otra, Bloom County, escrita y dibujada por Berkeley Breathed entre 1989 y 1995 (Bloom County siguió saliendo hasta 2021). Solía consumir con avidez esas historietas en Italia, publicadas por la mítica revista Linus, a comienzos de los 90. Ronald-Ann Smith, una niña que se encuentra en “el lado equivocado de las vías” (he ahí el origen de una expresión que suelo usar y que muchos creen que es mía) en el condado de Bloom, entra a través de una puerta mágica en un callejón mugriento que desemboca en un mundo alegre, lleno de “árboles de algodón de azúcar”, conocido como Outland. Hay muchos personajes extraños en la historieta, que se mueven en escenarios extraños: Bill, un gato atigrado desaliñado, perpetuamente mordido por las pulgas; Hodge-Podge, un conejo conservador y fanático en varios temas, a pesar de que (o mejor dicho precisamente porque) es extremadamente ignorante sobre esos mismos temas; Portnoy, una marmota (eso se supone), que a veces se parece a una ardilla, a un puercoespín y a una zarigüeya, que vive enojada; Oliver Wendell Jones, un joven pirata informático y un científico talentoso con un historial criminal bastante extenso que una vez intentó poner fin a la Guerra Fría poniendo en la tapa del Pravda el titular: “Gorbachov insta al desarme: ¡Total! ¡Unilateral!”, pero cuya traducción defectuosa hizo que el titular dijera: “Gorbachov canta tractores: ¡Nabos! ¡Nalgas!”; Opus, un pingüino de nariz grande adicto al arenque, ingenuo, desesperanzado pero a la vez falsamente optimista, que perdió el rastro de su madre durante la Guerra de las Malvinas (él es el centro de la historieta); Cutter John, un veterano de Vietnam en silla de ruedas, antibelicista y asiduo consumidor de la saga de Star Trek; Steve Dallas (físicamente parecido al propio Breathed, el creador de la tira), abogado, mujeriego, fumador empedernido, machista e irresponsable, que pasa casi todo el tiempo tratando de seducir mujeres o tramando planes para hacerse rico rápidamente. Hay más personajes, pero esos son los más recurrentes. La historieta, como se puede intuir desde el comienzo, debe mucho a Alicia en el país de las maravillas, solo que en Outland no ocurren cosas maravillosas. Por el contrario, todo es demasiado ordinario, o en todo caso lo único maravilloso es la existencia de esos animales parlantes conviviendo con humanos demasiado humanos. 

Las historias ocupaban solo un par de páginas, y eran inquietantes, como la mayoría de las fábulas, e imprecisas, como las buenas poesías. Rara vez aludían a sentimientos, emociones humanas, doctrinas y posiciones políticas de modo deliberado, abierto y solidario, sino que se refería a ellas de manera sinuosa, subrepticia, como ocurre en las buenas moralejas. 

Recuerdo una tira en particular, en la que Steve Dallas reaparece luego de una larga ausencia, para alegría inmensa de Opus, una visita del pasado, como suele decirse, solo que en ese lapso de tiempo pasaron muchas cosas: Steve Dallas se casó y tiene un hijo. Opus, que sigue soltero, queda fascinado con el rotundo cambio de su amigo. Steve Dallas comienza a contarle lo increíble de la expriencia de ser padre, y un cartel, que oficia como nota bene, del que sale una flecha que señala a Steve, dice: “Ardor paterno”. Setenta y tres horas después, Steve sigue hablando de su hijo, pero Opus ya no está tan fascinado y se dice a así mismo “Trataré de cambiar de tema”, y ataca con: “¿Qué me dices de Nelson Mandela?”, a lo que Steve responde: “¡Si Mandela fuese blanco, calvo, y midiera 50 centímetros, se parecería mucho a mi niño!”. Steve Dallas hace un inventario de las vivencias reveladoras y excitantes que acaba de vivir, cómo lloró la primera vez que su hijo vomitó, la experiencia que significa cambiar los pañales, etcétera. Opus, harto del discurso de Steve Dallas, da un diagnóstico, y lo dice: “¡Es el síndrome del discurso sobre el neonato!”, algo de lo que en algún momento debe haber oído hablar y que muchos de nosotros, en algún momento, al igual que Opus, sufrimos. Un cartel, idéntico al anterior, señala esta vez a Opus, y en su interior dice: “Ningún ardor paterno”. La historia termina con Opus extendido en el suelo, como un Cristo sin cruz, posición que adopta cada vez que la realidad lo supera y está pensando en suicidarse, mientras Steve Dallas continúa: “¿Te conté de la vez que lloré...?”

