DEPORTES
Superliga

La guita o la esencia

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Florentino Pérez. El presidente del Real Madrid impulsó una Superliga, un apartheid del fútbol, pero se frustró. | CEDOC

Esta semana durante algunas horas presenciamos la Caída del Muro del fútbol. Era el final del deporte como lo concebíamos, el inicio de otra Era. Pero no fue nada. O sí: apenas una confusión deliberada, un intento frustrado por recaudar más, la debilidad de traicionarse por una montaña de dinero.

Porque en el frente y en el fondo del anuncio y la caída de la Superliga Europea siempre estuvo el dinero. Es un factor que está presente en cada negociación que los clubes más poderosos de Europa inician con sus Ligas, la UEFA o la FIFA.

Desde que la televisión representa un ingreso mayor que el de la venta de entradas o abonos; desde que las camisetas de Messi o CR7 se comercializan en Paris y en Bangladesh; o desde que Real Madrid, Barcelona o Manchester United tienen más fans globales que hinchas adentro de sus países, la tensión por saber quién es el verdadero dueño del circo dejó de ser una abstracción.

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El negocio internacional del fútbol generó en las últimas décadas una crema, una elite que domina los torneos domésticos y la mayoría de las copas continentales. Son algo así como los actores protagónicos o las estrellas de las películas y las series de televisión. Dicen que sin ellos, todo se caería.

Hay algo de egocentrismo en esas reuniones clandestinas de los 12 clubes que anunciaron un proyecto que duró 48 horas. Algo que Marcelo Bielsa sintetizó mejor que nadie: “La salud de la competencia es la posibilidad de desarrollo de los débiles, no el exceso del crecimiento de los fuertes”.

Quizás esta vez se llegó a una situación que nunca se había llegado. Pero el final fue el de siempre: de una u otra manera, nunca se termina de romper. ¿Por qué? Porque a ningún jugador, a ningún entrenador ni a ningún hincha le interesa crear un apartheid del fútbol, una burbuja de ricos que separa y aísla a los más pobres.

Son cuestiones que no desvelan demasiado al JP Morgan, que iba a desembolsar 4.200 millones de dólares para financiar a la Superliga, pero que sí preocuparon a actores impensados e indirectos en esta aventura separatista, como el gobierno de los Emiratos Árabes Unidos. El lunes, Boris Johnson avisó que si el City continuaba en la Superliga dañaría la relación entre el país de Oriente y el Reino Unido. Luego de un par de llamados, el City se retiró y empezó un dominó. 

Ahora habrá que ver qué sucede con los premios de la Europa League y la Champions. Porque no sería nada raro que toda esta revuelta termine en mejoras concretas anunciadas por la UEFA y la FIFA. “Es una discusión de dinero empaquetada en papel celofán”, dice un directivo que conoce el negocio. Y recuerda que hace algunos años, Boca, River y los clubes sudamericanos más importantes habían creado una Superliga sudamericana para competirle a la Libertadores. ¿Saben cómo terminó esa foto? Con la Conmebol duplicando los premios.