Después de Qatar y antes de este Mundial tripartito estuve en Bangladesh. Fue mi país número 158 de los 162 que ya pisé y en ninguno, absolutamente en ninguno – ni parientes o amigos – me recibieron con tanto alborozo y tanto calor humano, no más presentar el pasaporte argentino. Jamás vi la argentinidad celebrada con semejante entusiasmo. Me corrijo: con semejante amor. Porque nos aman de verdad.
¿Por qué nos aman tanto? Esa fue la pregunta que me hice durante años y la que me llevó hasta Bangladesh. Fui para entender a ese pueblo distante, porque no nos ama una barra futbolera, nos aman todos, absolutamente todos. Fui para conocer esa cuasi utópica “cosanguineidad emocional”, para encontrar una respuesta a aquella pregunta y, consecuentemente, para escribir un libro que todavía no concluí porque la vida suele anteponer las urgencias al amor.

Llegué desde la India sin visa. Sabía que en el aeropuerto Hazrat Shahjalal, en Dhaka, la capital, obtendría la visa on arrival. Y fue, ya allí, donde comenzó una aventura de afecto desmesurado. El oficial migratorio me estrechó la mano como si estuviera saludando a la reencarnación de Maradona. Su asistente, en cinco minutos, completó por mí el formulario porque yo era “hermano de patria de Messi”. Ambos me acompañaron a recoger mi carry-on y me despidieron con abrazos, sonrisas y elogios. Hasta ese momento yo no había hecho nada para merecer nada, salvo presentar el pasaporte y manifestar mi “esperada sorpresa”.
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Desde ese instante y hasta partir, Bangladesh fue mi patria. Su bandera se volvió mía y su pobreza se me incrustó en el alma. A veces doliéndome por la injusticia que los condena, otras veces maravillándome por la envidiable y genuina felicidad que brota de ella, a pesar de ella, y que se refleja todo el tiempo en centenas de sonrisas. Las sonrisas siempre son muchas. El país de los mil ríos tiene un territorio igual al de Mendoza, pero alberga una población equivalente a la de Rusia y Chile sumadas. Así, nadie está solo en Bangladesh. Todo es amontonamiento. Y, curiosamente, entre personas siempre sonrientes, casi nadie sonríe para las fotos. Para la mayoría, que ni siquiera tiene un celular, el retrato sigue siendo un momento solemne.
Afuera del aeropuerto me esperaba Sajib Sajib, el guía que me acompañaría durante toda la travesía. No pudo ingresar al edificio porque en casi toda Insulindia los acompañantes tienen prohibido entrar por razones de seguridad. La región vive bajo la sombra permanente del terrorismo, especialmente de los Tehrik, los talibanes pakistaníes.
A partir de ese mediodía viví una semana larga recorriendo Bangladesh con una emoción constante, difícil de explicar y más difícil todavía de comparar. Nada es igual al sentimiento que se expresa por nosotros en ese país olvidado por todos y subyugado, aún hoy, por muchos.
Lo primero que Sajib Sajib comunicaba a cada persona que conocíamos era que yo era argentino. Entonces llegaban los abrazos interminables (si uno no da un paso hacia atrás, el abrazo puede ser infinito). Como buen guía y espectacular persona, me pidió que no vistiera camisetas de la selección argentina porque mi fisonomía occidental revelaría enseguida que no era local y terminaría siendo asediado como si fuera Messi. Se equivocó al creer que eso me salvaría. Fui asediado igualmente. Me tocaban como si estuvieran tocando a “La Pulga”. Hasta firmé autógrafos. Miraban mi nombre como si fuese la página más importante del Corán.

Conocen a nuestros futbolistas de los últimos cuarenta años mejor que nosotros mismos. La llama de su amor por Argentina nació el 22 de junio de 1986, cuando '‘La Mano de Dios”, y nunca volvió a apagarse. Pero esa historia merece un libro entero y por eso la dejaré para esas páginas que todavía me esperan. Hay tanto para contar...
Aquí diré que, como fui en el 9º mes del calendario islámico, el de Bangladesh fue el Ramadán más apetitoso de mi vida. Conmigo hacían excepciones. Por ser argentino, mis anfitriones se permitían ser un poco menos musulmanes durante algunos momentos del día. Son extraordinarios. No tienen nada, pero sienten tenerlo todo cuando juega Argentina. Un gol de Messi es parte del prometido viaje a Jannah – el cielo, según el Islam – para quien cumplió los cinco pilares, tuvo fe indeclinable, peregrinó a La Meca, obró bien y evitó pecar. Tal vez, ellos agreguen un sexto pilar: ver a Messi.

Bangladesh es un país pobre. Lo es siempre, casi sin alternativas, no tiene un Barrio Parque; lo es, incluso cuando uno se hospeda en el Hyatt, que así se llama el hotel y es de lo mejor que tienen… pero no es el Hyatt; es una copia fallida. También es un país poco agraciado desde el punto de vista paisajístico; sin embargo, puede ser el lugar más hermoso del mundo cuando quien lo contempla tiene ojos argentinos.
Nuestra mirada puede devolverles un poco de lo que nos cuentan sus corazones, porque ese amor solo lo expresan con nosotros. Jamás usted verá a nadie con otra camiseta de fútbol que no sea la celeste y blanca. Como ellos fabrican ropas por un dólar para las grandes marcas occidentales, las camisetas – truchas – allí se compran baratas, aunque para ellos nada es barato. Más, sí, hay muchas, muchas de verdad en las calles. Todos tienen una blanquiceleste.
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Son fieles. Se casaron con Argentina para toda la vida y hasta que la muerte nos separe. No son fake news esas imágenes que Instagram a veces nos acerca, con bangladesíes delirando con un gol de Di María o Messi, vistiendo ellos la celeste y blanco o plantando una bandera argentina en el techo de su casa. No es mentira, yo lo vi. Lo viví. Lo sentí. Por eso doy fe de que, salvo que en este mundial, en estos días, esta semana, algo haya cambiado, el video de Bangladesh brasilerizado que circula es fruto de la Inteligencia Artificial y no de la realidad.

No es Francia ni Holanda, pero vale más la pena visitar Bangladesh. No se come como en Italia o España, pero vale más la pena comer en Bangladesh. No se camina entre los espacios abiertos y ordenados de una ciudad suiza o sueca, pero vale más la pena caminar por Bangladesh. Es, probablemente, el mejor viaje que se le puede recomendar a un argentino. En época del Mundial debe ser un exceso. Nos esperan como a la llegada del Mesías, que para ellos es Messi. La pobreza hace que los televisores sean pocos, los bares quintuplican su capacidad, unos se sientan arriba de otros. Nadie pierde un solo partido de la Selección Argentina. Nadie deja de ver a “Lio”.
Por eso mismo hay una condición para viajar próximamente a Bangladesh: no vaya cuando Messi se retire, porque lo harán llorar como van a llorar ellos y como lloraron a Maradona. Al fin y al cabo, Diego fue el principal responsable de este amor sin fronteras, fue él quien dio el puntapié inicial.
Vaya. No se repita con Madrid o Miami. Lo van a recibir como lo hicieron conmigo.
Vaya a Bangladesh. Después me lo agradecerá.
LT