Esta pequeña introducción sirve como primera aproximación a Umbilical, de Steve Dallas, quiero decir de Andrés Neuman. Se trata de un libro pequeño, de poco más de cien páginas, que se lee en apenas una hora de corrido, y que reúne todos los lugares comunes y todos los tópicos del discurso oral del ardor paterno conocidos, solo que hasta ahora, que sepamos, nadie se había atrevido a ponerlo por escrito. Hay razones para que eso fuera así, y supongo que hay razones para que Neuman-Dallas haya decidido escribir un libro como ese, pero si en el primer caso es psicológicamente comprensible que algo de este tipo ocurra cuando estamos frente a un padre que asiste al desarrollo de su retoño, al nacimiento de su bebé y a sus primeras manifestaciones humanas, es absolutamente incomprensible que alguien pretendiera plasmar esas vivencias por escrito. Porque no hacen falta setenta y tres horas para que el lector se proponga cambiar de tema, en ese diálogo mudo y poco equitativo que mantiene con el libro. 

Es interesante comprobar que solo los verdaderos escritores son capaces de escribir libros verdaderamente deplorables, y son ellos (a veces no solo ellos), los que pueden ver, como los locos, ciertas cosas como posibles. Le pasó a Ian McEwan con Cáscara de nuez, novela narrada por un bebé dentro del vientre de su madre. No le pasó en cambio, muchos años antes, a Laurence Sterne, que hizo que el caballero Tristam Shandy comenzara el relato de su vida desde el vientre de su madre. Pero por alguna razón la de McEwan es una de las peores novelas que escribió, y de Vida y opiniones del caballero Tristam Shandy hay que decir que el recurso le funcionó, si tenenos en cuenta que en la novela el caballero nunca acaba de nacer, y son pocas las cosas que sabremos de sus “vidas y opiniones”. 

Sin embargo, Neuman creyó que era bueno sumergirse en semejante proyecto, cosa que no tiene nada de reprochable; lo que sí lo tiene es que una vez concluido lo haya vuelto a mirar y se haya dicho que algo así era bueno. 

Neuman sabe lo cerca que se mueve de la banalidad y los tópicos, y cree que es capaz de eludirlo recurriendo a la imprecisión. Pero a juzgar por los resultados, el recurso falla. Los textos que componen Umbilical, brevísimos, son de los típicos que pueden definirse no prosa poética, sino prosa con pretensión poética. O mejor: aforística, porque aspira al concepto, a la definición, a la descripción certera y final. Es cándido y trivial. Por ejemplo, la posición fetal es llamada “yoga primigenio”; el sexo del retoño, “garabato genital”; el niño que crece en el vientre es un “granito de arroz”, un “pez de pentagrama”, un “ciclista nocturno”; la madre, “no su creadora, sino su anfitriona” (aunque si debemos creer al autor ese intento pertenece a la madre misma, pero la madre no es escritora, por lo queda exceptuada de toda crítica); el bebé “trae calor”; y el padre llora, porque no se es un verdadero varón deconstruido si en algún momento no se llora. Se trata de un bebé que será bienvenido, y eso lleva al autor a decir: “no sé si a mí me bienvinieron”. Avanza por la negativa: el niño no es frágil, lo son sus padres; nace el padre, no el hijo; y así sucesivamente. En cada página hay una trivialidad momumental. Y muchas preguntas. Porque los padres primerizos se hacen preguntas. ¿O no?

