CULTURA
Entrevista a Tomás Abraham

Un cuerpo lleno de ideas

En los años ochenta fundó el Colegio Argentino de Filosofía, la Cátedra de Filosofía en el Ciclo Básico Común (CBC), el Colegio Argentino de Filosofía y el Seminario de los Jueves, en el que durante décadas distintos actores se reunieron semanalmente a estudiar y debatir. Su último libro publicado, en 2023, se titula Diario de un abuelo salvaje, pero su imagen se parece más a la de un guerrero del pensamiento que contagia entusiasmo, que a la de un típico abuelo. ¿Cómo definir entonces a Tomás Abraham? Bisagra, tensiones, invenciones, voz propia, oficio, filosofía son algunos de los términos que podrían ayudarnos a realizar una aproximación a su figura. Diálogo fecundo con un intelectual infatigable y polifacético.

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Tomás Abraham. | néstor grassi

Primero fue un cruce de mensajes por redes sociales, a propósito de un texto sobre el filósofo (una suerte de perfil) publicado por este cronista en un portal; luego un intercambio muy breve de mensajes por WhatsApp para coordinar una reunión presencial; más tarde un encuentro en su estudio, pautado con un horario de inicio pero no de finalización. El día en que lo visité era la primera vez que lo veía en persona; más allá de que lo había leído en muchas ocasiones y escuchado en radio, en podcasts, o visto en videos de YouTube, nunca había asistido a sus cursos y charlas o presentaciones de libros. Me recibió con un apretón de manos, me despidió con un abrazo. intercambiamos libros, hablamos de filosofía durante horas, nos reímos. Ese día, de todos modos, no filmamos, no grabamos, no tomé apuntes, como suelo hacerlo, en una libreta o un cuaderno. Solo conversamos. “Sobre todo esto que me proponés para la entrevista necesito pensar, y para eso necesito un tiempo”. Después cruzamos nuevamente unos e-mails y sobre ese intercambio surge este texto de diálogo sobre la historia, actualidad y porvenir de la filosofía. 

 

Un hardware del pensamiento

Filósofo, escritor, docente serían las figuras que mejor nos permitirían definir a este hombre polifacético que ha entregado gran parte de su vida a tratar de pensar, sea al escribir un libro o columna periodística o al hablar en un aula, una sala de conferencias, o un estudio de radio o de televisión. Parece sencillo, pero vaya si esas actividades implican una gran dificultad. Es que no es fácil pensar, sumergidos como estamos en el reino de la opinión, de la facilidad y de la sordera que implica el sostenimiento de monólogos sin conversación. Pero en Abraham, para quien la filosofía implica problemas y confrontación de ideas, no parece poder llevarse adelante este oficio sin discusión: con quienes se ha leído, con quienes se charla.

En los años 80 fundó el Colegio Argentino de Filosofía (espacio que dirigió hasta 1992), la Cátedra de Filosofía en el Ciclo Básico Común (CBC), el Colegio Argentino de Filosofía y el Seminario de los Jueves, en el que durante años se reunieron semanalmente a estudiar, debatir y elaborar propuestas que en más de una ocasión derivaron en la publicación de libros. Durante la primera mitad de la década del 90 se dedicó de lleno al proyecto de la revista La Caja, que llegó a editar diez números. Para entonces ya era un personaje público, en una década en la que publicó varios libros y apareció su nombre en la columna de varios medios de comunicación, desde El Porteño hasta la revista de cine El Amante. Durante los años kirchneristas participó fuerte de los debates políticos de la coyuntura, pero luego realizó una suerte de movimiento de repliegue. Durante estas últimas cuatro décadas publicó una treintena de libros y cientos de artículos en diarios y revistas. Fue invitado a otros países a dictar cursos y llevó adelante en Argentina numerosas charlas y conferencias, en las que la filosofía siempre estuvo en el centro de la escena. 

