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DOMINGO / Un mundo en el que casi todo está en venta
sábado 27 octubre, 2018

¿Can’t buy me love?

En Lo que el dinero no puede comprar, el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales 2018, Michael J. Sandel, el profesor estrella de Harvard, con clases multitudinarias que deben reservarse con meses de anticipación, se plantea una de las mayores cuestiones éticas de hoy: ¿hay algo malo en que todo esté a la venta? ¿Cómo podemos impedir que los valores del mercado impregnen toda la sociedad?

Michael J. Sandel

Preocupa que todo esté en venta por la producción de desigualdad y por la corrupción. Foto: N.Palacios

Hay algunas cosas que el dinero no puede comprar, pero en nuestros días no son muchas. Hoy casi todo se pone en venta. He aquí unos pocos ejemplos:

• Una celda más cómoda dentro de una prisión: 82 dólares por noche. En Santa Ana, California, y en otras ciudades, los delincuentes no violentos pueden pagar por un espacio mejor: una celda limpia, tranquila y alejada de las de los presos que no pueden pagarla.

• Acceso al carril especial si se conduce solo: 8 dólares en hora punta. Mineápolis y otras ciudades intentan poner solución a las retenciones de tráfico ofreciendo a los conductores que viajan solos pagar por conducir por estos carriles despejados con tarifas que varían según la densidad del tráfico.

• Vientres de alquiler de mujeres indias: 6.250 dólares. Cada vez más parejas occidentales recurren a madres de alquiler que se ofrecen en la India, donde esta práctica es legal y el precio, menor de un tercio del que se paga en Estados Unidos.

• Derecho a emigrar a Estados Unidos: 500 mil dólares. Los extranjeros que inviertan 500 mil dólares y creen como mínimo diez puestos de trabajo en una zona de elevado desempleo reciben una tarjeta verde que los hace titulares de un permiso de residencia permanente.

• Derecho a cazar un rinoceronte negro en peligro de extinción: 150 mil dólares. Sudáfrica ha empezado a conceder a algunos hacendados permisos para vender a cazadores el derecho a matar un número limitado de rinocerontes con el fin de que los hacendados tengan un incentivo para mantener y proteger la especie amenazada.

• El número de teléfono móvil de su médico: 1.500 o más dólares al año. Un número creciente de médicos personales ofrecen su número de teléfono móvil y citas en el mismo día a pacientes dispuestos a pagar sumas anuales que van de 1.500 a 25 mil dólares.

• Derecho a emitir a la atmósfera una tonelada de dióxido de carbono: 13 euros. En la Unión Europea funciona un mercado de emisiones de carbono que permite a las compañías comprar y vender el derecho a contaminar el aire.

• Admisión de su hijo en una universidad prestigiosa. Aunque no se indica el importe, funcionarios de algunas prestigiosas universidades contaron a The Wall Street Journal que aceptan a estudiantes no muy brillantes cuyos padres sean personas adineradas y estén dispuestos a hacer sustanciales contribuciones económicas.

No todo el mundo puede permitirse comprar estas cosas. Pero hoy existen múltiples maneras nuevas de hacer dinero. Si usted necesita ganar dinero extra, se le ofrecen algunas posibilidades innovadoras:

• Alquilar un espacio de su frente (o de otra parte de su cuerpo) para exhibir publicidad comercial: 777 dólares. Air New Zealand contrató a treinta personas que debían rasurar sus cabezas y llevar tatuajes temporales con este eslogan: “¿Buscando una oportunidad? Ponga rumbo a Nueva Zelanda”.

• Hacer de cobaya humana con el fin de probar la seguridad de una nueva sustancia para una compañía farmacéutica: 7.500 dólares. Se puede cobrar más o menos, dependiendo de lo invasivo que pueda ser el procedimiento para probar el efecto de la sustancia y del malestar que pueda ocasionar.

• Combatir en Somalia o en Afganistán para una compañía militar privada: de 250 dólares al mes a 1.000 dólares al día. El pago varía según la cualificación, la experiencia y la nacionalidad.