Hay una continua apelación a los lugares comunes, enunciados como si fuera la primera vez: “No veo bien tu cara, pero te me pareces”; “la piel es un cristal que tiembla entre mis dedos”. La madre estornuda: “la matria se estremece y él vive en su epicentro”. El niño dentro del vientre da patadas: “bultos sorpresa, intermitencias en la veloz barriga de tu madre”. El bebé en el vientre bosteza: “ya la vida te aburre, porque vives”. A veces le habla al bebé, a veces al lector. Por ejemplo: “Dormimos de perfil, con tu vientre en el hueco de mi espalda, para que permanezcas entre nuestros cuerpos. Te abrigamos un poco entre paréntesis, bocadito de tiempo, y siento tu alboroto recorriendo este cordón de vértebras que pronto te alzará. Así se me acumula el futuro en la espalda.”

Tenues referencias a Ricardo Montaner: “Te hecho de menos sin siquiera conocerte”. Mensuración neonatal: “Acomodo tu ropa: mido tu forma ausente”. Magia o religión pedriátrica: “Te invocamos dudando si vendrías”. Teatro brookiano: “Tu cuna vacía colma todo el cuarto”. Muchas de estos aforismos van a terminar escritos en las pancartas celestes: “–¿Y cuándo llega al mundo? –Ya está en el mundo.” Reminiscencias a Joan Manuel Serrat: “No es lo mismo esperar que imaginarte, un fin que el horizonte”. Regla de tres simple: “Como no tengo madre, vos no tenés abuela. Me estás dejando huérfano de nuevo, hijo, por puro amor”. Y la infaltable oda al excremento: “Tu esfínter es un himno, está siempre cantando lo que expulsa”. 

Hay muchas preguntas: “¿Qué intuyes que te aguarda en la frontera? ¿Cuánto sabes del mundo que no sales?”; “Cómo puedes tener todo en su sitio, tan recién hecho pero terminado? ¿Dónde estaba el boceto de tus exactitudes? ¿Qué artesanía mínima te hizo?”; “¿Cuánto nos queda de cada experiencia que se va desprendiendo?”. El padre baila ante el recién nacido: “Te divierte que baile para ti, aunque no sé (sic) bailar. ¿Será la maravilla de lo bípedo? ¿O acaso te consuela mi torpeza?”. Bolero pedriátrico: “¿Cuánto sabes de ti, qué supones de mí?”. Física elemental: “Mi hijo es un vampiro de ida y vuelta. La energía que absorbe es la misma que irradia”. Basta.

En literatura las buenas intenciones no cuentan. Incluso siendo bienintencionado un texto pretendidamente tierno adquiere ribetes de pedofilia intrafamiliar: “Cuando hacemos lo mismo que te hizo, cuando estamos a solas en tu leve compañía, cuando nos apretamos uno contra la otra y nos hacemos síntesis, cuando entro en tu madre y de algún modo, hijo, también ingreso en ti...”

En una entrevista reciente, a propósito de la salida de Umbilical, a Andrés Neuman le resultaba inquietante que en la literatura haya tal silencio respecto a la relación entre hombres y bebés. La respuesta la dio Roland Barthes, hace mucho tiempo, y no tiene nada de inquietante: no se puede hablar de lo que se ama. Es decir, no se puede hablar sin apelar a las trivialidades y a las estupideces. El amor obtura, no abre, no magnifica; el amor nos hace más tontos, no más inteligentes. El amor nos hace cometer errores. 

Finalmente, el niño nace. Y al final del libro, brevemente, el recién nacido habla. Pero lo que dice muestra y no difiere. No tendría por qué diferir, si el que habla sigue siendo el que escribe. 

Tal vez éste habrá sido el primero y el último intento de romper el silencio respecto a la relación hombres y bebés. Es hora de apelar a esa advertencia que en ocasiones vemos en televisión, pero raramente en literatura: “No lo intenten en sus casas”.

Hay mucho ardor paterno en este pequeño libro; es una muestra perfecta del síndrome del discurso sobre el neonato, y por eso mismo, leyéndolo, me hizo sentir como Opus el pingüino, tirado en el suelo, con los brazos abiertos en cruz, deseando la muerte, mientras Steve Dallas dice tonterías y un cartel con una flecha que me señala dice: “Ningún ardor paterno”. Ningún ardor, entonces.