Tomás Abraham: “Se ha despreciado el estudio en nombre de nada”

Para Abraham, la filosofía conforma uno de los núcleos duros del pensamiento, como pueden serlo las matemáticas. Una suerte de hardware, más allá de que la primera sea parte de un arte del pensar y la segunda, una disciplina científica; un arte que se compone de ideas, como la música lo hace con notas. “Las ideas son imágenes visuales y acústicas que reúnen singularidades lingüísticas en conceptos”, sostiene este escritor húngaro-argentino, y se apresura en aclarar: “Estas ideas no se escriben con mayúsculas, como se cree. No son el Bien, la Verdad, lo Bello. No son universales abstractos. Se trata de soplos pensantes que emergen en cualquier género”. Desde esta mirada, la filosofía no es un género en sí mismo, sino que se expresa en aforismos, tratados, sistemas, ensayos, diarios… Y también se hace presente en novelas, cuentos o poesías. “Se ofrece por retazos. No tiene por qué venir toda junta ni con una nomenclatura o jerga específica”, remata. 

 —¿Y cuál es el modo específico en que usted entiende la filosofía?

—Mi trabajo filosófico se inspira en cuatro fuentes. Una es la de la road movie, que a su vez nace en Jack Kerouac. Un viaje, el cruce de caminos, bifurcaciones y obstáculos. En Hermann Hesse y el Bildungsroman, las novelas de aprendizaje. Una educación. Un ser que se hace a sí mismo por sus encuentros y conflictos con otros. En Gilles Deleuze y su idea de rizoma. Me refiero a la importancia del azar. La bienvenida de lo inesperado. El seguimiento de una línea de fuga que busca las salidas. Y en los muralistas mejicanos, como Orozco y Rivera, la exposición de una historia en simultáneo, tiempo horizontal. El destino. Como decía Séneca: “Hay azar, hay destino, filosofemos”.

 

El trabajo del duelo

“El duelo por la muerte de Hegel debe terminar”, sostiene Abraham, quien subraya que no podemos andar por la vida actual llorando la falta de un Napoleón, es decir, de un Gran Jefe o Gran Sabio. Eso equivaldría a vivir como en un sainete grotesco, en el que se lamenta de que no haya más utopías ni valores de un supuesto pasado.

Michel Foucault definía el nihilismo con una pregunta: ¿qué tipo de vida podemos imaginar si no hay Verdad? El docente y escritor la rescata para insistir en la idea de que no quiere decir que todo dé lo mismo, sino por el contrario, que se trata de afirmar valores de vida, de libertad, sin que los justifiquen fundamentos trascendentes, salirse de uno mismo sin saber muy bien hacia dónde, porque si algo enseña la filosofía es que hay tantas respuestas como puntos de partida, porque desde esta perspectiva la única trascendencia es la del punto de partida. 

“La filosofía en su primer envase, me refiero a Platón, no tiene fecha de vencimiento. Mientras haya escritura hay filosofía porque hablamos de un arte de la ignorancia. Del solo sé que nada sé socrático. El día en que todo se sepa porque todo se pueda, ya no habrá humanidad. La Tierra será un planeta muerto. Las concepciones del mundo y las visiones integristas o totalizadoras están en los depósitos de las sectas. Cada vez hay más mercancías salvíficas. No esperemos grandes sistemas ni grandes maestros”. 
 

Clásico y contemporáneo

Abraham comenta que, si bien no tiene tiempo ni ganas de interactuar o participar en discusiones sobre la actualidad, lo cierto es que las redes sociales se han transformado en lo que entiende es un nuevo canal para difundir su trabajo. “Últimamente he usado las redes con más insistencia”, dice, y cuenta que desde hace dieciséis años mantiene abierto su blog, Pan Rayado, en donde publicó más de mil textos de su autoría, anticipos de próximos libros, un work in progress, y en el cual hay subidos casi una docena de libros suyos, que pueden descargarse de manera gratuita. Desde hace cinco años también publica textos en Facebook y más recientemente comenzó a tener presencia en Instagram. En octubre de 2022 estrenó en su canal de YouTube la serie Mis libros, realizada por el profesor Gustavo Romero, que cuenta con veintisiete capítulos de una hora y media cada uno (también allí pueden encontrarse algunos ciclos de clases y conferencias). Durante la pandemia organizó un seminario virtual de filosofía, “El filozoom”, que duró un año y contó con varios invitados, dedicado a pensar la Década Infame, el período histórico argentino que va de 1930 y 1943. Así y todo, dice, ahora tiene ganas de volver a dar clases presenciales. 