• Hacer cola toda una noche ante el Congreso de Estados Unidos para guardar el sitio a un miembro de un lobby que desea asistir a una sesión del Congreso: 15-20 dólares la hora. Este paga a una empresa dedicada a este menester que alquila a personas sin hogar o en otras situaciones para estar en la cola.

• Si estás en segundo grado en un colegio de bajo rendimiento escolar, lee un libro: 2 dólares. Para animar a la lectura, los colegios pagan a los niños por cada libro leído.

• Si usted es obeso, pierda seis kilos en cuatro meses: 378 dólares. Compañías y seguros médicos ofrecen incentivos económicos para perder peso y adoptar hábitos saludables.

• Compre el seguro de vida de una persona enferma o anciana, pague las primas anuales mientras esté viva y luego obtenga los beneficios del seguro cuando fallezca: potencialmente millones (dependiendo de la póliza). Esta forma de apostar sobre vidas de extraños se ha convertido en una industria que mueve 30 mil millones. Cuanto antes muera el extraño, mejor para el inversor.

Vivimos en una época en que casi todo puede comprarse o venderse. A lo largo de las últimas tres décadas, los mercados, y los mercados de valores, han llegado a gobernar nuestras vidas como nunca antes lo habían hecho. Y esta situación no es algo que hayamos elegido deliberadamente. Es algo que casi se nos ha echado encima.

Cuando terminó la Guerra Fría, los mercados y el pensamiento mercantil gozaba de un prestigio sin igual. Ningún otro mecanismo para organizar la producción y distribución de bienes había demostrado tanta eficacia en generar bienestar y prosperidad. Pero desde que un número creciente de países de todo el mundo ha aceptado los mecanismos del mercado en el funcionamiento de sus economías, algo ha venido sucediendo. Los valores del mercado empezaron entonces a desempeñar un papel cada vez mayor en la vida social. Y la economía fue convirtiéndose en un dominio de dimensiones imperiales. En la actualidad, la lógica del comprar y vender no se aplica solo a los bienes materiales, sino que gobierna cada vez más otros aspectos de la vida. Es hora de preguntarse si queremos vivir de esta manera.

La era del triunfalismo de mercado

Los años que condujeron a la crisis financiera de 2008 fueron los de un vertiginoso período de fe en el mercado y de desregulación. La era comenzó a principios de la década de 1980, cuando Ronald Reagan y Margaret Thatcher proclamaron su convicción de que los mercados, no los gobiernos, tenían la llave de la prosperidad y la libertad. Y continuó en la década de 1990 con el liberalismo favorable a los mercados de Bill Clinton y Tony Blair, que moderaron, pero consolidaron, la fe en los mercados como medio fundamental para lograr el bien común.

Ahora, esta fe suscita dudas. La era del triunfalismo del mercado ha tocado a su fin. La crisis financiera hizo más que poner en duda la capacidad de los mercados para repartir el riesgo de manera razonable. También extendió la sensación de que los mercados se han alejado de la moral y de que necesitamos algún modo de recuperarla. Pero lo que esto signifique, o el modo en que debamos hacerlo, no es algo obvio.

Hay quien dice que la falta de moral en el corazón del triunfalismo del mercado se debe a la codicia, la cual incita a asumir riesgos de manera irresponsable. La solución sería, de acuerdo con este punto de vista, frenar la codicia, exigir una integridad y una responsabilidad mayores a los banqueros y los ejecutivos de Wall Street y establecer regulaciones sensatas para que no vuelva a producirse una crisis similar.

Este es, como mucho, un diagnóstico parcial. Aunque es cierto que la codicia tuvo algo que ver en la crisis financiera, hubo otra cosa que jugó un papel mayor. El cambio más funesto que se produjo durante las últimas tres décadas no fue un aumento de la codicia. Fue la expansión de los mercados, y de los mercados de valores, hacia esferas de la vida a las que no pertenecen.

