Hay que decirlo y reconocerlo con argumentos sólidos, válidos, con números y conceptos que definitivamente explican que el Mundial 2026 ha sido un gran éxito por donde se lo mire. Se derribaron algunos de los prejuicios que podíamos tener en la previa, y un torneo tan masivo, tan multitudinario, tan extenso incluso en el calendario, terminó funcionando.

La idea de Infantino, de hacer del fútbol algo tan inclusivo, terminó siendo claramente una idea llevada a la práctica y con éxito. El Mundial 2026 tuvo prácticamente todos los atractivos que dispone y posee una película norteamericana: ha sido muy pochoclero, ha tenido mucha acción, ha sido entretenido. Tuvo poco de drama, mucho de suspenso, una cuota de épica y, fundamentalmente, nos tiene como protagonistas hasta el partido número 104.
Récord de público en los estadios, partidos con muchos goles, equipos que se sumaron y que probablemente por virtudes propias, y también por errores ajenos, dejaron de ser entusiastas para volverse competitivos. Prácticamente no encontramos partidos con un resultado desdoroso, pero sí tuvimos algunas grandes revelaciones.

Toda la vida nos vamos a acordar de lo que fueron esos 125-130 minutos contra Cabo Verde. Una selección que nos parecía muy simpática en el arranque del Mundial, y que en algún momento se volvió muy peligrosa. Y como Cabo Verde, cada una de las otras que participaron y que hicieron de esta Copa del Mundo un evento verdaderamente inolvidable.
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Más allá de lo que resulte del último minuto, del último partido de la Copa del Mundo 2026, ha sido francamente una experiencia y un viaje inolvidable.
*El texto de la nota es una desgrabación de la apertura de Román Iucht en Cueste lo que Cueste