 

—¿Cómo cree que debería posicionarse el modo clásico de ejercicio de la filosofía (clases presenciales, libros y revistas) ante estas nuevas formas de circulación de la palabra, en formatos donde prima la imagen, la brevedad, la instantaneidad?

—El modo en que concibo la filosofía es como un trabajo. Es un aprendizaje basado en la lectura, en la escritura, en la oralidad, en base a discusiones y exposiciones. Su mejor implementación se da en el Seminario, en el que hay un director que es, además, alumno que coordina la práctica grupal. Debe tener ejes temáticos y una regularidad sin fallas. Lo llevé a cabo desde que ingresé como docente en la Universidad de Buenos Aires y, antes, en el Colegio Argentino de Filosofía y el Seminario de los Jueves. Fueron treinta años de reuniones semanales, que entre otras cuestiones dejaron siete libros publicados, con decenas de autores. Cuando vuelva a dar clases presenciales, veré qué modificaciones existen en las nuevas generaciones. Yo soy un profesor clásico en el sentido de que me gustan el pizarrón, la tiza y el borrador, me gusta que los alumnos me miren cuando hablo, que no usen celular, que no tomen mate. Para mí una clase es como un concierto: exige escucha, concentración y un aquí y ahora total.

—¿Qué cree que tiene para aportar la filosofía, tal como usted la entiende, la vida en este mundo contemporáneo, y cómo puede expresarse?

—La filosofía no existe como existió en el siglo XIX, eso está claro. Michel Foucault decía que buscaba fragmentos filosóficos en el terreno de la historia. Wittgenstein elaboró fragmentos filosóficos a partir del habla cotidiana y Heidegger, los suyos en las espiritualidades griegas. 

Filósofos de hoy hablan en exceso sobre las enfermedades del presente. Llámese era del vacío, la del cansancio, la del hiperconsumo, la vida líquida, la posverdad. Siempre hablan de la salud, de la de ellos. Los filósofos del siglo XVIII y XIX, aquellos grandes, nos hablaban desde la enfermedad, también la de ellos. La enfermedad de Nietzsche, la de Kierkegaard, nadie puede decir que Schopenhauer difundía y disfrutaba de una vida feliz. Ni hablar de Rousseau. Eran sabios y místicos tullidos. Comte se quiso matar. Marx, cambiar el mundo de una buena vez y para siempre. La enfermedad es una gran consejera. Gombrowicz sabía lo que decía cuando se burlaba del ser para la muerte de los filósofos. La enfermedad es el sitio del que brotan los pensamientos. ¿Conocen a Kafka? ¿Deleuze, el tuberculoso? ¿Dostoievski? ¿Poe? Ah, son escritores, ¿y quien dice que los mejores fragmentos filosóficos no puedan estar en cierta literatura?   

Tomás Abraham

La filosofía es un género literario. Lo inventó Platón. Desde mi punto de vista, el ensayo es el género que mejor le cuaja y con el cual puede seguir desarrollándose. El ensayo es pariente de la novela. Dice Alfonso Reyes: “El ensayo es el centauro de los géneros, donde hay de todo y cabe todo, propio hijo caprichoso de una cultura que no puede responder al orbe circular y cerrado de los antiguos sino a la curva abierta, al proceso en marcha, al etcétera”. Y agrega Octavio Paz: “El ensayista tiene que ser diverso, penetrante, agudo, novedoso, y dominar el arte difícil de los puntos suspensivos. 

No agota su tema, no compila ni sistematiza, explora… La prosa del ensayo fluye viva, nunca en línea recta. Equidistante siempre de los dos extremos que sin cesar siempre la acechan: el tratado y el aforismo. Dos formas de la congelación”.

Cuando se define el arte de la novela, se dice más o menos lo mismo que se dice para definir el ensayo. El Sartre de El idiota de la familia, en sus tres tomos inacabados, dice en su soberbio parecer que es una novela, porque allí hay de todo. El ensayo entonces puede ser novelesco, abarcar un proceso abierto indecidible, o limitarse y escribirse con la estructura narrativa de un cuento. 