Para afrontar esta situación necesitamos hacer algo más que arremeter contra la codicia; necesitamos repensar el papel que los mercados deben desempeñar en nuestra sociedad. Necesitamos un debate público acerca de lo que pueda significar mantener a los mercados en su sitio. Y para este debate necesitamos reflexionar sobre los límites morales del mercado. Necesitamos preguntarnos si hay ciertas cosas que el dinero no debe comprar.

La intromisión de los mercados, y del pensamiento orientado a los mercados, en aspectos de la vida tradicionalmente regidos por normas no mercantiles es uno de los hechos más significativos de nuestro tiempo.

Considérese la proliferación de colegios, hospitales y prisiones concebidos como instituciones lucrativas y el recurso en la guerra a contratistas militares privados. (En Irak y Afganistán, los contratistas privados superaron en número a las compañías militares estadounidenses).

Considérese el eclipse de las fuerzas policiales públicas por las empresas de seguridad privadas, especialmente en Estados Unidos y Gran Bretaña, donde el número de guardias de seguridad supera en más del doble al de oficiales de la policía pública.

O considérese el agresivo marketing de las compañías farmacéuticas que invitan a consumir sus medicamentos en los países ricos. (Si el lector ha visto alguna vez los anuncios de televisión en las noticias de la tarde en Estados Unidos, se le podrá perdonar que haya pensado que la mayor crisis sanitaria del mundo no es la ocasionada por la malaria, o la oncocercosis, o la enfermedad del sueño, sino por la epidemia rampante de disfunción eréctil.)

Considérese también el alcance de la publicidad comercial en los colegios públicos, la venta de “derechos de denominación” a parques y espacios públicos, el marketing de óvulos y esperma “a la carta” en la reproducción asistida, el recurso a las madres de alquiler en países en vías de desarrollo, la compra y la venta, por compañías y países, del derecho a contaminar, o el sistema de financiación de campañas que casi permite la compra y la venta de resultados electorales.

Estos usos mercantiles en los ámbitos de la salud, la educación, la seguridad pública, la seguridad nacional, la justicia penal, la protección medioambiental, el ocio, la procreación y otros bienes sociales habrían resultado inauditos para la mayoría de la gente hace treinta años. Hoy nos hemos acostumbrado a ellos.

Todo en venta

¿Por qué nos preocupa que vayamos hacia una sociedad en la que todo está en venta?

Por dos motivos: uno es la producción de desigualdad, y el otro, la corrupción. Consideremos la desigualdad. En una sociedad en la que todo está en venta, la vida resulta difícil para las personas con recursos modestos. Cuantas más cosas puede comprar el dinero, más importancia adquiere la abundancia (o su ausencia).

Si la única ventaja de la abundancia fuese la posibilidad de comprar yates y coches deportivos o de disfrutar de vacaciones de lujo, las desigualdades en ingresos y en riqueza no importarían mucho. Pero cuando el dinero sirve para comprar más y más cosas –influencia política, cuidados médicos, una casa en una urbanización segura y no en un barrio donde la delincuencia campa a sus anchas, el acceso a colegios de élite y no a los que cargan con el fracaso escolar–, la distribución de ingresos y de riqueza cuenta cada vez más. Donde todas las cosas buenas se compran y se venden, tener dinero supone la mayor de las diferencias.

Esto explica por qué las últimas décadas han sido particularmente duras para las familias pobres y las de clase media. No solo se ha ensanchado la brecha entre ricos y pobres, sino que la mercantilización de todo ha abierto aún más la herida de la desigualdad al hacer que el dinero adquiera más importancia.

El segundo motivo de que no nos guste que todo se ponga en venta es más difícil de describir. No es la desigualdad o la justicia lo que aquí nos preocupa, sino la tendencia corrosiva de los mercados. Poner un precio a las cosas buenas de la vida puede corromperlas. Porque los mercados no solo distribuyen bienes, sino que también expresan y promueven ciertas actitudes respecto a las cosas que se intercambian. Pagar a niños por leer libros podrá hacer que lean más, pero también les enseña a ver en la lectura una tarea más que una fuente de satisfacción en sí. Adjudicar plazas para el primer curso escolar al mejor postor podrá incrementar los beneficios del colegio, pero también mina su integridad y el valor de su diploma. Contratar mercenarios extranjeros para que combatan en nuestras guerras podrá ahorrar vidas de nuestros ciudadanos, pero corrompe el significado de ciudadanía.

