lunes 17 de enero de 2022
DOMINGO Fin de la Urss
28-11-2021 03:08
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Comprender el sistema soviético

28-11-2021 03:08

En diciembre de 2010, el entonces primer ministro y antes dos veces presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, participó de Conversación con Vladimir Putin. La continuación, un programa anual de televisión producido por la Secretaría de Prensa del Kremlin. Su formato era simple: un conductor que oficiaba de maestro de ceremonias coordinaba la intervención de panelistas y de ciudadanos comunes que dirigían sus preguntas hacia el entrevistado desde el estudio o desde móviles ubicados en diferentes partes de Rusia. Estas nunca eran incisivas y solían ser una excusa para que Putin hiciera una suerte de balance anual de su gestión y, sobre todo, una enumeración de sus logros.

Entre los participantes de esa emisión se encontraba Aleksandr Zaldostanov, el líder de Lobos Nocturnos, un club de motociclistas con tendencias homófobas y nacionalistas surgido en los últimos años de la Unión Soviética. El propio Putin supo montar una Harley Davidson y compartir con ellos algunos de sus multitudinarios e imponentes desfiles. Cuando le tocó intervenir, el Cirujano –como también se conoce a Zaldostanov– recordó una charla que había tenido con Putin tiempo atrás y citó una frase que este último supuestamente le había dicho. No era una cita textual, pero él la recordaba así: “Quien no quiere la unificación con Ucrania no tiene corazón, pero quien la quiere perdió la razón”. Entonces, le preguntó al primer ministro si estaba de acuerdo con la idea de que el corazón podía reemplazar en ocasiones a la mente pero que la mente jamás podría reemplazar al corazón. Putin no entendió muy bien de qué se trataba la pregunta pero recordó enseguida la conversación. Y lo corrigió: “Recuerdo lo que dije. Estaba hablando sobre la disolución de la Unión Soviética. Y dije que quien no lamenta la disolución de la Unión Soviética no tiene corazón pero quien quiere restaurarla en su forma anterior no tiene cabeza. Dejemos esto entre corchetes. Es cosa del pasado”. Y enseguida cambió de tema.

La frase de Putin se hizo mundialmente famosa y en su versión en castellano se la conoció con una leve variación, en forma de sentencia: “Quien no extraña a la Unión Soviética no tiene corazón, quien quiere restaurarla no tiene cerebro”. Como sea, el sentido de esa reflexión sintetiza muy bien un aspecto central de la Rusia contemporánea: su problemática y aún no resuelta relación con el pasado soviético. ¿Qué debe hacer un país capitalista con su pasado comunista? (…)

Más aún, ¿es el autoritarismo del actual sistema político ruso una consecuencia de su pasado comunista o más bien un producto de las transformaciones que el capitalismo produjo en un espacio semiperiférico durante la década de 1990? ¿O ambas cosas? Para responder estos interrogantes sobre la Rusia del presente es necesario dirigirnos a su pasado reciente y, particularmente, a un hecho inesperado para ese país pero trascendental para el orden mundial: la disolución de la Unión Soviética, ocurrida en diciembre de 1991.

A treinta años de un suceso tan impensado como significativo, este libro se propone explicar el fin de la Unión Soviética intentando abarcar la multiplicidad de factores que intervinieron. Tres décadas es distancia suficiente para volver a un evento de tal magnitud como también para hacer necesario ese regreso: es posible que muchos de los lectores de estas páginas todavía no hubieran nacido cuando ocurrió y que palabras como perestroika tal vez les remitan más a una banda pop rusa que a un amplio proceso de reformas. (…)

La Unión Soviética fue el sistema que nació de la Revolución Rusa de 1917 y que se propuso como un proyecto mundial alternativo al capitalismo, conocido indistintamente como socialismo –en su fase previa– y comunismo –en lo que sería su última y definitiva etapa–. Por factores propios y extraños, su devenir no fue el imaginado por los revolucionarios y su experiencia terminó resultando opresiva. Hubo allí persecuciones, temores, muertes y ausencia de libertad. Sin embargo, fue un espacio en el que el terror convivió con la utopía, las privaciones con la movilidad social ascendente –con un acceso a la educación y la salud impensado para generaciones pasadas de rusos– y en el que un relativo igualitarismo coexistió junto a los privilegios reservados para una capa burocrática conocida como la Nomenklatura. El sistema soviético puso límites a la libertad creativa de los artistas y los intelectuales pero también llevó a cabo un amplio plan de ilustración que creó para ellos una audiencia y oportunidades antes impensadas. Para muchos de sus ciudadanos, los valores y las realidades de la vida socialista –como el sentido de igualdad, el altruismo, la amistad, la educación o el trabajo– fueron de una importancia vital. Sin embargo, todavía hoy la interpretación dominante la sigue describiendo como algo malo y definiéndola como un régimen estático. Esas descripciones no son útiles para dar cuenta de lo que realmente se experimentó en ese gigante territorio que va de Europa a Asia.

Para comprender el sistema soviético, debemos dejar de lado las visiones esquemáticas que lo condenan ciegamente pero también las lecturas simplistas que lo romantizan de manera cándida. La vida en la URSS fue mutando a lo largo de sus siete décadas de existencia, reflejando los cambios económicos y políticos que se estaban produciendo en el país y en el mundo. Lo soviético puede ser considerado como una especie de integridad histórica y cultural pero en ningún caso como un todo inmutable y unificado, como suelen hacer los autores que reducen su historia a un régimen totalitario indeseable o, por el contrario, a los nostálgicos que añoran a un gran país perdido a manos de espías y traidores.

*Autor de Quien no extraña al comunismo no tiene corazón. 

Editorial Crítica. (Fragmento).

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