Pero si es un pibe, cómo va a jugar al ajedrez si es un pibe. Miralo al purrete, apenas 8 años tiene. Cómo le explicás lo que es un enroque, cómo hacés para que se quede como mil horas quietito, delante del tablero. Mirá, que elija lo que le gusta, ¡pero que juegue a la pelota, eh! Andá, nene, andá, armate un partidito. Y no te cuelgues, que en el fútbol llegan los que son perseverantes...
Cuántas veces Alan habrá escuchado frases como éstas. O, mejor dicho, cuántas veces sus padres habrán escuchado frases como éstas. Porque si hay algo que no cualquiera puede entender es que un deporte como el ajedrez lo practiquen pibes de apenas 6 o 7 años, esa edad en la que, por definición, todos los chicos son inquietos y dispersos.
Alan Pichot es uno de esos chicos que prefiere estar cuatro horas planeando un buen jaque que juntarse con sus compañeros de escuela para jugar a lo que sea. El domingo pasado ganó el V Magistralito Escolar de Ajedrez Miguel Najdorf que se disputó en el Shopping Abasto. El trofeo fue a parar a sus vitrinas, que ya parecen las de Boca: este año salió subcampeón argentino, campeón Metropolitano Sub 10 y ganó el primer premio del sudamericano Peoncitos. Y recién tiene 8 años.
Hay algo mágico y misterioso en la historia de Alan: empezó a jugar a los cuatro años, se obsesionó, prácticamente dejó toda actividad que no estuviera relacionada con el ajedrez y arrancó a competir; todo eso, dentro de una familia que apenas sabía cómo se movía un peón. Lo de Alan, está claro, no es genético. “El leitmotiv de su vida es el ajedrez –define Mariela, su madre–. Juega todos los días, y no va ni a los cumpleaños. El ajedrez lo fascina, es lo suyo.”
La historia de Melisa Driz es distinta a la de Alan. También tiene 8 años y también juega desde los 4, pero ella recibió un envión: empezó a jugar al ajedrez para “copiar” a su hermano mayor, Iván, que ahora tiene 12 años y compite de bien chiquito. Los padres de Melisa explican que lo de la niña es “menos profesional”, porque nunca tomó clases. “Su juego es más intuitivo –define Pablo, su papá–. Ni siquiera se prepara para los torneos. A veces le pregunto cómo va a jugar, si tiene alguna estrategia, y ella me dice ‘papá, voy a jugar’. Lo toma como un juego.”
El proceso de aprendizaje en chicos de 6 o 7 años de un deporte tan complejo como el ajedrez no es nada simple, pero en Alan y Melisa se imponen el fanatismo, la obsesión que sienten por este deporte, y el talento, claro. “Su profesor una vez me dijo que lo sorprende la capacidad de aprendizaje para la edad que tiene –se entusiasma Mariela, la madre de Alan–. Además, quiere vivir en la escuela de ajedrez. Va a las 4 de la tarde y a las once de la noche se enoja porque se tienen que ir. A veces, cuando duerme, escucho que está soñando y dice ‘la Dama estaba en B4’”.
A la edad de los Power Rangers, de Floricienta, de peloteros y bicicletas, estos chicos se divierten con peones y alfiles. Se lucen, y hasta se animan a jugar simultáneas contra cuatro rivales mayores que ellos. El ajedrez, está claro, es prioridad en sus vidas. Pero no es lo único.
—Cuando sean grandes, ¿quieren ser jugadores de ajedrez?
—Yo quiero ser jugador de fútbol. Arquero.
—Y yo, como Shakira.
Dicen los pibes, tímidos, casi con vergüenza, entre las mesas del XVII Magistral de Ajedrez Miguel Najdorf, que se disputa en el Shopping Abasto. A metros, está el Museo de los Niños. Tan cerca y tan lejos.
Necesitan otros juego. Por Michel Roldán *
Cada año se acerca mucha gente para preguntarnos qué nuevos valores se destacan en el ajedrez. Y en los casos de Alan y Melisa, a pesar de que sólo tienen 8 años, es evidente que son dos de las figuras con mayor proyección. Los conozco desde que tenían 4 ó 5 años, y ya se veía que iban a sobresalir.
Para Melisa, tal vez, sea más simple porque hay menos chicas que juegan y es más fácil diferenciarse. Lo de Alan es importante porque, por ejemplo, es consciente de que detrás de él hay diez chicos que le pisan los talones, y eso lo toma como un desafío para seguir en carrera.
El mayor mérito que tienen es la personalidad, que se evidencia en las derrotas. Cuando pierden, sufren, se molestan, y eso demuestra su pasión, algo necesario para el crecimiento.
Hay algo fundamental: es indispensable que después de cada partida se distraigan con otros juegos. Porque el grado de concentración durante la competencia es tan grande, que después necesitan distenderse para que no siga el desgaste. En definitiva, seguir siendo chicos.
* Arbitro internacional y director ejecutivo del Festival Miguel Najdorf.