Los economistas a menudo dan por supuesto que los mercados son inertes, que no afectan a los bienes intercambiados. Pero esto no es cierto. Los mercados dejan su marca. En ocasiones, los valores mercantiles desplazan a valores no mercantiles que merecen ser protegidos.

Naturalmente, la gente no está de acuerdo sobre qué valores merecen protegerse y por qué. Así, para decidir cuánto dinero estaríamos o no estaríamos dispuestos a pagar, hemos de decidir qué valores deberían establecerse para los diversos ámbitos de la vida social y cívica. Cómo entender esto es de lo que trata este libro.

He aquí un adelanto de la respuesta que espero poder ofrecer: cuando decidimos que ciertos bienes pueden comprarse y venderse, decidimos, al menos de manera implícita, si es apropiado tratarlos como mercancías, como instrumentos de provecho y de uso. Pero no todos los bienes se valoran propiamente de esta manera.El ejemplo más obvio son los seres humanos. La esclavitud fue tan atroz porque trataba a las personas como mercancías que podían comprarse y venderse en subastas. Este trato no puede valorar adecuadamente a los seres humanos; como seres merecedores de dignidad y respeto, y no como instrumentos de ganancias y objetos de uso.

Algo similar puede decirse de otros bienes y prácticas que merecen respeto. No permitimos que haya un mercado en el que se compren y vendan niños. Aunque los compradores no maltraten a los niños comprados, un mercado de niños expresaría y fomentaría una forma falsa de valorarlos. Los niños no son percibidos como bienes de consumo, sino como seres dignos de amor y protección. O considérense los derechos y las obligaciones de la ciudadanía. Si se nos llama a formar parte de un jurado, no podemos pagar a un sustituto para que ocupe nuestro puesto. Ni permitimos que los ciudadanos vendan su voto aunque otros estén deseosos de comprarlo. ¿Por qué no? Porque creemos que los deberes cívicos no deben considerarse asuntos privados, sino que han de contemplarse como responsabilidades públicas. Adquirirlos es degradarlos, valorarlos falsamente.

Estos ejemplos ilustran un tema más amplio: algunas de las cosas buenas de la vida son corrompidas o degradadas si las convertimos en mercancías. Así, para decidir cuál es el sitio del mercado y cómo mantenerlo a distancia, hemos de decidir cómo valorar los bienes en cuestión –salud, educación, vida familiar, naturaleza, arte, deberes cívicos, etcétera–. Se trata de cuestiones políticas, no meramente económicas. Para resolverlas, tenemos que debatir, caso por caso, el significado moral de estos bienes y la manera adecuada de valorarlos.

Este es un debate que no tuvimos durante la era del triunfalismo del mercado. Y el resultado fue que sin darnos cuenta, sin decidirlo, pasamos de tener una economía de mercado a ser una sociedad de mercado.

La diferencia es esta: una economía de mercado es una herramienta –una herramienta valiosa y eficaz– para organizar la actividad productiva. Una sociedad de mercado es una manera de vivir en la que los valores mercantiles penetran en cada aspecto de las actividades humanas. Es un lugar donde las relaciones sociales están hechas a imagen del mercado.

El gran debate obviado en la política contemporánea tiene por asunto el papel y el alcance de los mercados. ¿Queremos una economía de mercado o una sociedad de mercado? ¿Cuál debería ser el papel de los mercados en la vida pública y en las relaciones personales? ¿Cómo podemos decidir qué bienes pueden comprarse y venderse y cuáles otros deben ser gobernados por valores no mercantiles? ¿Dónde no debe mandar el dinero?

Estas son las cuestiones que el presente libro quiere plantear. Dado que estas cuestiones tocan concepciones controvertidas de la sociedad y la vida buenas, no puedo prometer respuestas definitivas. Pero espero, al menos, provocar la discusión pública sobre estas cuestiones y proporcionar un marco filosófico para pensarlas.


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