 

Democracia y vida nacional

Para 1983 Abraham tenía 37 años y, si bien había estudiado filosofía en Francia y viajado por algunos lugares del mundo, su vida estaba aún más vinculada con la tradición paterna del negocio textil (producción de medias) que con la filosofía. Sin embargo, durante los últimos años de la dictadura, había coordinado algún grupo de estudios al que asistieron personas que serían claves en la reorganización del currículo de la Universidad de Buenos Aires en los años por venir. Esas circunstancias, sumadas a un intenso trabajo terapéutico (psicoanalítico), lo llevaron a empezar una nueva vida cuando estaba por ingresar en la cuarta década de existencia. 

—Cumplidos cuarenta años de democracia en Argentina, ¿cómo ve en retrospectiva lo que ha sido la enseñanza de filosofía en la universidad pública?

—He llevado a cabo una labor particularmente intensa en la Universidad de Buenos Aires desde el 24 de abril de 1984 hasta mi jubilación, en diciembre del 2015, tanto en la Facultad de Psicología como en la Facultad de Arquitectura, así como también dicté cursos en otras facultades. Pero mi casa matriz fue el Ciclo Básico Común, como para otros. Difundí la obra de Michel Foucault cuando no era conocido por nadie y la población universitaria, docentes y alumnos, eran peronistas, marxistas o liberales, y rechazaban mi trabajo sobre su pensamiento por extranjerizante y petardista. 

Por eso me quisieron echar, aunque no pudieron. Enseñé en la cárcel e hice conocer las monografías de mis alumnos de la cárcel de Devoto a los alumnos del CBC, para que vieran lo que puede hacer el estudio en situaciones de encierro. El día de un aniversario de la muerte de Foucault, mis alumnos esposados hicieron una mesa redonda en el Centro Cultural Rojas ante el espanto de las autoridades de la Facultad de Psicología, que esponsoreaba el evento.

Formé una cátedra rompiendo todos los protocolos de la universidad, con docentes sin estudios universitarios, a veces sin el bachillerato aprobado, lo hice de acuerdo a su pasión por el estudio, por la entrega y por esa chispa que tiene quien quiere enseñar con todas sus energías. Hicimos del estudio un arte comprometido que nos permitió seguir aprendiendo y enseñando. 

Busqué compañeros y colegas en todos los ambientes: literarios, científicos, de la plástica, músicos, estudiantes, psicólogos, comerciantes, libreros, contadores, arquitectos. 

Tuve suerte. Me rodeé de talentos que les dieron a miles de estudiantes lo mejor de sí. Fue una gran vida filosófica que llevamos a cabo en nuestra universidad pública. Esa fue mi experiencia. 

 

Invenciones y legados 

Abraham prefiere los héroes a los ídolos, porque los ídolos empequeñecen. Nietzsche, pero sobre todo Sartre (el joven Sartre), y más aún Deleuze y Foucault (de quienes tanto escribió), le permitieron abrir caminos. Leerlos fue en su vida una suerte de alimento que fortaleció un cuerpo de ideas para llevar adelante la escritura. Casi que nos vemos tentados a decir “sus maestros”, aquellos que con su escritura, sus cursos, su quehacer filosófico, lo invitaron a ingresar a su mundo, a partir del cual fue posible gestar otro propio.

 

—Por último le quería preguntar qué es lo que más rescata de lo que fue su “atípica” formación filosófica…

—Rescato todo. Fui alumno de la universidad francesa antes y después de su demolición, en 1968. Fue un milagro. De una universidad vetusta, burocrática, solemne, anacrónica, apática, el Mayo Francés abrió un boquete de libertad. 

Se fundó la universidad de Vincennes y aparecieron Foucault, Badiou, Rancière, Balibar, Châtelet, Guattari, Deleuze, Poulantzas, Leclaire, en un clima delirante, caótico, en donde un alumno como yo, ávido de filosofía, corría de un claustro a otro para pescar palabras maravillosas antes de que el bullicio asambleísta las hicieran callar.

Esas palabras me las traje a la Argentina y durante doce años las regué en soledad hasta que la dictadura se retiró de la escena política, vino Raúl Alfonsín, y me presenté para ofrecer mi trabajo. Pude cumplir el sueño de toda mi vida: ser profesor de Filosofía. 

¿Lo que rescato? No haber cedido en mi deseo.